Saga ⁓ the island carved in wood: Teide rising from the sea inside a ring of glyphs

Episodio 6

El desguace

El Fraile, y la carretera de vuelta a casa. Primavera de 2041.

La carretera de bajada a El Fraile se iba secando con cada kilómetro. Stef había crecido sabiendo ese hecho y no podía, ni siquiera ahora, aceptarlo del todo: que uno pudiera salir de Querencia entre niebla y llegar a la costa sur bajo esa luz seca y pálida que sugería que la isla era en realidad dos islas compartiendo una dirección. El monteverde no existía en El Fraile. El monteverde se moriría en El Fraile.

Más abajo de Santiago del Teide la carretera lo metió en una romería que se estaba formando, e hizo lo que se hace: bajó a paso de persona y se volvió, por un rato, parte de ella. Carretas de bueyes a medio vestir de palma y flores, con los muchachos subidos a las ruedas atando lo último; hombres con las mantas blanquinegras que llevaron sus abuelos; mujeres brillantes como banderines en los trajes antiguos de corpiño, de pie en la luz temprana esperando por el tío de alguien; el pueblo entero preparándose para bajar a la ermita con la comida a cuestas. A nadie le estorbó la camioneta. Una mujer a la que no había visto en su vida le pasó por la ventanilla un cucurucho de garbanzas sin perder el paso, y un viejo le rellenó de vino del país, sin que nadie se lo pidiera, la taza esmaltada del salpicadero, a las ocho y veinte de la mañana, y el pueblo fluyó alrededor del Santana como el agua alrededor de una piedra que cuenta con su aprobación. Las romerías no habían parado nunca. Eran la única institución que llevaba trescientos años ensayando el quiet ⁓ todo el mundo caminando, todo el mundo cargando comida, todo el mundo regalándola ⁓ y cuando el mundo llegó por fin a su economía, las romerías sencillamente no se dieron por enteradas.

En la boca del siguiente barranco una cruz de camino se alzaba en su montoncito de piedras volcánicas con flores frescas al pie, como siempre, cuidada por alguien a quien Stef no había visto ni una sola vez en veinte años de esta carretera.

Tomó la última curva de herradura en segunda. La camioneta hizo el ruido que hacía cuando estaba contenta.

Era un Santana, es decir, un Land Rover que aprendió español. Solihull los licenció a una fábrica de Linares, en Andalucía, allá por los años cincuenta, y España construyó Series II y Series III bajo su propio sol y su propio nombre durante medio siglo, y las islas los adoptaron como adoptan las islas cualquier cosa que se niega a rendirse: para finales del siglo veinte, la mitad de los plataneros de la costa norte llevaba uno. Ballestas. Cuatro cilindros. Un desarrollo prestado de una mula. El de Stef era una camioneta Series III del 71, con setenta años ya, de manivela cuando el motor de arranque se ponía burro, con un sistema eléctrico que se podía leer como un cuento infantil y un diésel que quemaba biodiésel de plátano sin preguntar ni una sola vez qué era. Los modernos fueron de mal comer, llenos de chips que nadie podía reponer, y cuando dejaron de llegar las piezas se murieron a miles, educadamente, en las entradas de las casas, como buenos electrodomésticos. Un Santana se podía arreglar con una cuchara debajo de un árbol a la orilla de la carretera. Stef lo había hecho, dos veces, y una de esas veces fue de verdad una cuchara. El norte estaba lleno de huesos de los viejos ⁓ donantes, los llamaba todo el mundo, despiezados suave y guardados unos para otros ⁓ y un Santana andando valía en 2041 más que la casa junto a la que aparcaba. Mateo tenía uno, el del 78 que llamaba Paloma. Tibor tenía otro encima de la cueva. La Tropa llevaba la vida entera rodando detrás de uno. Esto no era casualidad. Esto era la isla votando.

Doce meses atrás le sacó la gravilla del filtro del aire y la gravilla no había vuelto a meterse.

Tuvo que llenar el depósito en Ten-Bel, porque no hay otro sitio.

Ese es el arreglo entero del sur en una frase, y todo el que vive aquí abajo lo dice igual de plano, como se dice que parece que va a llover. Los Profetas prensan el combustible. Lo prensan todo. Hay cuatro prensas que funcionan en esta isla y la congregación tiene las cuatro.

Así que uno va a Ten-Bel.

El surtidor está bajo la marquesina del viejo club social, con una manivela y una probeta de cristal encima, y lo maneja un hermano de la congregación, y el precio es el precio, y no hay con quién discutirlo porque no hay nadie más con quien discutir. Stef vio una vez a un pescador de Las Galletas discutirlo durante once minutos. El hermano escuchó cada palabra con una paciencia enorme y una simpatía enorme, y después le cobró el precio.

Hoy era uno joven al que Stef no conocía, que le daba a la manivela y miraba llenarse el cristal y dijo, con amabilidad, por encima del ruido:

"Usted es el del norte. El hijo de Reinhilde."

"Cuarenta litros."

"Porque lo he visto por aquí unas cuantas veces ya, y no lo he visto entrar ni una."

"Cuarenta litros," dijo Stef.

Le pusieron cuarenta litros. Tardó ocho minutos, porque la manivela es lenta, y es lenta porque es una manivela, y una manivela tarda exactamente lo que tarda ⁓ ocho minutos en los que uno está de pie junto a un hombre que está siendo amable contigo y del que no hay manera de escaparse, en un surtidor que no puedes rodear, en una colonia en la que tienes que entrar, con la manguera en la mano.

El hermano joven habló todo el rato. Habló de la vigilancia, y de que un hombre solo en las carreteras tiene más tiempo para pensar que la mayoría y de que eso era un regalo y no una carga, y preguntó por los hijos de Stef por su nombre, los dos, cosa que Stef no le había dicho, y dijo que la puerta del Salón estaba abierta los domingos y llevaba abierta todo este tiempo.

Stef dio las gracias. Stef pagó. Stef lleva nueve años pagando ese precio y dando esas gracias cada seis semanas.

Volvió a subirse al Santana con el olor en las manos y condujo los cuatro kilómetros hasta el desguace, y no pensó en su madre.

El desguace quedaba en el borde sur del pueblo, en un punto donde dos de las viejas vías de acceso de la franja hotelera se encontraban y se daban por vencidas. La cerca era un kilómetro de malla metálica desparejada, rescatada de la misma manera que todo lo demás que había dentro. El portón fue en otro tiempo una valla publicitaria. Stef paró delante del portón y tocó el claxon dos veces, que era la señal acordada, y esperó.

No hubo respuesta inmediata.

Stef esperó.

Era una cualidad que tenía.

Al minuto, más o menos, una mujer pequeña con un mono gris salpicado de pintura apareció por detrás de una pila de monitores Trinitron, con unas gafas de polvo subidas al pelo, se hizo sombra con la mano, entornó los ojos hacia el portón, y dijo:

"Stef, mein lieber Schatz, dame treinta segundos."

"Tómate el minuto," respondió Stef. "La camioneta es cómoda."

"Tengo café," dijo Gertrude, como amenaza. "Tengo café de Margarethe."

"Tómate medio minuto, entonces."

Desapareció.

Stef se quedó en la camioneta. El motor hacía tic, enfriándose. De algún lugar detrás del patio central llegaba el pequeño fulgor constante de alguien aplicando un soplete a algo, y una voz diciendo vale, vale, otra vez, sin irritación. De algún lugar más cercano llegaba lo que Stef creyó que era o una cabra o un niño chico presentando una queja extensa sobre un asunto. No supo distinguir, a esa distancia, cuál de los dos.

Miró el lateral del contenedor más cercano.

Pintada en él, lo bastante grande para verse desde la carretera, estaba Maisie Ardilla

Maisie Ardilla sostenía una lupa sobre una huella en la arena. La huella era claramente de cabra. La expresión de Maisie Ardilla era de concentración profesional teñida de decepción personal. Encima de ella, en mayúsculas de espray blanco, Gertrude había escrito:

LA TESTIGO NO FUE DE GRAN AYUDA.

El mural era nuevo desde la última visita de Stef, seis semanas atrás. Stef lo miró un buen rato y después puso el gesto pequeño que ponía cuando algo le hacía gracia de verdad, que no involucraba ningún movimiento muscular que sus hijos hubieran reconocido, pero que Godelieve conocía desde 2009.

El portón chirrió.

Gertrude traía dos tazas esmaltadas y caminaba muy rápido.

"Bebe. Camina. Tenemos una mañana Wahnsinn, Stef, Wahnsinn. Dos cajas. Dos cajas del Splendora Royale, las trajo Tomás ayer por la tarde, no quiero hablar de la segunda caja porque voy a llorar, también la primera caja. Café."

Él cogió la taza.

Era el de Margarethe, bajado en la Guagua, colado por Gertrude a la manera de El Fraile, a chorrito por el filtro, fuerte, un punto ceniciento, exactamente correcto.

"¿De la plantación de Linnea?"

"Todavía no, tonto. Todavía no. Hasta el invierno no. Cebada del reparto de harina de La Orotava, tostada negra en el bombo de Margarethe y cortada con achicoria. Bébete la imitación. Ven, ven."

Ella echó a andar. Él echó a andar.

El desguace de El Fraile estaba organizado como está organizado un cerebro, es decir, no a la vista pero con rigor. Había crecido por divisiones. Anahita tenía la tubería y el acero y el rescate de obra, que era la mitad oeste y casi todo el ruido. Tomás tenía la fragua. Gertrude tenía la electrónica, y la llevaba desde hacía seis años, y tenía categorías que ninguna otra persona de la isla podía reconstruir del todo: arranca, puede que arranque, soporte físico intacto / formato desconocido, vale por la plata, vale por el cobre, no vale nada pero a lo mejor Anna lo quiere. La última era siempre el montón más grande. Stef lo atravesó sin especial preocupación.

El camino a la caseta pasaba por las estatuas, porque en El Fraile todo pasaba por las estatuas. No había otro sitio donde ponerlas.

Bajaron de la costa en los primeros años, cuando estaban desmontando los resorts a por cualquier cosa que una persona pudiera cargar, y nadie fue capaz de obligarse a romperlas, así que acabaron aquí, en filas, en el llano de dentro de la cerca este. El Naga Bay fue el que más entregó: una serpiente verde y dorada en once secciones numeradas, tendidas una detrás de otra en la tierra en el orden en que se montaban; cuatro garudas; un elefante con una costura de fibra de vidrio por el espinazo. El Splendora Royale entregó su recepción ⁓ dos mujeres con túnicas de yeso mojado sosteniendo absolutamente nada, un Poseidón sin el tridente, una hilera de columnas corintias apiladas como leña. Del Steel Thunder había un oso de pie sobre las patas traseras, tres metros y medio, que en su día sostuvo un cartel. Alguien le puso al oso un sombrero de paja hace mucho tiempo y se volvió el sombrero del oso, y se cambia cuando el sol termina con uno.

Todas miran más o menos al este, porque esa era la dirección en la que apuntaba el camión plataforma los días en que las bajaron.

Los chiquitos del grafiti las pintan. Ese es el arreglo, y lleva años aguantando: puedes pintar lo que quieras en las filas, no puedes pintar las máquinas, limpias los pinceles después, y si va a ser pasada la medianoche vienes a buscarme y traigo los botes buenos. Así que la serpiente es una serpiente en ocho colores que nunca tuvo en Tailandia, y a las mujeres de yeso les han dado ojos, y uno de los garudas lleva una manga entera de letra pequeña y cuidada que resulta ser, si le recorres el largo, los nombres de todos los que la han pintado alguna vez.

Stef ha pasado por aquí cien veces. Sigue aflojando el paso delante del oso.

Anahita venía en sentido contrario fila arriba con un tramo de guardarraíl de dos metros al hombro, de la TF-1 a juzgar por la pintura, y ella y Stef hicieron lo que hacían, que era saludarse con la cabeza y no dejar de caminar.

"Stef."

"Anahita."

Una vez lo puso delante de cuatro personas, en un año del que él no hablaba, que no tenían ningún motivo para ayudarlo y lo ayudaron igual. Ninguno de los dos lo mencionó nunca más. Ese era el arreglo y a los dos les venía bien.

El soplete que había oído desde el portón resultó estar en el extremo de las filas, donde Tomás corría un cordón de soldadura por un armazón de acero agrietado que sostuvo algo una vez y ahora sostendría otra cosa. Con él había un muchacho de unos catorce años, cuyo nombre estaba en alguna parte del garuda. Tomás apartó el soplete y se subió la careta.

"Norteño."

"Tomás."

Ese era el saludo, y llevaba siendo el saludo nueve años. Tomás volvió a bajarse la careta y el muchacho cebó el arco y lo perdió, y Tomás lo dijo otra vez, vale, vale, otra vez, sin una pizca más de irritación que la primera.

Tomás tenía sesenta y dos años, y fue luchador antes que herrero, y tenía la única fragua de El Fraile lo bastante caliente para hacer algo con las estatuas. En trece años no las mencionó ni una sola vez.

Ella lo llevó a su caseta, que era el edificio más limpio de la finca por un margen tan ancho que funcionaba como declaración moral. Dentro, el aire era seco. Dos cajas de archivo esperaban sobre un banco largo, bajo un cartel rotulado a mano que decía PARA STEF, con una ardillita pintada al lado.

"Caja uno," dijo Gertrude.

Levantó la tapa.

Dentro había CDs, en sus cajas originales, por orden alfabético. Stef contó de un vistazo: unos doscientos. Nombres españoles, nombres ingleses, nombres alemanes. Bach. Björk. Cesária Évora. Daft Punk. Y hacia la mitad, un bloque más gastado que todo lo demás ⁓ las cajas ablandadas por las esquinas como solo se ablandan las más escuchadas ⁓ donde vivían las islas: Los Sabandeños. Pumuky. Quevedo. Taburiente. El resto estaba polvoriento pero intacto. Unos cuantos llevaban la pegatinita blanca de una tienda de discos de Madrid que cerró por ahí de 2015.

"¿Del Splendora?"

"De un trastero detrás del Splendora. El trastero llevaba con candado, creo, quince años. Tomás encontró al dueño en el registro. Al dueño no se le ve desde 2027." Soltó un soplido corto por la nariz y lo dejó ahí. "No voy a llorar. La otra caja."

Levantó la segunda tapa.

Dentro, en espuma, había un solo objeto: un disco duro externo de dos pulgadas y media, con algún arañazo, el cable USB-A todavía puesto, en una carcasa negra de aluminio. Una etiquetita escrita a mano decía encima, en bolígrafo desvaído:

FAMILIA, fotos y video, 2010 a 2024.

Stef dejó la taza.

"¿Arranca?"

"No lo probé, Stef. No lo probé. Eso es de Anna. Yo no voy a ser la que descubra que los rodamientos están agarrotados. Lo subes tú. Lo subes con cuidado."

"Es un disco duro, no un huevo."

"Es la familia de alguien, Stef."

Él la miró.

"Es la familia de alguien," volvió a decir ella, y la segunda no fue para él.

Volvió a poner la tapa en la segunda caja, y en la primera.

Entonces Gertrude fue hasta el fondo del banco y apartó una bandeja de carcasas de disco y bajó una lata, y Stef supo lo que iba a pasar antes de que ella le quitara la tapa.

"No," dijo él.

"Siéntate."

"Gertie."

"Que te sientes, Stef."

Se sentó en el cajón.

La lata salió de un palé de latas debajo de un techo caído en Las Chafiras, y eran cuarenta y una, y treinta y ocho se echaron a perder con la humedad. Liofilizado. Gránulos como gravilla marrón. Abrió una en 2036 y otra en 2039, y esta era la última, y todo el mundo en el desguace sabía que estaba en ese estante y nadie sugirió jamás abrirla.

Puso a hervir el agua en el hornillo de gas y no hizo nada ingenioso con ella. Alineó todas las tazas de la caseta, que eran cinco, y echó la cucharada y sirvió, y el olor subió y cruzó la caseta y salió por la puerta, y afuera en el patio el soplete paró.

No sabía al de malta de Margarethe. No sabía a gran cosa, la verdad ⁓ le pasaban catorce años a cualquier cosa que hubiera prometido la etiqueta, y estaba flojo, y sabía un poco a lata. Sabía a un martes por la mañana en una cocina de un país que todavía estaba allí.

Entraron sin que nadie los llamara. Anahita se bebió la suya de pie en el vano de la puerta, con los ojos cerrados y las manos todavía negras hasta la muñeca. El muchacho se bebió la suya demasiado rápido y después puso cara de tragedia, y Gertrude le dijo que quedaría lo del fondo de la olla, y se animó. Tomás sostuvo la suya con las dos manos y se tomó su tiempo, y al final dijo: "Gracias, Gertie," y salió. Ese fue todo su comentario. Un momento después el soplete arrancó otra vez.

Y ya eran ellos dos.

Stef sostuvo la taza con las dos manos y se bebió la mitad y no habló, y Gertrude se sentó encima del banco con las botas sin llegar al suelo e hizo lo mismo.

"¿Por qué hoy?" dijo él.

"Porque la familia de alguien llegó en una caja," dijo Gertrude, "y la trajo Tomás, y tú la vas a subir por una montaña, y Anna se va a sentar con ella hasta averiguar de quién era." Le dio la vuelta a la taza entre las manos. "Y porque cuando te queda la última de una cosa, solo la estás guardando para un día que no vas a reconocer cuando llegue."

Stef lo pensó.

"Esa es buena."

"Ya sé que es buena. Llevo cinco años puliéndola."

Se bebió el resto. Después llevó las dos cajas a la camioneta y las acomodó en la plataforma, y volvió a por la taza esmaltada vacía.

Gertrude estaba en la puerta de la caseta, apoyada, mirando.

"¿Cómo está ella?"

No le hizo falta especificar cuál ella.

"Está con la zarzaparrilla," dijo Stef. "Cuarenta y siete."

"Cuarenta y siete. La primera vez que yo pruebe el lote cuarenta y siete, más vale que sea en la mesa de su cocina."

"Lo será."

"Se lo dices."

"Se lo diré."

"Y dile que quiero noticias de la canción. La que dice ella que salió de un disco que mandé yo."

Stef asintió. El aya-yait era, hasta donde él entendía, la canción en la que Maddy llevaba unas semanas trabajando. Anna le puso una parte una vez, brevemente, sin explicarle qué era, y él no preguntó. Entendió solo que era vieja, y que no era suya.

"Te lo contará esta noche por la mesh."

"Sehr gut. Ahora vete. La Guagua pasa a las once y no quiero estar aquí para los proselitistas."

"¿Los Profetas Vigilantes?"

"Leen la baliza como todo el mundo. En tu red, Stef. Se bajan de la de las once con los panfletos ya en la mano. Idioten. La semana pasada uno intentó darle un panfleto a Tomás, y Tomás tiene sesenta y dos años y fue luchador antes que herrero, y le explicó de la manera más amable posible ⁓ Tomás gana como luchador: te tumba suave y después te levanta ⁓ que el apocalipsis ya había pasado y que su panfleto llegaba, con todo respeto, quince años tarde."

"Tomás es un tesoro nacional."

"Tomás es mi tesoro. Conduce con cuidado. Dile a Anna que la quiero. Dile a Saga que su Tía Gertrude le manda saludos, y que más le vale bajar a La Caleta al próximo espectáculo de títeres, porque Maisie Ardilla tiene villano nuevo y el villano nuevo es un acapallo, que me dicen que es el término."

"¿Acapallo?"

"Significa una persona que es pesada de una manera muy concreta y que no se da cuenta de que la tiene. Me lo enseñó Saga. Saga también me dijo que lo estoy usando mal."

"Saga tiene razón."

"Saga tiene trece años."

"Las dos cosas."

Se subió a la camioneta.

La arrancó a manivela al tercer intento.

Salió por el portón y giró al norte.

En el espejo lateral, Maisie Ardilla lo vio marcharse desde el costado del contenedor. La testigo no fue de gran ayuda. La detective siguió con su trabajo.

La carretera que salía de El Fraile corría llana entre plataneras, muros altísimos de malla parda cortasol que se cerraban por los dos lados en un largo pasillo marrón que olía a hoja caliente y a diésel. Stef lo cruzó como se cruzaba siempre, despacio, porque a cualquiera que viniera de frente en bici o con un carro de mano no se le veía hasta tenerlo ya delante. Salió del pasillo a la TF-1 y giró hacia el oeste. En una carretera como esta la ausencia de la gravilla se notaba en la respuesta del motor y en la exhalación tranquila del escape.

La TF-1 corría hacia el oeste por la costa sur y cedía, con el tiempo, a otras carreteras más adelante. Seis carriles, en la cuenta vieja. La isla circulaba por el par de dentro y había devuelto el resto ⁓ los carriles de fuera vallados en corrales de cabras largos y estrechos, con los guardarraíles haciendo de cerca, gallineros estacados a lo largo del arcén, la mediana entregada a la tabaiba, la tunera y la hierba seca. El asfalto verdeaba de las costuras hacia fuera, hierbajos en líneas rectas como reglas allí donde iban las juntas de dilatación, y la pintura de los carriles se había ido borrando hasta quedar en rumor. Los hitos kilométricos eran la única señal que alguien pulía. Cuando tu dirección es el puesto de ajos del kilómetro sesenta y dos, mantienes el número legible.

El viaje entero llevaría algo menos de tres horas si no paraba. Por lo general no paraba. Hoy llevaba dos cajas en la caja de la camioneta, y en la segunda llevaba pensando desde que le puso la tapa, en concreto en esto: con qué rapidez podían agarrotarse, o no, los rodamientos de un disco de dos pulgadas y media que pasó catorce años sellado en plástico cuando por fin lo enchufas.

De esa parte se encargaría Anna. Él solo era la camioneta.

Apareció Ten-Bel.

Los belgas lo habían planificado al milímetro en los años sesenta ⁓ Tenerife-Bélgica, el nombre lo decía sin rodeos: una colonia de vacaciones vertida en cemento, bloques bajos y pálidos alrededor de jardines y paseos y piscinas comunales, trazada con el optimismo ordenado de un país lluvioso que por fin había encontrado el sol y no pensaba desperdiciar ni un minuto. El cemento llevaba sesenta años destiñéndose y los jardines quince asilvestrándose, y el pueblo había decaído como envejecen ciertas caras: hacia algo casi más hermoso que lo que fue al principio. Y estaba vivo. El West Vlaams flotaba por encima de las tapias de los patios con el olor a fritura; las piscinas viejas guardaban ahora el agua del pueblo; en el verde de la petanca crecían verduras. Seguía, después de todo, lleno de belgas.

La variante quedaba a la izquierda. La variante se construyó en la década de 2010, cuando el tráfico de los resorts era denso y la gente del lugar no quería estar dentro. Un hombre podía coger la variante y no ver el Salón de la Vigilancia, y no ver la cervecería, y no ver la carretera que subía hasta una casa concreta de hormigón con un jardín pequeño concreto donde, en 2041, su madre vivía todavía.

Stef no cogió la variante.

Hubo años en que no cogerla era una decisión. La tomaba cada seis semanas, y le costaba algo cada vez, y estaba calladamente orgulloso de lo que le costaba. Eso se acabó cuando se acabaron las prensas. Ahora pasaba por Ten-Bel dos veces en cada viaje ⁓ una con el depósito vacío y otra con el olor todavía en las manos ⁓ y no había manera de ordenar el día en que no pasara. La variante era una carretera para hombres que tenían otro sitio donde comprar combustible. Conducía por dentro porque era la carretera y porque se crió en ella, y porque cuando le quitaron lo último que le quedaba de elección, allá por 2032, se dio cuenta de que una parte de él sintió alivio.

El Salón de la Vigilancia pasó por la derecha. Hormigón brutalista. Letras pintadas de blanco, repasadas cada pocos años. Los huesos de teatro comunitario todavía se veían si sabías qué buscar: la plataforma del escenario dentro, la ventana de una cabina de sonido, un muelle de carga atrás donde, en otro siglo, una compañía itinerante descargó un escenario plegable. Stef sabía que fue un teatro comunitario porque estuvo allí una vez, a los siete años, en una excursión del colegio, y vio una función de títeres. Se acordaba de los títeres. Se acordaba, también, del olor de la sala. El olor de la sala no cambió cuando cambió el propósito del edificio.

La cervecería estaba pegada al Salón, en un anexo levantado en 2031. La Bier-Bel y el biodiésel de plátano eran las dos monedas de trueque del sur. Los Profetas Vigilantes fermentaban la una, prensaban el otro, y cobraban el precio que la isla quisiera pagar. Wouter, que era primo de Stef por parte de madre, andaba allí dentro a esta hora, probablemente escribiendo rimas. Wouter escribía rimas sobre la guerra espiritual en un Sankyo MelodyMate MM-3 que él creía un arma contra el mundo. Era, de hecho, un teclado infantil de 1998. Wouter iba en serio. De muchachos fueron uña y carne ⁓ la misma litera en las asambleas de verano, los mismos chistes durante once años ⁓ y ahora se veían tres o cuatro veces al año, al otro lado de un mostrador o de un patio, y eran amables, y ninguno de los dos sabía qué hacer con las manos. Entre ellos no pasó nada. Ese era el problema entero. Wouter se metió más adentro y Stef se salió, y ya no quedaba nada que discutir, solo cada vez menos que decirse.

La casa de su madre quedaba tres calles por detrás de la carretera. No se veía desde la carretera. Hacía muchos años que no le hacía falta verla desde la carretera. Pensó en su madre, brevemente, y en la cocina de aquella casa en un diciembre que ya no sabía fechar, que fue la cocina de su infancia y que fue también la cocina de la infancia de su hermana.

Pensó en Alice.

Pensó en una noche de diciembre en esa cocina, cuando Alice tenía trece años y él diecisiete, y estaban fregando los platos después de una cena de traje de los Profetas Vigilantes. Alice estuvo más callada que de costumbre esa noche, en la quietud particular que tenía, que no era silencio sino una especie de auditoría cuidadosa del cuarto. Se quedaron mucho rato de pie ante el fregadero. Él le pasaba platos y ella los lavaba y ninguno de los dos dijo nada. Ya no recordaba el momento en sí, solo la cocina, y el ángulo de la luz sobre el escurridor, y que ella lo dijo muy bajito.

Quiero irme.

Stef dijo: Lo sé.

Esa fue la conversación.

Años después se fue, en un vuelo a Boston, y unos años más tarde era Alice de hecho además de nombre, y unos años más tarde se casó con Anna en un ayuntamiento de Provincetown con tres testigos. Stef fue uno de los testigos. Voló desde Bélgica para eso y lloró, calladito, a su manera de hacer las cosas, al fondo del ayuntamiento.

Ahora Stef iba en un Land Rover de 1971 por la TF-1 con un disco duro rotulado FAMILIA en la caja de carga, y la cocina de su infancia quedaba tres calles a la derecha, y su madre estaba dentro haciendo lo que sea que hiciera una Profeta Vigilante a esa hora de la mañana.

Condujo.

La Guagua apareció por la curva de delante en sentido contrario, un Mercedes O404 de 1991 que olía, incluso a la distancia de un cruce en carretera, a biodiésel de plátano y a tapicería húmeda. Hoy conducía Marisol. Levantó una mano en el saludito isleño que quería decir tú, te veo, todo aceptable. Stef levantó una mano de vuelta. La Guagua siguió hacia el este, hacia Santa Cruz. Él siguió hacia el oeste.

Ya había pasado.

La carretera siguió con la costa otra media hora. En la venta a la salida de Guaza, una gasolinera muerta con puestos a la sombra de la vieja marquesina y una mujer que vendía un queso que curaba en el fresco del paso subterráneo, aminoró y no paró, y la mujer levantó una mano de todas formas, porque el Santana era conocido. Los Cristianos pasó por la izquierda, el puerto trabajando, la rampa grande del ferry vacía como llevaba años estándolo. Un cartel de radar solar cerca de Las Américas todavía tenía corriente. Sus segmentos tartamudearon, se apagaron, volvieron, y le dijeron, con aprobación, 22. Dos veces aminoró por cabras arreadas asfalto arriba, el rebaño abriéndose alrededor de la camioneta y volviéndose a cerrar detrás, el cabrero alzando el palo en el saludo isleño. Pasadas Las Américas, los resorts muertos se pudrían al sol y los chatarreros iban devolviendo el metal a algo útil. Adeje pasó por la derecha. Stef vio, en una de las salidas altas, la esquina de hormigón blanco del edificio donde vivía Klaus, construido hacia 2020 por un arquitecto belga que no entendió la isla y que después murió de un infarto en Bruselas en 2024 sin volver nunca a confirmar lo que había construido. La villa era, para Stef, la clase de arquitectura que hace un hombre que nunca conoció el amor. Klaus salía a veces a su terraza por las mañanas a fulminar a los chatarreros a través de unos prismáticos. Eso se lo contó Tomás a Stef. Tomás conocía a todos los chatarreros; los chatarreros conocían a Klaus por su ciclo de mañanas.

Stef no tenía una opinión sobre Klaus, exactamente. Tomó nota del edificio y siguió conduciendo.

Poco antes de Santiago del Teide se acababa la autopista. Se acababa honestamente: lo último que hizo fue levantar un ramal de salida treinta metros en el aire, curvarlo hacia el norte y detenerse ⁓ aire abierto, bigotes de varilla, una línea de horizonte pintada que algún chiquito añadió al final del todo. El Trampolín. Lo levantaron para alimentar el cierre del anillo ⁓ por debajo del macizo y otra vez afuera en El Tanque, una hora de montaña convertida en seis minutos ⁓ y llegaron a tener una boca abierta en la ladera y un ramal para alcanzarla. Las obras pararon a principios de 2027. El ramal llevaba catorce años apuntando a un agujero en una montaña como una frase que nadie terminó, y por las tardes la gente lo subía con mantas y veía ponerse el sol sobre La Gomera. Por debajo tomaba el relevo la TF-82, la carretera de antes, bajando al sur hacia Chío y Guía de Isora y subiendo al norte por la montaña hacia Erjos, que era el camino a casa y lo fue siempre. El matorral seco fue cediendo a los pinos de la Corona Forestal conforme la carretera subía. Coronó el paso de Erjos con el motor trabajando duro y empezó a bajar por el otro lado hacia el mar de nubes, y la laurisilva se cerró alrededor de la carretera. El aire se puso fresco. El parabrisas se metió, un momento, en una niebla que la camioneta atravesó sin comentario. Deslizó la ventanilla un dedo y escuchó al motor trabajar el tirón de bajada, y luego, en la iglesia vieja de Ruigómez, otra vez el de subida.

Pensó en la caja de atrás.

Pensó en su madre en su cocina, en una casa de la que probablemente no se alejaba un kilómetro desde hacía cinco años.

Pensó en Alice.

Condujo el resto del camino sin pensar en nada más, porque decidió hace mucho que la cantidad correcta de pensar en Alice en una hora cualquiera era pensar lo suficiente y no de más.

El desvío a Querencia de los Helechos apareció a la derecha. Lo cogió. La carretera se puso áspera y estrecha y empezó a subir, y los árboles se cerraron. La vieja torreta eléctrica asomó en lo alto de la cuesta, equipada con tres antenas de lata de Pringles apuntando en tres ángulos distintos, zumbando como zumbaba siempre. Años atrás, Stef se subió a esa torreta para instalarlas. Se fijó en las antenas de lata, echó un vistazo a la alineación de la que miraba al sur, hizo una notita en la parte de la cabeza que guardaba para esas notas.

La casa de Anna apareció sobre la bifurcación de arriba. Paró al pie del sendero.

Se bajó. El gato de la puerta de Anna lo miró con la expresión que tienen los gatos para la gente que ya estuvo allí antes. Subió la primera caja, luego la segunda, hasta el porche, y las dejó.

Anna salió.

"Dos cajas," dijo él. "La segunda es de Gertie. Unidad de trastero del Splendora, sellada desde 2027, titular sin registrar. Ella no lo arrancó. Quería que lo arrancaras tú."

Anna asintió.

Él la miró ese pequeño momento de más que era la manera que tenían de decirse las cosas que no necesitaban palabras.

Ella le devolvió la mirada.

"¿Root beer?" dijo él.

"Cuarenta y siete."

"Me paso en seis semanas."

"Trae a Godelieve."

"La traigo."

Volvió a la camioneta. La arrancó a manivela al segundo intento, lo cual era aceptable. Se apartó del sendero y empezó a bajar la cuesta hacia la plaza, y el ruido de la camioneta se quedó un rato en la quietud, y luego la carretera giró, y el ruido ya no estaba.

Unas palabras para los curiosos

Un recordatorio: La Charla, la lengua puente, se construye sobre cuatro partículas pequeñas delante de la raíz desnuda del verbo (ya / va / ta / shay). El léxico completo y una nota más larga viven en el N.º 0 ⁓ Prefacio.

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