Episodio 23
Sin Clavos
La finca de las hermanas Cebolla, sobre Querencia. Finales de noviembre de 2041 ⁓ temporada de castañas.
Bienvenidos de nuevo a Nivaria. Noticias lentas desde una isla tranquila. Les habla Caitlyn Meeks. Gracias por estar aquí.
Saga había empezado a subir los jueves.
Nadie lo había hablado. No hubo invitación y no hubo acuerdo, y si le hubieras preguntado a cualquiera de las cuatro cómo empezó, te habrían dado cuatro respuestas y ninguna habría sido la misma. Fue sencillamente que después de lo de la pardela subió el jueves siguiente a ver si a la cabra ya se le podía quitar la tablilla, y se le podía, y entonces el jueves de después subió porque había dicho que subiría, y para el cuarto jueves había en la balda una taza que era la suya.
Así funciona esto aquí arriba. Nadie te dice que perteneces a un sitio. Simplemente dejan de guardarte la taza.
Aquel jueves en concreto estaba de pie junto a la mesa larga con las mangas remangadas, pelando castañas.
Era finales de noviembre y el noroeste entero olía a eso. Las hermanas habían trocado cuatro ristras de cebollas por dos sacos de castañas con una familia de allá abajo, de El Tanque, y Remedios llevaba asándolas desde el desayuno en una sartén agujereada sobre la lumbre, y la cocina era el cuarto más caliente en el que Saga había estado desde el verano. Tibicena estaba tumbado atravesado en el vano de la puerta con su único ojo cerrado.
Le habían puesto nombre de demonio, y el bautizo había sido cosa de Milagros, y Milagros no hacía nada a medias ni siquiera cuando lo hacía en once palabras.
Saga había preguntado por aquello su segundo jueves, y había recibido, desde el otro extremo de la cocina, sin preámbulo:
"Guayota robó el sol. Se lo llevó abajo, dentro del Echeyde ⁓ dentro de la montaña, dentro del Teide ⁓ y el mundo se puso oscuro y siguió oscuro, hasta que Achamán fue y lo sacó. Y en aquella noche larga, mientras no había sol en ninguna parte, nacieron las tibicenas."
"¿Y qué son?"
"Perros negros enormes. El pelo espeso, los ojos como fuego rojo. Viven en las cuevas y salen después de oscurecer y van por los barrancos aullando, y se llevan las cabras, y, si es lo bastante tarde y el que lo cuenta vale algo, a los niños."
Saga había esperado. Milagros había vuelto a lo que fuera que estuviera haciendo, que probablemente era nada.
"Eso es más viejo que los españoles," añadió, un minuto entero después. "Más viejo que las iglesias. Más viejo que haber aquí alguien que lo escribiera." Y después, un minuto más tarde, exactamente con la misma voz: "Y a lo mejor tampoco es un cuento. La gente que cava en los barrancos sigue sacando calaveras de perros grandísimos que nadie sabe explicar."
El tibicena del vano tenía el tamaño y aproximadamente la forma de un escabel. Se le había puesto blanco el hocico, tenía un ojo y dos orejas completamente distintas, y le tenía miedo a las gallinas ⁓ no a todas; a una. Remedios le decía Don Tibicena cuando había hecho algo bien, cosa que pasaba poco. Todos los demás le decían Cena, cosa que las hermanas habían elegido a propósito y que disfrutaban todas y cada una de las noches, cuando una de ellas se plantaba en la puerta de atrás a oscuras y gritaba ¡CENA! y venían corriendo el perro y la casa entera.
La Regenta ⁓ que era una cabra, y ya no llevaba tablilla, y no tenía absolutamente nada que hacer dentro de una casa ⁓ estaba junto a la lumbre fingiendo ser un mueble. Once gatos estaban repartidos por el cuarto a distintas alturas según un sistema que Saga llevaba semanas sin conseguir descifrar.
"Te las estás comiendo," dijo Remedios, sin volverse.
"Estoy haciendo control de calidad."
"Mm."
"Alguien tiene que hacerlo."
"Eso es verdad," concedió Remedios, y le puso otra en el montón de delante, que Saga también sometió a control de calidad.
Angustias estaba en el otro extremo de la mesa con una castaña en una mano y una navajita en la otra, sacándoles la piel en espirales largas sin romper y echándolas en un cuenco. Llevaba once minutos contando la historia de un hombre de Icod que una vez intentó venderle un mulo con una sola oreja en funcionamiento, y no estaba ni cerca del final, y la historia ya había contenido un pleito, una boda y un incendio.
" ⁓ o sea que el hermano dice, y acuérdate de que al hermano no se le ha mencionado en nueve años ⁓ "
Dejó de hablar.
Dejó de hablar tan de golpe y tan del todo que Saga levantó la vista con una castaña a medio pelar, y lo que vio fue a Angustias sentada perfectamente quieta con la navaja en el aire, la cabeza vuelta un poco de lado, escuchando algo allá fuera en la niebla.
Saga escuchó también. Oía la lumbre. Oía a un gato lavándose. Y muy montaña abajo, subiendo por el camino desde la carretera de Garachico, oía un carro.
Era un carro y ya está. Ruedas de madera sobre piedra mojada, el trote lento de algo con pezuñas, y de vez en cuando la voz de un hombre informando a la cosa con pezuñas de que era una vergüenza. Corriente. Pasaba quizá dos veces por semana.
"¿Angustias?"
"Chis."
El carro siguió subiendo. Las piedras de ese tramo son terribles, y todo lo que las cruza lo dice: las ollas cantan, las herramientas repican, los sacos de lo que sea hacen chus, chus, chus, y una carga de botellas vacías hizo una vez allá arriba un ruido del que todavía habla la gente.
Este carro pasó por encima de las malas piedras cargando algo evidentemente pesado.
Y no hizo ni un solo sonido.
Angustias soltó la navaja. Se levantó del banco tan rápido que se llevó el banco con ella, lo cual dejó a Milagros ⁓ que estaba en el otro extremo, y a la que nadie había visto llegar ⁓ limpiamente en el suelo.
"Perdón," dijo Angustias, ya en la puerta.
"No es verdad," dijo Milagros, desde el suelo, con una calma enorme.
"No es verdad," concedió Angustias, y salió a la niebla sin abrigo.
El carro entró por el portón como un minuto después, y detrás venía Angustias, caminando a su lado con una mano plana sobre la carga todo el camino, como una mujer que camina al lado de una camilla.
El carretero tendría diecinueve años. Tenía el mulo de un hombre que ha heredado un mulo, y la cara de alguien que lleva en una montaña mojada desde las cuatro de la mañana y a quien le gustaría que ese dato se apreciara más ampliamente.
"¿Las hermanas Cebolla?"
"Las mismas."
"Gracias a Dios," dijo el carretero, con sentimiento. "Esto vino en el barco del martes. Lleva dos días en un almacén de Garachico y todo el que entraba en ese almacén me preguntaba qué era, y yo no sé lo que es, y quiero dejar extremadamente claro que yo no lo he tocado. Quiero que eso conste."
"Nadie te está acusando de nada," dijo Remedios, llegando con una bandeja, porque una persona que lleva levantada desde las cuatro es una persona a la que en aquella finca se le da de comer antes que ninguna otra cosa.
"Bueno," dijo el carretero, cogiendo una castaña, "mirarlo lo miré mucho."
Iba en la caja del carro debajo de una lona, y el carretero tiró de la lona hacia atrás por el extremo de acá, y todo el mundo se paró.
Era una caja de embalaje. Era como del tamaño de un baúl muy grande, y no había en ella una sola cosa que tuviera sentido.
Alguien había cepillado todas las caras de aquella caja hasta dejarlas lisas como el tablero de una mesa. Alguien había ensamblado las esquinas de manera que las tablas se metían unas en otras y trababan, con un chaflán chiquito a lo largo de cada canto para que la luz se rompiera ahí. Y alguien la había teñido entera de un rojo hondo y oscuro ⁓ carmesí virado a marrón en el fondo, encendido donde le daba la luz de la niebla, el color de dentro de un higo, el color del vino bueno puesto a contraluz.
Y en todo el panel de arriba, tallado poco hondo y ancho, de manera que solo se veía de verdad cuando la luz venía de lado, alguien había tallado un árbol.
Saga lo reconoció al instante, porque en esta isla lo conoce todo el mundo: el tronco gordo, las ramas subiendo y abriéndose y partiéndose y volviéndose a partir, la copa plana extendida como una mano puesta encima de algo. Un drago. De los grandes y viejos, de los que tardan mil años en tener esa pinta.
Era, sin discusión ninguna, el objeto más bonito que Saga había visto jamás al aire libre.
"¿De qué está hecha?" dijo.
"Ah," dijo Angustias.
Le puso la mano plana encima, como se hace con un caballo, y la dejó allí.
"Ven acá, mi niña. Ponle la nariz."
Saga le puso la nariz. De cerca, el rojo se volvía transparente y se veía la veta corriendo por debajo, lisa y recta y barata, y entonces vio el primer agujero: un taponcito redondo de una madera un poco distinta, lijado a ras, metido en la superficie. Y después otro. Y después, una vez que supo lo que estaba buscando, una docena más, de dos en dos a lo largo de cada tabla.
Agujeros de clavo. Viejos. Tapados.
Y después, abajo en la tabla del extremo, medio tragado bajo el acabado pero todavía legible, un sello negro: una espiga de trigo dentro de un círculo, y las letras HT y DB, y debajo un número y un código de país.
Saga había visto esa marca cien veces en su vida. Estaba en los bajos del banco de la puerta de su casa, y en la trasera de la estantería de semillas de su madre, y en como un tercio de todo lo que hay en Querencia.
"Es un palé," dijo.
"Son varios palés," dijo Angustias, "y me gustaría que todo el mundo se callara un minuto."
Nadie se calló, porque había llegado Doña Fefa. Había subido por el sendero del muro medianero con una cesta de huevos y la velocidad concreta de una mujer de setenta y ocho años que ha oído un carro.
"¿Qué es?"
"Todavía no sabemos."
"Es muy roja."
"Ya sabemos que es roja, Fefa."
"Yo solo digo que es roja," dijo Doña Fefa, y dejó los huevos, y se quedó.
"¿Qué le echó?" dijo Saga. "Para dejarla de ese color."
Angustias tardó tanto en contestar que Saga levantó la vista hacia ella.
"Sangre de drago," dijo.
"¿Y eso qué es?"
"Sangre. De un drago." Angustias puso dos dedos en la madera, muy flojito, como se le toca la cara a una persona. "Cortas un drago, de los viejos, y sangra. Rojo de verdad, saliendo de un árbol. Se pone oscuro así al secarse, y no suelta la madera nunca, y no hay otra cosa en este mundo que haga lo que hace ella." Carraspeó. "Es un acabado, nada más. Antes barnizaban violines con eso."
Remedios dijo, bajito, desde detrás de ellas: "En La Graciosa no hay dragos."
"No," concedió Angustias. "No hay."
"¿Entonces de dónde sacó ⁓ "
"No sé," dijo Angustias.
Le quitó la mano de encima y le dio la vuelta entera, dos veces, despacio, mirando las esquinas.
Y después se sentó en el suelo mojado.
Saga llevaba una estación conociendo a Angustias y la había visto cargar una viga, discutir con una gallina y perder un pulgar con un ave marina sin sentarse ni una sola vez.
"No hay clavos," dijo, desde el suelo.
"Dijiste que estaba hecha de palés ⁓ "
"Dije que estaba hecha de palés. No dije que estuviera construida con clavos." A Angustias se le había puesto la voz rara. "Mira las esquinas, mi niña. Míralas. No hay un clavo, no hay un tornillo, no hay un fleje, no hay una gota de cola por fuera de esa caja en ninguna parte, y yo llevo cuarenta años construyendo y no te sabría decir cómo se le quita la tapa."
Todo el mundo miró las esquinas.
Las tablas se metían las unas en las otras y ya está. Dedos de madera alternando con dedos de madera, apretados como manos entrelazadas, sin una junta en ninguna parte donde meter una uña.
"¿Quién la hizo?" dijo Saga.
Angustias, sentada en el suelo mojado en la niebla, se echó a reír, y la risa hizo algo complicado al salir, y Remedios se acercó y se puso a su lado y le puso una mano en la cabeza, y la dejó allí.
El carretero miró todo aquello con la alarma suave de un chico de diecinueve años que ha entregado una cosa y está viendo ahora a una desconocida llorar en el suelo de un patio.
"Yo voy a querer mi lona," dijo, disculpándose, a la situación en general. "Es que es de mi madre."
Se subió y tiró del resto por el otro extremo y la dobló sobre el brazo.
Y allí, en el extremo de la caja que había estado mirando hacia el otro lado todo el rato, pintado en letras negras cuidadas y con serifas, alguien había escrito:
PARA LA MÁS JOVEN
Hubo un silencio de una calidad muy concreta.
"Para la más joven," leyó Doña Fefa en alto, servicial, a nadie, dado que todos los presentes sabían leer.
"Ya sabemos lo que pone," dijo Remedios.
"Yo solo lo estoy leyendo."
Saga miró de Remedios a Angustias a Milagros, y vio tres caras haciendo tres cosas completamente distintas, y después, despacio, las tres se volvieron y se miraron entre ellas.
"Bueno," dijo Angustias, levantándose del suelo y sacudiéndose. "Pues es mía."
"Eso," dijo Remedios, "no es tuyo."
"Pone la más joven."
"Sí que pone la más joven."
"Pues."
"Pues," dijo Remedios, amable, "no es tuya."
Milagros ya se había metido en la casa. Salió con una lata.
Saga, que tenía el alma entera firme, sacó la libreta.
Lo que sigue son los mejores veinte minutos del mes de Saga, y los apuntó todos.
Milagros puso la lata encima de la caja y la abrió y sacó un papel doblado, blando ya como un trapo, y lo desdobló, y lo sostuvo en alto sin decir una palabra. Era una partida de bautismo. Era viejísima. La fecha era una fecha que habría hecho a su titular la más joven de las tres por cuatro años.
El nombre se había gastado por el doblez y ya no era un nombre.
"Eso puede ser de cualquiera," dijo Angustias.
"Está en mi lata," dijo Milagros.
"Está en una lata, en una casa, en la que vivimos todas."
Remedios se sacó del delantal, sin prisa, una cartulina pequeña y tiesa dentro de una funda de plástico. La levantó. Era una licencia de pesca. Estaba expedida en 1994, tenía una fotografía que se había puesto marrón del todo, y daba un año de nacimiento dos años posterior al de la partida de Milagros.
"Eso es una licencia de pesca," dijo Angustias.
"Es un documento del gobierno."
"Es una licencia de pesca, Remedios, tú no pescaste en tu vida ⁓ "
"Yo pesqué."
"Tú compraste pescado."
"Con licencia," dijo Remedios, serena, "en mi poder."
Angustias se dio la vuelta y se metió en la casa y volvió con lo que evidentemente consideraba la carta ganadora, que era una foto de colegio. Treinta y tantos niños en bancos delante de una pared encalada. La levantó y señaló a una niña chica de la primera fila, inconfundiblemente ella, en la fila que se reserva para los más chicos.
"Primera fila," dijo. "Los chiquitos van en la primera fila. Yo estoy en la primera fila."
"Estás en la primera fila," concedió Remedios, "porque en la de atrás no eras de fiar."
Doña Fefa se rio tanto que tuvo que sentarse en los huevos. En los huevos no. Al lado de los huevos. Por poco.
Y esto es lo que Saga notó, y apuntó, y subrayó, y ha pensado muchas veces desde entonces: ninguna de las tres dijo ni una sola vez tenemos la misma edad, y ninguna dijo ni una sola vez no somos hermanas, y ninguna explicó nunca por qué una familia con tres hijas iba a tener exactamente una partida de bautismo, una licencia de pesca y una foto de colegio entre las tres, y ninguna partida de nacimiento.
Simplemente discutieron sobre quién era la más joven, a gran volumen, con convicción total, durante veinte minutos, en la niebla, delante de una caja roja cerrada.
El carretero había llegado hasta el portón antes de que nadie se acordara de él.
"Espera ⁓ ¿de dónde vino?"
Se dio la vuelta con la lona sobre el brazo y le hizo el encogimiento de hombros de un hombre que mueve cosas para vivir y a quien no le pagan por preguntarse por ellas.
"Barco," dijo.
"¿Qué barco?"
"El del martes. Viene bajando por Lanzarote." Se lo pensó. "Igual salió de alguna de las chicas de más allá, que lo van cambiando. Pregunten en el muelle, que lo apuntan." Después, porque ella seguía mirándolo, y porque quería ser útil, y porque era la única otra cosa que sabía: "Los muchachos que lo cargaron venían de mal humor con el asunto, por si les sirve de algo."
"¿Por qué?"
"Porque se lo hicieron hacer dos veces." Ya se estaba divirtiendo. "El tipo que lo bajó al muelle ⁓ se quedó allí parado viendo cargar la cosa entera, y no le gustó cómo lo habían hecho, y les hizo bajarlo y volverlo a hacer. Y lo habrían mandado a la porra, pero es que les había llevado la cena." Se rio. "Así que lo hicieron dos veces, claro."
Nadie en aquel portón se movió lo más mínimo.
"En fin," dijo el carretero, dentro de un silencio del que no sabía dar cuenta, "no dejó que le pusieran una soga. Esa fue la otra. No quería una soga encima por ninguna parte. La tuvieron que calzar con sacos como a un crío."
Y cogió su mulo y su carro vacío y la lona de su madre y se fue montaña abajo hacia la niebla, con diecinueve años, acabando de entregar la cosa más grande que le había pasado a aquella casa en doce años, y sin enterarse nunca.
Nadie habló durante un momento.
"Una soga la marcaría," dijo Angustias, a nadie. "Le pones una soga a un trabajo terminado y te queda la marca de la soga para siempre."
"Mm," dijo Remedios.
"Y les dio de comer," dijo Angustias. "Les dio de comer, y después les hizo repetirlo, y lo dejaron, porque les había dado de comer." No tenía la voz del todo firme y sonreía como una mujer en una boda. "Así consiguió él cualquier cosa de cualquiera durante cuarenta años. Primero les das de comer y después les arruinas la tarde."
"Pasando Lanzarote," dijo Milagros, desde algún sitio. "Las chicas de pasando Lanzarote."
Doña Fefa, que había estado con los huevos y se había perdido el asunto entero, dijo: "Bueno, ¿cuál? Está la graciosa esa y están las de piedra donde no vive nadie."
Y ese fue el momento. Saga vio cómo les llegaba a las tres a la vez, de tres maneras distintas, y ninguna dijo su nombre en alto, y ella escribió en la libreta, en la niebla, con una letra que después casi no podía leer: SABEN QUIÉN ES.
Bajaron la caja del carro a las losas planas de junto a la higuera, y eso les llevó las cuatro y hubo vocabulario.
Después se quedaron mirándola.
"Bueno," dijo Saga, al cabo de un rato, porque alguien tenía que. "¿Y cómo se abre?"
"Esa," dijo Angustias, "es una muy buena pregunta."
El problema de una caja construida por un hombre que no usa clavos es que no hay nada que sacar. No se puede hacer palanca en una tapa que no está sujeta; no hay junta por donde meter una barra; y darle un golpe no era, cosa en la que las cuatro estuvieron de acuerdo inmediatamente y sin discutirlo, una opción.
Angustias le dio la vuelta de rodillas con la oreja a un palmo de la madera, dándole con un nudillo. Toc. Toc. Toc. Escuchando.
"¿Qué estás escuchando?"
"Lo hueco," dijo. "Todo suena distinto cuando no tiene nada detrás. Eso me lo enseñó él cuando yo tenía treinta y uno y no había pensado en un sonido ni una sola vez en mi vida." Toc. Toc. "Ahí. ¿Lo oyes? Aquí detrás está hueco. Y aquí no."
Saga puso la oreja en la caja y llamó ella misma, y para su enorme deleite lo oyó: un golpe plano y muerto, y luego dos palmos más allá, un golpe con un cuarto dentro.
"Lo oigo."
"Claro que lo oyes. Tienes orejas." Toc. Toc. "Ahora. Él hacía siempre lo mismo, siempre, cuarenta años, y si lo sigue haciendo, entonces en algún sitio de esta caja hay una pieza que sale la primera, y todo lo demás está sujetando todo lo demás, y esa pieza no sujeta nada. Busca la pieza que no está trabajando."
La encontraron en cosa de diez minutos: una tira de la moldura del bajo de un extremo, igualita a la moldura de todo lo demás, salvo que cuando Angustias le metió la uña del pulgar por una esquina y tiró a lo largo, salió de la caja como una gaveta, e hizo un ruidito seco, y la caja entera respiró.
Angustias se sentó sobre los talones y sostuvo la tira de madera con las dos manos y la miró un momento.
"Hola," le dijo a un trozo de moldura.
Después de aquello se fue deshaciendo en un orden, y el orden era todo el asunto.
Cada pieza, al salir, liberaba la siguiente. Nunca había elección sobre lo que venía después y nunca hubo fuerza de por medio. Salió un travesaño y dejó bajar un panel un dedo; el panel se soltó y liberó dos clavijas; las clavijas salieron y la pared entera de aquel extremo se recostó suavecito en las manos de Saga como una cosa que se le quedaba dormida encima. Después los costados largos. Después la tapa, en dos mitades, que llevaban trescientos kilómetros de océano sujetas por absolutamente nada más que su propia forma.
Fueron dejando cada pieza en las losas planas en el orden en que había salido.
Y cuando la caja se acabó entera, no había nada dentro.
No había ninguna caja dentro. No había contenido. Había un montón de virutas de embalaje en las losas donde había estado el medio, y alrededor, tendidas con orden en el suelo en la niebla, cuarenta y una piezas de pino de palé rojo oscuro primorosamente acabadas.
"Nos mandó un kit," dijo Angustias.
"¿Un kit de qué?"
"Esa es exactamente la pregunta," dijo Angustias, y dio una palmada, y se puso como diez años más joven.
No había instrucciones. No había un dibujo, no había una lista, no había una nota. Cuando Saga dijo, razonablemente, que a la fuerza tenía que haber algo, Angustias se rio de ella, sin maldad, y cogió dos piezas al azar y las juntó, y no encajaban, y le dio la vuelta a una, y se metieron la una en la otra y pararon con un toc chiquito y satisfecho.
"Ahí tienes," dijo. "Esas son las instrucciones."
Les llevó la tarde entera.
Nadie lo planeó y nadie lo propuso y nadie entró a empezar la cena. Remedios sacó fuera la sartén de las castañas y la puso sobre una piedra. Doña Fefa mandó recado por el muro de que no volvía a su casa. Milagros fue encendiendo faroles según oscurecía y los colgó en la higuera, uno, y después dos, y después cinco, y la niebla subió alrededor del patio de manera que trabajaron dentro de un cuarto mojado y luminoso sin paredes.
Y lo construyeron a tacto, con cuarenta y una piezas de madera roja, a oscuras, en noviembre, con un público de animales.
El trabajo de Saga era sujetar cosas. Sujetó cosas durante cuatro horas. Sujetó dos montantes mientras Angustias les metía un travesaño andando con el talón de la mano, y notó en sus propios hombros el golpe de la pieza llegando a fondo. Sujetó una pieza larga cruzada sobre las rodillas para tenerla fuera de lo mojado, y se llevó un churretón rojo largo en el jersey que no salió nunca del todo, y le dio igual. Aprendió que cuando un ensamble está bien no hay que forzarlo, y que cuando hay que forzarlo es porque está al revés, y que las cuatro ponían cosas al revés constantemente y no pasaba absolutamente nada.
Los animales no ayudaron.
La Regenta se comió una de las virutas del embalaje y hubo que animarla a devolverla. Tibicena se echó encima de las piezas del lado izquierdo del tendido dos veces, las dos justo después de haberlas clasificado con cuidado. Tres gatos distintos se sentaron en medio del trabajo en tres momentos distintos con la serenidad concreta de las criaturas que saben que estorban y lo consideran su aportación. Y en algún punto de la segunda hora llegó el Vizconde, fue recibido por Remedios, y ocupó posición encima de la pila de piezas más alta que quedaba, donde supervisó en silencio hasta que la pila bajó lo bastante para quedar por debajo de él y se pasó al muro.
Hablaron mientras trabajaban, que es la única manera en que aquí arriba se habla nunca de nada.
Saga se enteró de que Linolada había construido el altillo en el que duerme, y el porche donde su madre se toma el café, y las baldas de la cocina de Tía Anna, y la barra de la cueva de Tibor en la que se apoyaron trescientas personas la noche en que se acabó el mundo, y de que ninguna de esas cosas tiene un clavo, y de que ninguna ha crujido jamás.
"Así se sabe cuál es suyo," dijo Angustias, trabajando. "Todo lo demás en esta isla habla. Las puertas hablan. Las sillas hablan. Alguien se sienta en un cuarto y la silla dice ay. Lo suyo no. Lo suyo se calla." Metió una clavija a golpecitos. "Catorce años y no le he oído ni una sola vez un ruido a nada suyo, y me pone mala, porque yo quiero que haya hecho algo que cruja para poder encontrarlo y decírselo."
Saga le sujetó el montante y le hizo la pregunta que llevaba encima desde el portón.
"¿Cuándo lo viste por última vez?"
Nadie se dio prisa en contestar. Angustias colocó un travesaño y lo fue metiendo con el talón de la mano, y lo llevó a fondo, y solo entonces dijo:
"Enero. Finales de enero. Subió aquí por la tarde y por la mañana bajaba a la costa, y se iba a buscar a su hermano, porque el hermano estaba en Ceuta y aquello se estaba torciendo entero y no había manera de coger a nadie por teléfono." Alineó la pieza siguiente. "Y se sentó en esa cocina y se comió todo lo que había, y dijo que volvía para cuando floreciera el almendro."
"Febrero," dijo Remedios.
"Febrero," concedió Angustias. "O sea, seis semanas. Eso fue. Seis semanas, dijo."
Le dio la vuelta a la pieza y la dejó y la volvió a coger.
"Y no lo acompañé al portón," dijo. "Estaba haciendo algo. No me acuerdo de qué. Estaba en medio de una cosa y dije anda, vete y no me levanté."
Nadie dijo nada durante un rato. Doña Fefa estiró el brazo y le puso la mano plana en la espalda a Angustias y la dejó allí, y Angustias siguió trabajando con la mano allí, y al cabo de un rato la mano se fue.
Y Saga, sujetando un montante en la niebla, ató un cabo.
Sabía lo de noviembre. Todo el mundo sabía lo de noviembre ⁓ la cueva, la noche en que la noticia entró por la radio y Pipaluk cruzó el suelo y Aaju cantó; la noche que su propia tropa cuenta como el principio de sí misma; la noche de la que Tía Anna no habla y Tibor sí. A Saga le habían contado esa noche la vida entera, como a otros niños les cuentan una boda.
Seis semanas antes de salir de aquella cocina, él había estado detrás de la barra de Tibor en medio de todo aquello, dándoles la vuelta a unas salchichas.
Estaba allí. Estaba en medio de la noche más famosa de esta isla, en la barra que él mismo había construido, y nadie en aquella cueva tenía la más mínima idea de que estaba mirando lo último de él, y él tampoco.
Saga no dijo nada de esto en alto. Le pareció de esas cosas que son de la gente que sujeta el otro extremo del banco.
Saga apuntó eso más tarde. En el momento se limitó a sujetar el montante.
Fue en algún punto de la tercera hora cuando llegó Linnea.
Había subido a llevarse a Saga a casa, porque hacía rato que era de noche, y entró por el portón exactamente en el momento en que las cuatro estaban en la parte difícil.
La parte difícil era esta: dos conjuntos laterales largos tenían que juntarse alrededor de una pieza central, a la vez, parejo, con alguien sujetando cada punta y alguien por debajo empujando hacia arriba, y había que convencer al conjunto entero de entrar a fondo a lo largo de unos cuatro dedos de recorrido, con todo el mundo trabajando a una.
Lo que Linnea oyó, desde fuera del portón, en la niebla, fue a Doña Fefa diciendo "más duro", y a Remedios diciendo "todavía no, todavía no, espera ⁓ ", y a Angustias, desde debajo, diciendo "si empujan todas a la vez entra", y a su propia hija de trece años diciendo "es muy grande, no va a caber", y después un gruñido largo y colectivo y un toc de madera y cuatro mujeres celebrándolo a gritos.
Linnea dobló la higuera con las cejas a media frente.
La escena que la recibió era un banco.
Medio banco. Dos tercios de un banco, rojo oscuro, de pie sobre las losas bajo cinco faroles, con una niña chica debajo, una mujer en cada punta, una señora de setenta y ocho años sentada en el suelo al lado riéndose hasta silbar, y una cabra.
"Ah," dijo Linnea, y bajó las cejas, y hay que decir que las bajó con un poquito de pena. "Helvete. ¿Y eso qué es?"
"Todavía no sabemos," dijo Saga, desde debajo, radiante.
La última pieza entró en algún momento pasadas las nueve.
Era el travesaño de atrás, y era la pieza que trababa el conjunto entero, y Angustias hizo que la pusiera Saga. Se la puso en las manos, la colocó en el extremo bueno, y le dijo que la sostuviera a cuarenta y cinco grados y la soltara y dejara que el peso hiciera el trabajo.
Saga la sostuvo a cuarenta y cinco grados y la soltó.
Entró con un sonido que notó en los dientes. Y entonces el conjunto entero, que durante cuatro horas había sido una discusión entre cuarenta y una piezas sueltas, fue de pronto un solo objeto, y dejó de moverse, y se sentó sobre las losas con todo su peso de golpe, y no hizo ni un tic.
Dieron un paso atrás.
Era un banco. Un banco largo, bajo, sencillo y precioso, con el rojo poniéndosele casi negro entre los faroles, con brazos, y un asiento vaciado en curva por un cepillo y no por el trasero de nadie, todavía no.
Y el respaldo era la tapa de la caja. El panel que llevaban todos mirando desde que entró por el portón, el que tenía el árbol tallado, se había puesto de canto y se había convertido en la cosa en la que te apoyas ⁓ de manera que el drago quedaba de pie sobre el banco entero con las ramas subiendo y abriéndose y partiéndose y volviéndose a partir, y la copa plana extendida por todo lo alto como una mano puesta encima de algo.
Había sido la tapa todo el rato. Lo habían tenido delante el día entero.
Nadie dijo nada durante un rato.
Después Doña Fefa, todavía en el suelo, dijo: "Tiene cuatro."
Y los tenía.
Cuatro sitios. Se veían clarísimos, porque el asiento estaba trabajado: cuatro hundidos poco hondos, vaciados en la madera a propósito por un hombre con un cepillo a trescientos kilómetros de allí, cuatro huecos esperando cuatro pares de hombros y cuatro espaldas.
En esa casa viven tres mujeres.
Nadie dijo nada de eso. Ni una. Saga las miró a las tres, una por una, y todas estaban mirando el banco, y ninguna dijo una sola palabra sobre el cuarto sitio, ni entonces ni nunca, y Saga ⁓ que tenía una libreta en el bolsillo y una página entera encabezada PREDICCIONES y ningún autocontrol en absoluto ⁓ no preguntó.
Desde entonces tiene decidido que es la mejor cosa que no ha hecho en su vida.
Se sentaron en él.
Claro que sí. Se sentaron en él allí mismo en el frío, con la niebla pasando por delante de los faroles, tres mujeres y una niña, y aguantó su peso y no dijo absolutamente nada, y vino Tibicena y puso la cabeza en el cuarto sitio porque estaba vacío y él es un perro y estaba ahí.
Nadie lo quitó.
Más tarde, cuando las otras entraron a por la sartén y el pan, Saga volvió al montón de virutas del embalaje para recogerlas antes de que las cogiera la lluvia, y ahí fue donde encontró la última cosa.
Las virutas eran raras de por sí. Llevaba toda la noche sacándoselas de las mangas sin mirarlas bien, y ahora se llevó un puñado a un farol.
Eran oscuras. Pino no, pino ni de lejos; eran de un marrón hondo y aceitoso, casi morado a la luz, y pesadas para lo que abultaban, y cuando las frotaba entre los dedos le dejaban en la piel un tacto de cera, y olían ⁓ metió la nariz dentro de las manos ahuecadas ⁓ olían dulce. Dulce y a resina y un poco a mar, como nada de aquella montaña, como nada del monteverde, como ninguna madera que hubiera tenido en las manos en su vida.
Cogió un cuenco de agua de la balda y echó tres dentro.
Se hundieron.
Saga se quedó de pie en un patio en la niebla mirando tres virutas de madera en el fondo de un cuenco de agua, y entendió que estaba mirando un árbol que no había crecido nunca cerca de ella, en una isla sin árboles, mandado por un hombre del que no se sabía nada desde hacía catorce años, y se metió un puñado en el bolsillo de la chaqueta y todavía las tiene.
Y debajo de las virutas, envuelta en un cucurucho de papel de estraza, había una cosa pequeña y dura.
La llevó a la cocina y la puso en la mesa sin abrirla, porque no le tocaba a ella abrirla.
Se juntaron alrededor. Remedios se secó las manos. Angustias, que llevaba seis horas hablando sin parar, se quedó callada.
"Hazlo tú," le dijo a Milagros.
Milagros lo desenvolvió.
Era un lápiz de carpintero. Nuevo. Plano, sin afilar, la pintura perfecta, de esa clase de objeto corriente que antes venía en cajas de cien y ahora ya no viene.
Y a lo largo de la punta de atrás, hundidas en el pino blando, había marcas de dientes.
Eran recientes. Se veía que eran recientes: la madera de dentro de las muescas estaba clara y limpia, sin curtir, sin mugre, sin años. Alguien se había metido ese lápiz en la boca, y había mordido como se muerde cuando se está pensando, y se lo había sacado, y lo había envuelto en papel de estraza, y lo había empaquetado en una caja, y lo había mandado por trescientos kilómetros de Atlántico abierto hasta una casa en la ladera de una montaña.
No había nota. No había carta. No había absolutamente nada más dentro del papel.
Angustias levantó el brazo, muy despacio, y se sacó su propio lápiz de detrás de la oreja ⁓ el viejo, el oscuro, gastado hasta dos tercios, el pino abollado y vuelto a abollar en la punta donde una dentadura había entrado mil veces en cuarenta años ⁓ y lo puso en la mesa al lado del nuevo.
Las marcas coincidían.
Remedios se tapó la boca con la mano. Doña Fefa le dijo algo al techo que Saga no llegó a oír y que siempre ha dado por supuesto que era una oración. Milagros se sentó.
Y Angustias se echó a reír ⁓ de verdad, la risa enorme y nada bonita de una mujer que lleva muchísimo tiempo sujetando una cosa con los brazos en alto y a la que acaban de dejarla bajarla ⁓ y se rio hasta tener que agarrarse al canto de la mesa, y a mitad de camino se convirtió en la otra cosa, y nadie en aquella cocina fingió no darse cuenta, y nadie hizo tampoco un drama.
Saga se quedó de pie junto a la puerta con las virutas en el bolsillo, al codo de todo aquello, y no escribió ni una sola palabra.
Pusieron los dos lápices en la balda de encima de la lumbre, uno al lado del otro.
Y por la mañana, antes de que se levantara nadie, Saga bajó por la escalera de la alcoba y se encontró a Angustias ya fuera en la luz gris, sentada en el banco nuevo con el abrigo puesto y una taza de algo, en el primero de los cuatro sitios, con el lápiz viejo detrás de la oreja donde ha estado siempre.
El nuevo lo tenía en la mano.
Le estaba dando vueltas y vueltas entre los dedos, como se hace con una cosa sobre la que todavía no has decidido nada.
Saga se sentó a su lado, en el segundo sitio, y no preguntó, y vieron juntas subir la niebla del valle hasta que Remedios abrió los postigos y les gritó a las dos que entraran antes de que se congelaran.
Unas palabras para los curiosos
- Sangre de drago: se corta un drago viejo y sangra, rojo de verdad, y la resina seca más oscura y se mete en la madera y no la suelta nunca. Con ella se han barnizado violines, y se ha teñido, y se ha curado gente, desde que hay dragos y personas en el mismo sitio. En La Graciosa no hay dragos. Nadie en este episodio les puede decir cómo un hombre en una isla sin árboles llegó a tener de eso.
- Sin clavos: solo ensamblaje. Cortas las dos piezas de manera que no puedan imaginarse la vida por separado, y entonces no hace falta nada más que las sujete, y la cosa que hiciste seguirá de pie cuando todos los que la hicieron hayan parado. Nadie en este episodio dice nada de eso en alto, porque en esta isla no se dice una cosa así de un mueble, ni de una persona.
- Madera de palé: la madera más barata que ha existido nunca, hecha para usarse una vez y quemarse. Media Querencia está construida con ella. Los sellos ⁓ la espiga de trigo, el HT de heat treated, tratada con calor, el código de país ⁓ eran un sistema para impedir que los insectos cruzaran fronteras dentro de las cajas de embalaje, en los tiempos en que las cosas cruzaban fronteras. Ahora no son más que fósiles chiquitos impresos de un mundo que enviaba cosas.
- La Graciosa: la octava isla, frente a la punta norte de Lanzarote. Calles de arena, nada de asfalto, unos cientos de personas y ⁓ esta es la parte importante ⁓ prácticamente ningún árbol. Todo lo que allá arriba está hecho de madera salió del mar o se bajó de un barco. Un carpintero de La Graciosa no es un hombre con un almacén de madera. Es un hombre con una playa.
- Las virutas: densas, oscuras, aceitosas, más dulces que el pino, y no flotan. Lo cual quiere decir que no son de ningún sitio de por aquí. La corriente que baja pasando esas islas lleva dejando en esas playas la madera de otra gente desde que hay alguien de pie en ellas, y parte de ella creció muchísimo más al sur que Canarias, y ninguna tiene un nombre que se conozca en aquella montaña.