Saga ⁓ the island carved in wood: Teide rising from the sea inside a ring of glyphs

Episodio 4

Maisie Ardilla, I.P.

El misterio de la castaña desaparecida

La bahía de Acornmouth. Llueve. Aquí siempre llueve.

Bienvenidos a Acornmouth. Los últimos trapos sucios del pueblo más sucio a este lado de Walnut Creek. Les habla Maisie Ardilla, I.P. Límpiense los pies.

Lluvia sobre Acornmouth.

Caía como cae siempre aquí ⁓ como si el cielo le debiera cuartos a alguien y los estuviera devolviendo en gotas frías, de una en una. Me quedé sentada en la oficina y la dejé correr ventana abajo en largas sogas grises. Una detective aprende a dejar que la lluvia termine la frase.

La oficina es un hueco en un sicomoro en el lado malo del pueblo. Un escritorio. Una lámpara que arranqué del porche de alguien, zumbando su luz rosa. Un archivador que antes fue caja de puros. Un pisapapeles, sujetando el único expediente de este pueblo que vale el polvo que junta. Y junto a la lámpara, mi lupa. No me hace falta para leer un expediente de una página. La llevo a todas partes igual.

La Castaña Libre de Acornmouth. Desaparecida.

Si quieren entender este pueblo, tienen que entender esto: una ardilla voladora de mala calaña llamada Reginald Glidewell es dueña de cada nuez, cada bellota y cada avellana del pueblo. De todas, hasta la última. Las guarda en una cámara acorazada y te las alquila de vuelta por horas, un estafador de traje fino cobrándote por mirarte tus propios dientes. Es dueño del eco de la pared de la cantera ⁓ a perra chica el grito. Dueño de la sombra del roble viejo, alquilada por medias horas, sin devoluciones los días nublados. El martes pasado patentó la palabra libre y empezó a demandar a la gente por decirla.

pero en el pueblo había exactamente una castaña que Glidewell no poseía. La Castaña Libre de Acornmouth. La última castaña libre, la castaña del pueblo, allí en la plaza donde cualquiera podía tocarla y nadie podía quedársela. La gente la llamaba la Castaña Libre, por ser la única cosa de este pueblo que uno podía tener por nada. Y después, con Reginald dueño de la palabra libre ⁓ me figuré que también le echaría el ojo. Solo que no conseguía ponerle encima sus zarpitas avariciosas.

Esta mañana ya no estaba.

Al fondo del pasillo, Margaret dejó de teclear. Es milpiés, y mi secretaria, y lleva seis años dimitiendo. Los días flojos escribe a máquina su carta de dimisión. Va por la página cuarenta. Es muy buena. Yo salgo.

Cuando Madge se calla, los problemas ya encontraron mi puerta. La abrió, entró, agitando sus muchos pies.

"Maisie," dijo. "Ahí fuera hay una rana. Está llorando."

Me puse el sombrero y dejé caer la lupa en el bolsillo de la gabardina. Hay mañanas en que una sabe, sin más, que va a querer mirar algo de cerca.

Hay casos que empiezan con un cadáver. Los buenos empiezan con una madre.

Entró con niebla ⁓ y la niebla entró demasiado rápido, como entra siempre en este pueblo. Llevaba tanto rato llorando que la lluvia, a su lado, parecía seca. Se sentó en la silla frente a mi escritorio, cruzó las manos y me dijo su nombre. No era un nombre. Era el ruido que hace un kazoo cuando lo pisas. Apunté lo que pude. En mi oficio, la verdad y la ortografía rara vez llevan el mismo horario.

"Detective Ardilla," dijo. "Me van a vaciar la charca."

"Se vacían muchas charcas. ¿Qué tiene la suya de especial?"

"Que dentro están mis niños. Los diez. Y el hombre que la vacía dice que fui yo la que se llevó la castaña, y yo ⁓ " algo se le puso pequeño y duro por dentro. "Yo no me la llevé," dijo. "Bet."

No sabía qué quería decir bet. Eso también lo apunté.

Me dijo lo que quería, que era limpiar su nombre. No me lo contó todo. Nunca lo cuentan ⁓ y menos que nadie las que tienen diez hijos y una charca en el mapa de un rico. En algún punto de la bahía bramó la sirena de niebla.

Glidewell. Tenía que ser Glidewell. A un ricachón siniestro como Reginald Glidewell no se le hace una visita. A una la reciben.

Lo encontré en el corte de cinta de su último tinglado ⁓ Jardines Glidewell, una valla publicitaria con un césped tan verde y tan vacío que parecía el sitio adonde se llevan los sentimientos a sacrificar. Llevaba corbatín. Tenía tres doctorados honoris causa y un acento falso. Se había construido a sí mismo con las mejores piezas de cuatro países.

"Detective Ardilla." Lo dijo como un cumplido que me estaba prestando. "Viene por lo de la charquita."

"Vengo por lo de la castaña."

"La castaña. La charca." Agitó una zarpa ⁓ suave, siempre suave. "Dos hojas, una misma rama, detective. Este pueblo es un desastre. Malas hierbas. Barro. Agua estancada donde los mosquitos celebran sus congresos. Frutos secos sueltos por ahí donde cualquiera podría llevárselos." Una sonrisita afligida. "Yo solo intento poner las cosas en orden. Y cuando lo consiga ⁓ cuando la última cosa suelta de este pueblo sea por fin mía ⁓ ya verá. Cada cosa en su sitio. Todo como debe ser. Todo mío."

Detrás de él, un bulldozer diminuto ronroneaba al borde de la charca. Diez voces pequeñas se habían quedado muy calladas bajo el agua.

Conocí a muchos sinvergüenzas. Los que me dan miedo son los que se creen que te están haciendo un favor.

Iba por la mitad de la escalinata de Jardines Glidewell cuando vi al tejón. Responde al nombre de Digger. Diggs pa' los amigos. El matón de cabecera de Glidewell.

Salió por el lado de servicio de la valla con un rollo de papel bajo el brazo y el sombrero calado, moviéndose como se mueve el músculo cuando carga algo que no debería ⁓ rápido, y esforzándose mucho por no ser visto. La gente de Reginald va por el camino alto, que es el aire. El resto vamos por el camino duro, que es todo lo que queda entremedias. Este fulano fue por el camino duro también, pegado a las sombras, agachadito. Eso me dijo que llevaba encima algo que valía más que su dignidad.

Así que lo seguí.

Me caló en la esquina ⁓ un vistazo rápido atrás, luego un tropiezo pequeño en el paso, y ya estaba subiendo por un bajante y saltando un canalón y desaparecido, y yo iba detrás.

Yo no sé planear. Nunca supe. Un Glidewell se abre el abrigo y deja que el viento haga el trabajo; los demás saltamos. Así que salté. Desde el toldo del quiosco de prensa, por la pared de la lavandería, mano sobre mano por un bajante resbaloso de esta lluvia que nunca para. Él pesaba más que yo y subía más lento, pero un tejón que va a través de las cosas le gana a una ardilla que las rodea, y él fue a través de todo ⁓ tendederos, tubos de estufa, atravesó de un golpe un huerto de azotea. La azotea cedió debajo de mí a mitad de camino ⁓ en este pueblo se construye barato.

Lo perdí entre las chimeneas y lo volví a encontrar ⁓ porque si hay algo que un tejón no es, es silencioso. Cruzó por un andamio y lo tumbó detrás de él para que yo no pudiera seguirlo. Puse todo lo que me quedaba en un solo salto a través del callejón ⁓ sobre una caída larga de nada, la calle mojada una manzana entera más abajo, la sirena de niebla sonando en alguna parte como si no soportara mirar ⁓ y caí en la cornisa de enfrente con las uñas clavadas en la tela asfáltica y sin una gota de aire en el cuerpo.

Él no llegó al siguiente hueco. Demasiado peso. Frenó en seco al borde, giró en redondo ⁓ y ahí fue cuando el rollo se le escurrió de debajo del brazo.

Lo tenía en la mano antes de que tocara el tejado. El tejón me echó una mirada larga y decidió que su pellejo valía más que los papeles de un rico. Bajó por la escalera de incendios y desapareció en la niebla.

Me senté en lo mojado y desenrollé lo que había cazado, y saqué la lupa a buscar pistas.

Era un plano topográfico. Jardines Glidewell ⁓ Plan de Drenaje. Y era mentira. Nadie drena un pantano pa' un jardín con líneas como estas. Un mapa de zanjas sobre el papel, corriendo todas hacia un mismo sitio y apuntadas a él como dedos cerrándose sobre una garganta ⁓ un único cuadrado en la orilla de la charca de la rana, marcado con una X roja pequeña y tres palabras en una letra pulcra, de ardilla rica.

Vaciar el viernes.

Fuera lo que fuera lo que Reginald quería muerto, vivía justo ahí. Un palmo cuadrado de barro. Ahora me tocaba averiguar qué era.

La X me puso de rodillas al borde de la charca con la lupa fuera y el frío calándome la gabardina. Un bulldozer estaba aparcado justo al lado. Repasé el lugar centímetro a centímetro con la lupa, como se lee una nota de rescate, hasta que lo encontré ⁓ un parche de tierra recién removida justo en la orilla, la tierra apretada de vuelta a mano y más oscura por eso. Y hundida al lado, limpia como una firma, la huella ovalada de una cucharilla. Huellas de pies, también. Pies de rana. ¿Y en todo el centro? Algo verde había rajado el barro y decidido quedarse.

Aquí nadie enterró nada. Alguien plantó algo.

Así que fui a buscar a los únicos testigos del pueblo más bajitos que la prueba.

Los renacuajos lo habían visto todo. Y peor: les habían dicho que no dijeran nada. Y no hay nada en la naturaleza como diez renacuajos a los que les han encargado guardar un secreto.

"No sabemos nada," dijo la grande, rápido.

"¿Nada de qué?"

"De la castaña."

"¿Qué castaña?"

"La que ella no enterró."

"Greta."

"¡Dije que no la enterró!"

"pero dijiste enterró," pió el otro.

"En plena noche cerrada," ofreció uno pequeño, servicial, creciéndose por fin ante la ocasión de ser testigo. "Con premeditación y alegoría."

"Alevosía," dije.

"¡Eso también!"

La grande ⁓ Greta, tuve que suponer ⁓ se subió a un nenúfar para tomar el mando de la situación. "NADIE," anunció, a la charca, al pueblo, a la historia, "empujó la castaña grande al barro donde ahora mismo está creciendo. Eso es todo."

La charca estuvo callada exactamente un segundo.

"…teníamos un solo trabajo," dijo alguien debajo del agua.

Y ahí estaba. La rana no me había mentido. Solo había dejado la verdad fuera.

Una cosa no se empuja al barro para guardarla. Se empuja al barro para que crezca.

No había robado la Castaña Libre. La había plantado ⁓ en la orilla de la charca que un rico estaba listo pa' vaciar.

Así que fui a ver a la única criatura de Acornmouth que se había leído el reglamento hasta el final.

La alcaldesa. Una garza. Estaba a una pata en la oficina del registro; la otra pata, decía, estaba fuera de servicio. Llevaba diez años de alcaldesa y sin poder casi todos ellos, porque Glidewell guardaba más abogados que nueces en su hueco del árbol.

"No hay nada que yo pueda hacer con el señor Glidewell," dijo, antes de que yo preguntara nada. "Por desagradables que sean sus acciones, está legalmente en su derecho. Conoce y explota cada resquicio de la ley. Ahora es dueño de la palabra libre, ¿lo sabía? Tuvimos que dejar de usarla en los plenos. Nos multó con 12 bellotas."

"¿Y un árbol?" dije.

La pata buena de la garza bajó al suelo.

Abrió un libro del tamaño de una caja de fósforos y fue a una página gastada y suave como la orilla de un río. "Sección doce," leyó. "Apartado quinto. Un árbol en suelo público pertenece al pueblo. No será cortado, ni podado, ni acarreado, y el agua que lo alimenta pertenece al árbol, ahora y siempre." Me miró por encima del libro. "Si hay un árbol, la charca no puede vaciarse. Es la única ley de este pueblo que él no pudo esquivar. Pero nunca hubo un árbol junto a la charca. Solo la plaza con la Castaña Libre de Acornmouth ⁓ y me temo que una castaña no cuenta como árbol." Una pausa, larga como un cuello de garza. "Ahora bien, una castaña en la tierra."

"Es un castaño la mañana en que brota."

"Es un castaño," concedió, "la mañana en que brota."

Y todo el tinglado torcido se dio la vuelta y me enseñó su cara fea.

Los matones de Reginald averiguaron adónde fue a parar la castaña. No estaba vaciando esa charca por Jardines Glidewell. La estaba vaciando pa' matar de sed al brote ⁓ quitarle el agua de debajo antes de que creciera lo bastante para que la gente notara que es un árbol, y protegido, y le volara el plan entero en pedazos por una rana con una cucharilla y una cuenta pendiente. Lo del robo colgado a la madre era solo la guinda. Echa del pueblo a la madre y a los renacuajos, vacía la charca, ¿y quién queda pa' señalar la cosita verde en el barro?

Es una historia vieja. Los grandes no te quitan lo tuyo. Convierten en delito que alguna vez fuera tuyo.

Así que todo se redujo a tiempo. Era el bulldozer de Glidewell contra la mañana en que ese brote pensaba despertarse árbol. Vaciar el viernes, escribió el hombre. Era viernes.

Me gustaría contarles que lo gané a puñetazos. Lo gané con una garza, un libro y el último salto limpio que me quedaba en el cuerpo.

El motor ya estaba arrancando cuando llegué a lo alto del camino de la cantera ⁓ Diggs, el tejón, subido al asiento, el mismo fulano de los tejados, bajando la pala hacia la orilla. Glidewell, allí plantado con su corbatín fino, portapapeles en mano. El agua empezó a irse de la charca y el barro empezó a asomar. Al fondo, el brote ya se marchitaba al sol, el verde escurriéndosele igualito que el agua se escurría de debajo de sus pies. Y diez voces pequeñas llorando desde una charca camino de ser un charco.

Bajé el camino de la cantera en tres saltos y la pendiente en un solo derrape largo y sucio, y me planté entre la pala levantada y el brote sin nada en las dos zarpas más que un libro del tamaño de una caja de fósforos, abierto por la única página que importaba.

La pala se detuvo a un bigote de mi sombrero. Diggs me miró desde arriba. Yo miré hacia arriba, a medio kilo de acero frío, e hice la única labor de detective que quedaba por hacer, que era ganar tiempo.

"Quieres leer esto antes de soltar eso," dije. "O quieres ser tú el que le explique a un juez en el centro por qué no lo leíste."

Diggs se quedó colgado ahí, la pala temblando encima de los dos, un tejón a sueldo haciendo cuentas que nadie le pagaba por hacer. Se volvió hacia Glidewell, que le hizo señas de seguir.

Entonces la alcaldesa bajó del gris con las dos alas.

Diez años a una pata, y resultó que la otra era pa' esto. Aterrizó al borde del barro con las dos patas ⁓ que en una garza quiere decir que se le acabó del todo el juego ⁓ y leyó la sección doce, apartado quinto, en voz alta, entera ⁓ pa' Diggs y pa' Reginald y pa' los renacuajos y pa' cualquiera en Acornmouth con oídos pa' oírla. El agua que lo alimenta pertenece al árbol, ahora y siempre. Y siendo la ley la ley, alguien tuvo que dejar volver el agua.

Volvió turbia y lenta. El brote echó un trago largo. Dejó de marchitarse. Se enderezó de golpe.

Verde, terco, ya más alto que la ley que le estaban leyendo por encima de la cabeza ⁓ ahí se quedó siendo, sin un centímetro de duda, por pequeño que fuera, un castaño.

No había en él nada que Reginald pudiera comprar. Nada que acaparar, vaciar ni esconder con el resto de las nueces que había afanado.

Diggs se había tirado de la máquina en el segundo en que la garza abrió las alas, y la bota se le enganchó en la palanca al bajar ⁓ lo cual, por suerte para el brote, puso la cosa en marcha atrás, y la mandó en la dirección contraria por completo: reculando sola por el solar, a sus propios asuntos, lenta como un mal humor, sin nadie a los mandos. Reculó limpiamente a través del campo de golf de Reginald, aplastando las banderitas green por green, arrastró el búnker de arena hasta dejarlo hecho una larga coma beige, y dobló el bombo de una banda de música bajo las cadenas con un sonido como el final de un chiste. Luego encontró la valla de Jardines Glidewell y la atravesó de parte a parte, aquel gran césped verde y vacío tragándose entero su propio bulldozer. Rozó el quiosco de música. Le llevó una esquina a la fuente del pueblo y se fue con el caño puesto de sombrero. Y al final fue a dar contra un arce grande que no era de Reginald ⁓ no por falta de ganas; la ardilla lo quería todo ⁓ e intentó, se lo juro, treparlo: se empinó con las dos cadenas arañando el aire, se quedó colgada un segundo como si tuviera algo que demostrar, y se fue de espaldas, con las cadenas todavía girando, como sigue discutiendo una cosa que ya perdió. Arriba, en el hueco del arce, las cinco ardillas huérfanas que vivían allí se asomaron y vitorearon cada segundo, viviendo, de lejos, la mejor tarde de sus vidas cortas y trágicas.

La alcaldesa lo siguió con la mirada hasta el final. Luego sacó una libretita y se puso a sumar.

"Quiosco de música," dijo. "Fuente. Esos son del pueblo." Chupó la punta del lápiz. "El campo de golf y la valla corren de su cuenta. Pero el resto se lo paga usted al ayuntamiento de Acornmouth antes del viernes, señor Glidewell." Una garza sabe sonreír sin mover una pluma. "Qué cosa. Por fin le debe a este pueblo más de lo que nunca consiguió sacarle. Y dos semanas de servicios comunitarios" ⁓ levantó la vista hacia los huérfanos, que ya pedían bis ⁓ "por trauma de orfandad. Pobrecitos míos."

Por primera vez desde que lo conocía, a Reginald Glidewell no le salió la frase. Vio a su propia máquina aplanar su propio sueño, vio a una garza a la que tuvo diez años sin poder pararse en las dos patas y extenderle una factura, y el comentario ingenioso no llegó.

"Todo será mío," fue lo único que dijo ⁓ y se detuvo. Lo intentó otra vez. "Lo tendré en orden. Cada última cosa en su sitio. Ya verán."

El brote, me fijé, no estaba de acuerdo.

Se fue como se van siempre los de su clase, que es hacia arriba. Subió corriendo por el arce más cercano y le abrió el abrigo al viento, y se detuvo medio compás de más en lo alto ⁓ miró hacia abajo, a la charca, a los renacuajos, a la cosita verde que no podía tocar ⁓ y dijo: "Disfrute de su árbol, detective. Siempre hay algo más." Luego agarró el viento como el buitre sarnoso que era y se fue planeando. No fuera del pueblo ⁓ nunca fuera del pueblo. A casa: al mejor hueco del mejor roble de Acornmouth, un árbol que se adjudicó hace años y bautizó finca, adonde una criatura así va a lamerse las heridas y a elegir la próxima cosa suelta que nadie dejó clavada al suelo.

Abajo, en la orilla: diez renacuajos, una madre cansada y un brotecito de árbol pequeño y legalmente protegido.

Devolví la lupa al bolsillo de la gabardina y salí caminando a la lluvia.

Entré de vuelta en la oficina y negué con la cabeza mirando a Madge. "Este pueblo está lleno de gentuza," dije. "Y Glidewell es el peor de todos."

Madge me miró. "Olvídalo, Maisie. Es Acornmouth."

Hay casos que una cierra. Los buenos la cierran a una.

"¡Y hasta aquí la función! Nos vemos la próxi ⁓ "

La voz que hablaba quedó interrumpida por un pequeño clac de madera cuando el ojo izquierdo de la detective Ardilla ⁓ una cuenta blanca con un punto negro ⁓ rodó por el escenario. Una niña en alguna parte chilló de alegría: "¡se le cayó el ojo! ¡se le cayó el ojo!"

"Ach, du Scheisse!!" gritó Gertrude, una alemana detrás del telón con la mano todavía dentro del títere de Maisie Ardilla. Entonces, recordando de golpe cuántos niños hay sentados delante ⁓ sacó a toda prisa el títere de escena y añadió "aaach! ⁓ ich meine… aaa ... ¡Hurra! ¡Niños! Kinder! ¡Hurra! ¡Vuelvan pronto todos! ¡A más aventuras emocionantes y misteriosas con la detective Ardilla! Y.. aaa.. " se atascó "¡va a ser tan emocionante! ¡que se les van a saltar los ojos!"

Desde algún lugar de las primeras filas, claro como una campana: "¡Mamá! ¿Qué significa scheisse?" La mano de una madre llegó sobre la boquita medio segundo tarde, y la madre fulminó con la mirada el telón del teatrillo.

El temita juguetón de después de la función sonó por el altavocito desde el sintetizador de Mateo, fuera de escena.

Y entonces el mundo imaginario se deshizo en las cosas de las que de verdad estaba hecho.

La lluvia dejó de ser lluvia y volvió a ser una regadera vaciada y un puñado de guisantes secos traqueteando por un trozo de tubo de metal. La niebla que había rodado sobre la bahía de Acornmouth rodó hacia atrás hasta su carrete con un chirrido de manivela, la larga pieza de muselina gris translúcida enrollándose de vuelta a casa. Alguien apagó el resplandor de las farolas, hechas todo el tiempo con lámparas LED de bicicleta reutilizadas. La sirena de niebla del puerto resultó ser Jef ⁓ el más chico de Stef, doce años y nacido ya dentro del silencio ⁓ colorado de soplar sobre la boca de una botella vacía, y sonriendo como quien se salió con la suya. El bulldozer se volcó con la dignidad de una caja de cartón, que es lo que era. Y toda la ciudad gris de Acornmouth ⁓ la cantera, la charca, la alcaldía, el orfanato ⁓ se enrolló entre dos varillas en un pergamino pintado para la próxima función. El mismo perfil de tejados que Maisie había cruzado a la desesperada en la persecución, cuando toda aquella carrera desesperada había sido en realidad un títere de ardilla manipulado delante de un paisaje urbano girado a manivela detrás de ella.

No llovía. No había llovido nunca. Eran las cuatro de la tarde en la plaza de hormigón tibio del centro de La Caleta ⁓ un aparcamiento, en otro tiempo, antes de que los coches se fueran; doce años de manos la habían convertido en una plaza donde estar a gusto, con toldos rescatados tendidos para dar sombra, jardineras ya frondosas y rincones barridos y blanditos donde sentar a los más chicos ⁓ y solo unos pocos coches muertos quedaban en la tierra del borde, desvalijados hace tiempo por su cableado y sus piezas. El sur de la isla se vuelve seco y pálido aquí, y el monteverde fresco y húmedo de Querencia es solo un rumor que alguien te cuenta del norte. Y los niños ⁓ niños de verdad, no renacuajos ⁓ se despegaron del suelo tibio donde llevaban cuarenta y dos minutos sentados con las piernas cruzadas sin moverse ni una vez, y ahora corrían por todas partes, gritando sobre la persecución por los tejados, los renacuajos desesperados y la ardilla detective a la que se le cayó el ojo y gritó "scheisse".

Saga se sentó sobre los talones detrás del teatrillo, meneando títeres de dedo de fieltro verde, renacuajos incapaces de guardar un secreto, con sus ojitos saltones de plástico. Greta, teníamos un solo trabajo fue una línea que se inventó sobre la marcha. Y durante un segundo largo después de improvisar lo de en plena noche cerrada.. con premeditación y alegoría, le preocupó haber hecho tropezar a Gertrude, pero Gertie la cazó al vuelo y le devolvió la improvisación como una profesional. Cuando la risa llegó rugiendo del público en una ola, entendió, en el cuerpo, que juntas habían hecho las cosas todavía mejores.

En la luz clara de la tarde, la mano de Mateo bajó tibia sobre su cabeza ⁓ el mismo Mateo que toda la tarde fue el intrigante Reginald Glidewell, puro aceite y corbatín y ya verán. No dijo nada. No hacía falta. La mano decía es clásico, y la mano tenía razón.

Han estado escuchando Nivaria. Soy Caitlyn Meeks. Gracias por hacerme compañía. Tengan la lupa a mano, y la cola esponjada Nos vemos en Acornmouth.

Unas palabras para los curiosos

El sur de la isla, esta vez, con su polvo encima.

Y sí ⁓ si el asunto del agua, y el hombre poderoso, y la cosa que resultó haber sido delito desde el principio les sonó a algo conocido, esa era la idea. Hay historias que merecen tomarse prestadas. Esta la devolvimos con un árbol dentro.