Episodio 5
La Caleta, de noche
La Caleta guardaba sus barcos allí mismo, al borde de las cosas ⁓ cascos chicos de madera pintados de azul y de verde y de un rojo tan vivo que parecía prestado de algún sitio con más agua, varados en el callao donde el pueblo tocaba el mar. La plaza de detrás fue aparcamiento una vez, cuando la gente todavía iba en coche a todas partes; ahora era polvo y calorcito y olor a miel entibiándose bajo los toldos de tela, y un teatrillo de títeres plegado hasta sus tablas mientras los chiquillos corrían entre los puestos con esa energía particular de los niños que acaban de ver algo de lo que no pueden parar de hablar.
Anna había bajado de su montaña para el mercado grande ⁓ unas pocas veces por temporada, como la luna tira de la marea ⁓ y montó su mesa cerca del teatrillo plegado, bajo un toldo de tela, con cientos de caramelitos de envoltorio brillante amontonados en tarros de cristal y en cestas. Los chiquillos ya se apiñaban en tres filas delante de la mesa, todavía sin aliento por la función, trocando historias por caramelos: una tira de caramelo de mora por una buena, una gota de anís por una peor. Ella vio la función entera desde atrás, por encima de las cabezas, los brazos cruzados y la barbilla baja ⁓ y Saga, todavía recogiéndose renacuajos de fieltro de los dedos entre bambalinas, oyó la risa de Anna aterrizar medio segundo antes que la de los demás, todas y cada una de las veces. No tarde, como ríen los desconocidos, alcanzando el chiste. Temprano. Como solo se ríe uno con una historia que conocía antes que nadie.
Saga metió el último renacuajo en su bolsita y salió de detrás del teatrillo plegado. La pizarra le vibró contra la cadera. La sacó. En la pantallita gris, llegando por la vía lenta ⁓ de cantena en cantena, de poste en poste de lata de Pringles, montaña abajo desde el monteverde hasta la costa seca ⁓ había un mensaje en la taquigrafía particular de su madre.
¿cómo va todo? enséñales el conejo a los chiquitos si esta noche se despeja el cielo. ⁓ m
Saga tecleó de vuelta: primera función hecha. no murió nadie. la detective Ardilla es famosa. aquí el cielo brilla demasiado para conejos. dile a maddy que hola.
Lo vio irse ⁓ tres puntitos, y luego nada, montaña arriba hacia una cocina y un servidor y una mujer con barro en las botas ⁓ y sintió esa grandeza rara y buena de estar lejos de casa y seguir, de alguna manera, dentro de ella. La mesh no llevaba mucho. Llevaba lo suficiente.
Y Gertie seguía en el suelo detrás del teatrillo plegado con la mano metida dentro del títere de Maisie. Tenía el ojo saltado entre dos dedos y un tubito de pegamento sobre el hormigón, apretando la cuenta de vuelta en su cuenca de fieltro ⁓ sujetándola, el pulgar muy quieto mientras el pegamento agarraba, como se sujeta la mano de alguien más pequeño para sacarle una astilla. No soltó el títere para hacerlo. Arregló el ojo con la ardilla todavía puesta en el brazo.
Saga conocía a la ardilla desde que conocía a Gertie. Maisie estaba pintada en la esquina de la mitad de las paredes muertas de la isla ⁓ en el lado del mar de esta misma plaza, si uno daba la vuelta a mirar: una ardilla con un sombrero grande de más y una lupa, firmada Plasma-G en letras pequeñas y limpias, la misma mano, el mismo cariño paciente, pueblo tras pueblo tras pueblo.
Anna vino a buscarla antes de que a la tarde se le acabara el oro. Les dejó la mesa de caramelos a los chiquillos y bajó por la fila todavía limpiándose el azúcar de las manos, y no dijo buen trabajo, eso que dicen los mayores. Se agachó a la altura de Saga y la miró muy en serio.
"Greta. Teníamos un solo trabajo."
Lo dejó reposar un segundo.
"Eso no estaba en la función. Eso lo pusiste tú."
A Saga se le calentó la cara entera. "Es que.. se me salió solo."
"Ya lo sé. Eso es escribir." Anna le sostuvo la mirada un compás más, y algo le cruzó la cara para lo que Saga no tenía nombre ⁓ orgullo, y debajo del orgullo algo más lejano, como una luz encendida en un cuarto que nadie usa desde hace años. "Lo hiciste genial," dijo, más ligera ya, levantándose con una mano en la rodilla. "Y tu frase la añadimos al guion, eso seguro. Con tu permiso, claro."
Saga se rio y asintió.
Luego Anna fue y se dejó bajar al hormigón tibio junto a Gertie, y las dos miraron juntas a la ardilla ⁓ Anna al ojo arreglado, Gertie a nada en particular.
"Aguantó," dijo Anna.
"Siempre aguanta," dijo Gertie. "La construimos para eso."
Construimos. Saga cazó el plural y no preguntó por él. En ese plural iba plegada una tercera persona, estaba casi segura ⁓ alguien que no estaba aquí abajo en la costa seca ni tampoco arriba en lo verde, alguien cuyo nombre Saga solo había encontrado en dos sitios: unas letras pequeñas y limpias en la tapa de un juego viejo, y las frases lentas y cuidadosas de una máquina que vivía en una cuadra detrás de una cocina. En el silencio entre las dos mujeres cabía justo esa persona, y ninguna lo rellenó. Con la gente que más se echa de menos, iba aprendiendo Saga, no se rellena. Se deja la silla vacía donde está.
Se levantó y fue a averiguar si la gente de la miel había traído de la que lleva el panal dentro, porque tenía trece años y medio y un hambre de lobo y la función había terminado. Y a su espalda Gertie sostuvo el ojito pegado un momento más de lo que necesita sostenerse el ojo de un títere, y Anna se quedó sentada con ella y no la apuró, y la línea de bajo rodó por el hormigón tibio, y la tarde seca se puso, a pesar de todo lo que el sur de la isla pudiera hacer en contra, dorada.
El mercado se plegó como un mapa bien usado ⁓ los toldos recogiéndose, las mesas cerrándose, el hombre de la silla de IKEA echándose al hombro su trofeo y desapareciendo entre dos edificios. La gente de la miel le dio a Saga una cuñita fina de panal sobre un recorte de papel encerado, y ella caminó con ella fila abajo, masticando, dejando que el dulzor le corriera por la lengua mientras la plaza se vaciaba a su alrededor.
La Caleta guardaba sus barcos de pesca allí mismo, al borde de las cosas ⁓ cascos chicos de madera pintados de azul y de verde y de un rojo tan vivo que parecía prestado de algún sitio con más agua, varados en el callao donde el pueblo tocaba el mar. La pesca del día ya vendida o trocada, pero la pintura se quedaba. Saga pasó junto a ellos con el panal todavía entre los dientes, la madera oliendo a brea y a sal y a algo más viejo, como si los barcos contaran la misma historia que el mercado: seguimos aquí, seguimos en esto.
Unos cuantos coches muertos descansaban en la tierra más allá del borde de la plaza ⁓ despiezados por el cableado, sin puertas, uno de ellos con un abrigo de óxido tan grueso que parecía a propósito. Fueron parte del aparcamiento una vez, antes de que el aparcamiento se hiciera plaza. Ahora eran decorado, algo que las cabras trepaban y que los niños jugaban a que era una nave espacial.
La línea de bajo volvió a encontrarla ⁓ el dubstep de Mateo, rodando desde el portón del rover en un pulso bajo que no pedía permiso, solo tiraba. No era música rápida. Era música paciente, de la que te entra en el pecho y se sienta. Saga la sintió en el esternón antes de oírla del todo, más vibración que melodía, llamando a los mayores como los títeres llamaron a los chiquillos.
La siguió.
El sendero de bajada a la playa no era largo ⁓ empinado y ventoso en el mundo real, pero aquí se sentía como pasar de un cuarto a otro. La costa seca del sur se iba abriendo según caminabas: matorral de cardón y tabaiba a los lados, el cielo poniéndose naranja y luego rosa y luego de un azul tan hondo que parecía que alguien lo estuvo guardando todo el día para después de oscurecer. Alguien le puso a Saga una taza en las manos ⁓ cerámica tibia, algo afrutado y punzante que le rizó la lengua por los lados ⁓ y ella la cogió sin preguntar qué era, porque así funcionaba La Tropa: te daban cosas, y las aceptabas, y más tarde averiguabas si te gustaban.
Para cuando sus pies tocaron arena, el cielo estaba limpio. Ni nubes. Ni bruma de la niebla del norte. Solo estrellas, ya pinchando la tela, y el bulto oscuro de los acantilados subiendo a los lados como hombros sosteniendo la cala abierta para lo que viniera después.
La cala respiraba. Doscientas personas, quizá más, repartidas por la arena en corrillos ⁓ unas bailando, otras sentadas en mantas rescatadas, otras de pie alrededor de un fuego que todavía no era de Yara pero lo sería. El aire olía a sal y a queroseno y a algo dulce asándose sobre brasas playa abajo. Saga se quedó al borde de todo aquello, la taza tibia aún en las manos, sintiendo la música moverse por la gente como la sangre por un cuerpo.
Junto al brasero, Tibor y Yara construían la noche entre los dos. Tibor ⁓ que llevaba La Tropa y parecía el cruce de un oso de cuento húngaro con un ingeniero de software, todo barriga y barba y gafitas redondas ⁓ paseaba una ristra de sus mazas de malabares LED caseras por una figura lenta, mitad ensayo, mitad presumir. Las mazas despertaban tibias en sus manos y derivaban por colores que no tenían nombre ⁓ una aurora lenta que él sabía lanzar, verde y ámbar girando sueltas en la oscuridad. Todo el rato iba narrando una historia que no tenía nada que ver con los malabares, algo de un puente y un trol y un peaje que se pagaba en acertijos, el acento húngaro espesándose al llegar a las partes buenas.
A su lado Yara se arrodillaba sobre los poi ⁓ alta fuera de lo común, las rastas de un rubio pálido cazando la luz del fuego, la que le enseñó a Saga el fuego y también el tarot ⁓ mojando cada mecha en aceite de lámpara. Inhaló, retuvo, exhaló, las mismas rondas que su madre usó para cruzar un lago helado ante una cámara. Luego probó una mecha contra el mechero. Una flor dura y brillante de llama de verdad se puso en pie en el crepúsculo y se apagó bajo su guante. Miró al cielo, lo revisó por si traía viento, asintió para sí.
"Todavía no," le dijo a Tibor. "Deja que primero cojan frío."
"Ya tienen frío," dijo Tibor, sin parar las mazas. "Los estoy viendo tiritar."
"Están bailando. Eso no es tiritar."
"Es un tiritar muy cercano."
Saga se rio dentro de la taza. La bebida estaba ya tibia de sus manos, y sabía menos a fruta y más a pertenecer ⁓ el sabor particular de un lugar donde nadie preguntaba de qué te reías, se reían también y ya.
Mateo estaba acuclillado al portón del rover sobre la batería y los paneles, y la línea de bajo del dub rodaba por la arena en una ola que hacía a la gente moverse sin decidirlo. No bailar-bailar, todavía no. Solo mecerse, ladearse, dejar que la música los sostuviera un segundo. Mateo no levantaba la vista de sus perillas y sus cables. Llevaba la misma expresión que llevó de Reginald Glidewell tres horas antes ⁓ concentración total ⁓ pero ahora era amable. El mismo foco, apuntado a hacer sentir bien a la gente en vez de a hacerla reírse de un villano.
Saga encontró a Jef cerca de la orilla, sentado con las botas fuera y los pies en la arena, dibujando círculos con un palo. El más chico de Stef, doce años y nacido ya de lleno en el quiet, todavía con la sonrisa puesta por la botella de la sirena de niebla. La había trocado ahora por un par de baquetas, marcando un ritmo suave contra un palo de deriva que casaba con el bajo de Mateo sin proponérselo.
"Ey," dijo Saga, dejándose caer a su lado.
"Ey."
"Estuviste bien hoy. La sirena."
Él se encogió de hombros, pero las orejas se le pusieron rosas. "Gertie dijo que la hice reír demasiado pronto. Que le fastidié el pie."
"Se lo fastidiaste. Fue genial."
Se quedaron allí sentados un minuto, el agua entrando fría por los tobillos, la arena escurriéndose bajo los talones con cada retirada. El cielo estaba ya oscuro del todo ⁓ sin luna todavía, o quizá escondida detrás de los acantilados ⁓ y las estrellas estaban en todas partes, espesas como sal derramada.
Saga se acordó del mensaje de su madre.
Se puso de pie, sacudiéndose la arena de las rodillas, y fue a buscar a los chiquitos. Estaban arracimados al borde de la luz del fuego, los mismos niños que vieron a Maisie Ardilla perder el ojo, ahora corriendo a base de azúcar y adrenalina y la magia particular de tener permiso para seguir despiertos de noche. Saga se agachó entre ellos, señalando el cielo.
"¿Ven esas tres estrellas de ahí? ¿En fila?"
"Eso es el cinturón de Orión," dijo una niña chiquita con trenzas. "Eso lo sabe todo el mundo."
"Vale, sabionda. Ahora miren debajo. ¿Ven esa manchita borrosa?"
Entrecerraron los ojos. Ella apuntó con el dedo, dibujando la forma.
"Cuatro estrellas haciendo un rombo. Dos orejas arriba. Ese es el conejo. Lepus. Va huyendo de los perros de Orión ⁓ ¿ven esos brillantes a la izquierda? Lo persiguen para siempre pero no lo alcanzan nunca."
"¿Por qué no?"
"Porque es rápido," dijo Saga. "Y porque al cielo le gusta una buena persecución."
La niña chiquita la miró muy seria. "Eso no es científico."
"No," concedió Saga. "Pero es verdad."
A su espalda subió el primer arco de fuego de Yara ⁓ una floración de naranja y oro contra el cielo negro, arrastrando chispas que morían antes de tocar la arena. La gente hizo un sonido que no llegaba a palabras. Las mazas de Tibor contestaron en sus colores sin palabras, verde y ámbar girando en la oscuridad, su luz inventada bailando junto al fuego verdadero de ella.
Saga se levantó, y los chiquitos ya la habían olvidado, persiguiéndose unos a otros hasta el agua. Volvió a encontrar a Anna cerca de la boca de la cueva ⁓ siete capas de pintura fluorescente brillando en constelaciones que Tibor cartografió de memoria, la barra de madera de palé de Linolada tibia bajo las palmas, el brasero quemando brezo, así que el aire olía a monte y a sal y a algo más viejo. Sin ganancia y sin precios, puro toma y daca ⁓ y Anna le pasó una lasca de cochino asado al carbón sin preguntarle si tenía hambre.
La tenía. Siempre la tenía, en estas cosas. No de comida, o no solo. De la tibieza de los cuerpos que se eligieron unos a otros, del olor del humo de brezo del brasero de Tibor mezclándose con la sal y el queroseno, de la arena escurriéndose despacio bajo sus talones con cada retirada del agua.
El conejo corría en lo alto. El fuego floreció y murió y volvió a florecer. Y Saga, con trece años y medio, llena de panal y de algo más punzante de lo que estaba acostumbrada, bailó descalza en la arena hasta que los pies se le durmieron y el bajo de los altavoces de Mateo le vivió en las costillas como un segundo latido.
Tres kilómetros ladera arriba, en un búnker de hormigón blanco sobre los huesos arrasados de una casona de labranza que una vez prometió restaurar, Klaus estaba sentado a la mesa de su terraza con las cuatro tazas de Wedgwood y la última lata de Lavazza, viendo su campo de golf llenarse de extraños a través de unos prismáticos que costaron más que el jeep para el que ya no tenía combustible.
Los oía incluso a través de las puertas selladas del patio: el dub de Mateo, subiendo la colina como marea. Katzenmusik. La palabra de su abuelo para cualquier ruido hecho por gente de menos de cuarenta años con amplificadores y sin partitura.
Las calles del campo estaban arruinadas. Lo sabía sin bajar ⁓ la pisada de doscientos pies sobre una hierba que necesitaba seis meses más para recuperarse de la última sequía, las brasas desperdigadas de sus fuegos, y las cabras. Siempre las cabras. Un rebañito se había instalado en el búnker de arena del hoyo nueve como si fuera un spa construido expresamente para ellas, y una se rascaba los cuernos contra los restos de un cartel de tee que él instaló con sus propias manos.
Su campo. Su inversión. Su urbanización Bienestar, parada ya década y media mientras la isla fingía que ya no necesitaba capital.
"Él está ahí abajo," dijo Klaus.
Sonja estaba de pie junto a la baranda de hormigón, liándose un cigarro de su tabaco de maceta. No se volvió.
"Con ellos," dijo Klaus. "Bailando con los verdammt hippies de las cuevas. En mis greens. Como si fuera suyo."
Sonja cerró el papel con la lengua. Rascó la cerilla, la dejó llamear, la dejó morir. "Él ya no está," dijo. "Y esto ahora es de ellos." Tiró del humo, miró el búnker de arena donde una segunda cabra se había acomodado junto a la primera. "Acéptalo. Tómate una achicoria. Mira las cabras."
Klaus no dijo nada. La mandíbula le trabajaba. Alcanzó su cuaderno ⁓ encuadernado en cuero, páginas llenas de proyecciones en su letra apretada: T3 2034, luego T4 2036, ahora T4 2046. Wenn alles zurückkommt. Cuando todo vuelva.
"Los inversores volverán," dijo. "Los vuelos. La gente que entiende lo que es una oportunidad de desarrollo." Volvió a levantar los prismáticos. "Y él va a necesitar otro sitio donde jugar con su fuego."
Sonja le miró la nuca. "Tu línea de riego sigue corriendo," dijo. "Le da de beber a la gente de las cuevas, de hecho." Tiró del humo. "Eres el único promotor que conozco que riega a su propia competencia."
Klaus no dijo nada. La mandíbula se le apretó.
Sonja sacudió la ceniza hacia la piscina llena de arena y no dijo lo demás que estaba pensando. Eso también lo había aprendido.
Han estado escuchando Nivaria. Soy Caitlyn Meeks. Gracias por hacerme compañía esta noche ⁓ ahí en la arena, bajo el conejo, con el fuego floreciendo y la línea de bajo llegando desde el rover de Mateo como una marea que solo sube. Anden descalzos siempre que puedan. Y con los ojos arriba. Siempre hay algo corriendo allá en lo alto que quiere ser visto. Nos vemos la próxima.
Unas palabras para los curiosos
Casi todo español esta vez, con el polvo de la costa sur encima ⁓ y un fisco de refunfuño alemán desde más arriba.
- La Caleta ⁓ un antiguo pueblo de pescadores, real, en la costa seca del suroeste de Tenerife. En 2041 su plaza ⁓ aparcamiento una vez, cuando la gente todavía tenía coches ⁓ acoge el mercado grande y el teatrillo de títeres. Los barcos de madera de colores siguen faenando; los coches muertos, despiezados por el cableado, son ya solo decorado.
- Playa de Diego Hernández / La Enramada ⁓ una cala real bajo el Golf Costa Adeje, empinada y ventosa de alcanzar. En nuestro 2041 es adonde se va la fiesta cuando el mercado se apaga: la barra-cueva excavada a mano de Tibor, el fuego de Yara, la sesión de dub de Mateo en la arena.
- Katzenmusik ⁓ alemán, literalmente "música de gatos". Lo que Klaus llama a cualquier ruido amplificado que él no aprobó por escrito con tres semanas de antelación. Un desdén auténtico de alemán cascarrabias; la palabra de su abuelo antes que suya.
- La mesh ⁓ el sistema nervioso casero de la isla: enlaces de radio de línea de vista saltando de cantena en cantena por las cumbres, buena parte construidas con latas de Pringles. Lleva texto, sobre todo. Con texto basta.
- Los días de mercado ⁓ el circuito de La Tropa va al compás de los mercados. Casi todas las semanas el mercado de la plaza es modesto; una vez al mes cada pueblo monta el grande, cuando los puestos se doblan y la gente viene desde los bordes a vender el trabajo de un mes en una tarde. Donde hay función hay mercado, y donde está el mercado grande, hay función.
- El conejo ⁓ Lepus, la constelación bajo el cinturón de Orión. En la familia de Saga es una historia que cuenta su madre: la liebre corriendo para siempre delante de los perros del cazador, nunca alcanzada porque al cielo le gusta una buena persecución. No es científico. Pero es verdad.
Y sí ⁓ si notaron que el villano de la función de títeres y el hombre del balcón comparten cierto aire de familia, no van desencaminados. Hay historias que merecen tomarse prestadas. Esta la devolvimos con un árbol dentro; esta noche tomamos prestada otra, y dejamos un signo de interrogación donde tocaba el punto.