Episodio 22
Como se coge un pan
La finca de las hermanas Cebolla, y el viejo camino real que baja a Garachico. Principios de noviembre de 2041 ⁓ temporada de volantones.
Bienvenidos de nuevo a Nivaria. Noticias lentas desde una isla tranquila. Les habla Caitlyn Meeks. Gracias por estar aquí.
El Vizconde vino a buscarla una hora antes del amanecer, cosa que no había pasado jamás.
Llegó como llegaba a todas partes, que era estando ya allí. Saga salió del sueño segura de que alguien la estaba mirando, y alguien la estaba mirando: el gato negro de la cojera, sentado en el alféizar de la ventana redonda, por fuera de los pedazos de vidriera, mirando hacia dentro como se mira a una persona que llega tarde.
Su nombre era largo, y se lo había ganado con sus propias manos.
Si subías por el canal del agua por encima de Querencia a cualquier hora de cualquier día, lo encontrabas en una curva concreta, esa donde el agua rodea una piedra y coge velocidad: sentado más derecho que un cirio, con la cola enroscada sobre los pies, viendo pasar el agua, y de vez en cuando metiendo una pata dentro. No para beber. Para pararla. Llevaba haciéndolo desde antes de que Saga tuviera memoria. Lo hacía con una seriedad tremenda y una concentración total, como lo hacen los gatos delante de un grifo abierto, y el agua seguía pasando, y él sacudía la pata, y lo pensaba, y lo volvía a hacer.
Nunca había atrapado el agua. Nunca había dejado de intentarlo. Y en algún momento Remedios lo estuvo mirando el rato suficiente para concluir que una devoción así tenía que venir con tierras, y le dio el canal, y un nombre a juego: el Vizconde de la Acequia Alta.
Es un título enorme para una canaleta de piedra de veintiocho centímetros de ancho, y él lo aceptó sin la menor señal de sorpresa. Lo usaba todo el mundo en la montaña. Todo el mundo en la montaña guardaba además el protocolo que venía con él, que Saga aprendió a los nueve años y que jamás sintió la tentación de poner a prueba: al Vizconde no se le coge en brazos. Al Vizconde no se le llama. El Vizconde llega, y se le recibe, y pasa delante de ti por las puertas.
Dijo una palabra a través del cristal. No un maullido. Una sílaba, plana y consonántica, como una puertecita al cerrarse.
Saga lo miró a través de un pedazo de vidrio ámbar. Él la miró a ella a través del mismo pedazo, que lo puso dorado. Después giró la cabeza y miró montaña arriba, y lo sostuvo, y la volvió a mirar.
"Vale," le dijo, a un gato, a las cinco de la mañana. "Vale, vale."
Bajó por la escalera del altillo con el jersey puesto y las botas viejas de su madre, y Sirius se levantó de su cruasán y se sumó sin que nadie lo invitara, porque un gato que camina hacia algún sitio con determinación en lo oscuro es asunto de todo el comité.
El Vizconde iba delante. Subiendo por las terrazas mojadas con la cola en alto y la pata mala de atrás tocando el suelo ligera y rápida, a lo largo del canal del agua que era su jurisdicción entera y su nombre entero, bajo laureles que iban soltando la niebla de la noche gota a gota, plic, y luego plic, sobre el musgo. Era esa hora en que el mundo es de carboncillo y azul y cada sonido llega con los filos afilados. Saga oía correr el canal. Oía las uñas de Sirius. Oía sus propias botas, y un cencerro lejísimos que era Perenquén pasando por encima de un muro para el que ahora tenía puerta, por puro principio.
Y entonces, desde arriba en la montaña, alguien se rio de ella.
Saga se paró en seco en el sendero.
Bajó por entre los árboles desde la dirección de la finca de las hermanas. Era un sonido enorme, jadeante y roto, que subía al final como una pregunta, a medio camino entre un burro y una persona llorando y alguien que se ríe tanto que no coge aire. Duró demasiado. Se rajó por el medio y volvió a empezar. A Saga se le puso de punta todo el vello de los brazos.
Sirius se apretó contra su pierna, caliente y sólido, y ella bajó una mano hasta el pelo del cuello y se agarró.
El Vizconde ni giró la cabeza. Siguió sendero arriba exactamente al mismo paso que antes, y Saga se quedó donde estaba un momento más, deseando con todas sus fuerzas que él también se hubiera asustado, porque entonces habría sabido qué hacer con el susto suyo.
El portón de la finca estaba abierto, y todas las ventanas de la casa estaban encendidas, a las cinco de la mañana, y la puerta de la casa estaba tapiada con un colchón.
Saga se quedó en el patio y leyó las pruebas como se lee una página. El colchón estaba de canto atravesado en el vano, sujeto por una carretilla y un saco de pienso. Detrás, los postigos de la cocina estaban cerrados, pero la luz salía por las juntas en costuras brillantes. Había una escalera tumbada en el suelo, cosa que estaba mal ⁓ las escaleras de aquella finca vivían en vertical, apoyadas en cosas. Había hollín. Había, inconfundibles, tres huellas de mano de hollín bien distintas en la pared encalada junto a la puerta, las tres grandes, y un pegote enorme a la altura de la rodilla con una pezuña dentro.
Entonces la risa se disparó otra vez, dentro de la casa, y algo de metal se cayó, y once gatos salieron a la vez por la gatera de goma como un solo líquido oscuro y se recompusieron encima del muro, todos mirando a la puerta, en un estado de excitación religiosa.
El colchón se apartó un palmo. La cara de Angustias apareció en el hueco. El pelo, siempre sujeto con lo que tuviera más cerca, lo llevaba sujeto con una cuchara de palo. Tenía las cejas grises de hollín y una expresión de mujer que está teniendo la mejor mañana de su vida reciente.
"Tú." dijo. "Perfecto. Coge esto."
A Saga le pasaron un farol de vela por el hueco del colchón.
"Ahora la regla," dijo Angustias. "¿Me estás escuchando? Es la única regla. No dejes que la vea."
"Espera. ¿Que no vea qué?"
"La luz."
"¿Cuál luz?"
"Cualquiera," dijo Angustias, y la metió por el hueco.
La cocina estaba helada, y olía a ceniza fría, y todo lo que había dentro estaba en el sitio equivocado.
Todos los muebles estaban arrimados a las paredes. La mesa larga estaba de costado. Una sábana colgaba de las vigas cruzando el cuarto por el medio como una vela, y detrás de la vela el fuego estaba apagado y la chimenea era un desastre negro, la ceniza soplada dos metros por las baldosas en abanico, con un rastro limpio en medio por donde algo había patinado. Una cabrita con la pata entablillada que no debía ser un animal de cocina y lo era estaba en un rincón, vestida de un abrigo fino de ceniza gris y con una cara de traición absoluta y sin queja. Remedios estaba de rodillas junto al aparador con la mejilla pegada al suelo y un brazo metido debajo hasta el hombro, en camisón, tiznada de hollín. Milagros estaba de pie en medio del cuarto con una toalla doblada en las manos sin hacer absolutamente nada con ella, descalza en la ceniza, con los pies limpios.
"Doña," le decía Remedios a la parte de abajo del aparador, "le juro que esto no es personal."
De debajo del aparador salió un sonido como de bomba de agua oxidada accionada por un demente.
"¿Qué es?" dijo Saga, con toda el alma.
"Bajó por la chimenea a las cuatro," dijo Angustias, ocupando el flanco izquierdo con un colador en la mano, por razones que no se explicarían nunca. "Derecha a la lumbre, a la ceniza caliente, en una nube, como el demonio llegando. Se sentó. Nos miró. Se rio. Se metió detrás de la harina. Salió. Se metió ahí debajo." Señaló. "Vamos por la hora uno."
"Pero ¿qué es?"
Tres mujeres dijeron "una pardela" en el mismo instante, en tres tonos distintos ⁓ el de Remedios plano, desde el suelo; el de Angustias encantado, desde el flanco; el de Milagros no dirigido a Saga en realidad ⁓ y después las tres, sin discutirlo, se quedaron quietas y se miraron por encima del naufragio de su cocina. Algo pasó entre ellas para lo que Saga todavía no tenía nombre. Duró como un segundo.
Y por si nunca se han encontrado con una: la pardela cenicienta es a lo que suena una noche canaria de otoño, se sepa o no se sepa su nombre. Es un ave marina de verdad. Vive allá afuera sobre el Atlántico abierto y toca tierra por un solo motivo, que es sacar adelante un único pollo en una madriguera de un risco, a oscuras, y después se vuelve a ir. Aquí se la conoce sobre todo por el ruido, ese lamento roto de risa que baja rodando por los acantilados después de la puesta de sol, y que lleva muchísimo tiempo inquietando a los visitantes y consolando a todos los demás.
Sus hijos tienen una sola gran dificultad. Salen de la madriguera en otoño, de noche, solos, sin haber volado nunca, y se guían por el brillo del mar ⁓ y van a cualquier cosa que brille, y una cosa que brilla en tierra es una trampa, porque una pardela que aterriza en plano ya no vuelve a levantar. Por eso, desde hace bastantes años, esta isla se pasa los octubres mandando gente a lo oscuro a recoger a las que cayeron.
"Bueno," le dijo Remedios al aparador. "Vamos."
Lo que vino después fue el desastre más competente en el que Saga había participado en su vida.
Remedios lo dirigió desde el suelo, con el brazo todavía debajo del aparador, a base de imperativos y medidas. La sábana, resultó, era un muro: existía para hacer el cuarto más pequeño, y después más pequeño todavía, y Angustias la fue moviendo por etapas con dos sillas y con vocabulario. El trabajo de Saga era el farol, y el trabajo del farol era estar detrás del ave, siempre ⁓ "huye de él, huye de él, así que ponlo donde no la quieras" ⁓ y Saga entendió por fin que no estaba sosteniendo una luz, estaba sosteniendo una cerca. El Vizconde supervisaba desde lo alto del aparador. Los gatos supervisaban desde la ventana. Sirius se quedó en el vano con el hombro contra el colchón, cosa que nadie le había pedido, y que era lo único que lo sostenía.
El ave salió de debajo del aparador como un chorro de agua gris, corrió pegada a la pared con las alas medio abiertas, chocó con la sábana, volvió corriendo, desapareció detrás de la leñera, se rio de todo el mundo desde dentro, cogió carrerilla por el abanico de ceniza y patinó, se metió debajo del fregadero, salió del armario del fregadero con una cuchara de palo que no le servía de nada, la soltó, se rio otra vez, y entró marcha atrás en una esquina hecha de sábana, colador, farol de vela y una mujer en camisón.
"AHORA," dijo Remedios.
Milagros le echó la toalla por encima.
La cocina entera se paró. Todo se paró. El bulto debajo de la toalla era muy chico y estaba completamente quieto, y no se reía, y en el silencio Saga oía asentarse la ceniza y respirar a once gatos y su propio corazón dando en la puerta como un puño.
"Ay," dijo Angustias, suave, dentro de aquella quietud. "Ay, mi niña. Ya está."
Remedios se levantó del suelo con las rodillas tiznadas crujiendo y se lavó las manos ⁓ dos veces, la segunda hasta el codo, sin apurarse, mientras todo el mundo esperaba ⁓ y se las secó, y se las calentó en el fogón, y solo entonces cogió el bulto.
"Se coge," dijo, "como un pan."
Y se coge como un pan así: bajas las dos manos por encima de las alas y recoges al ave igual que recoges un pan caliente que no quieres abollar, con las alas sujetas con cariño contra el cuerpo, y los pulgares donde los puedas contar. La toalla se retiró y la pardela se alzó de ella en las manos de Remedios como un pan que sale del cesto ⁓ tiznada, furiosa, compacta, magnífica ⁓ y Saga la vio bien por primera vez.
Era pardo grisácea por arriba y blanca por abajo, y era más grande de lo que Saga esperaba, del tamaño de una gaviota, con una cabeza blanda y pesada. El ojo lo tenía muy oscuro y muy redondo. El pico, largo y pálido y ganchudo en la punta, y a lo largo de la parte de arriba, puesto como algo añadido después, un tubito en relieve.
"Eso es para la sal," dijo Remedios, viendo dónde miraba Saga. "Bebe agua de mar. Toda su vida. Eso se la quita." Giró un poco al ave. "Y huele con él. Mejor que el perro. Huele el pescado a kilómetros, de noche, en medio del océano, y así sabe dónde está todo."
Le abrió un ala un poco, y después más, y después del todo, y Saga dijo "oh," en alto, ese ruidito blando que se hace cuando alguien te enseña un bebé.
El ala seguía. Pasó del borde de la mesa. Era más larga que el brazo entero de Saga y estrecha como una tabla, y Remedios se la sostuvo abierta un momento para que pudiera verla bien, las plumas montadas unas sobre otras como tejas en un tejado, y después se la volvió a plegar como se cierra un abanico.
"Pon las manos," dijo Remedios.
Saga puso las manos y Remedios le puso el ave dentro, y el primer pensamiento de Saga, inmediato y completo, fue que le habían puesto en las manos un abrigo vacío.
No pesaba nada. Toda aquella ave ⁓ el ala que cruzaba la mesa, la cabeza, el pico terrible ⁓ y pesaba menos que el gato, menos que un saco de harina, menos que una gallina. Casi no había nada allí. Era como sostener pan caliente. Notaba un corazón yendo rapidísimo contra la palma, y huesos huecos debajo de las plumas, y al animal entero moviéndose un poquito para mantener el equilibrio, y Saga se quedó absolutamente quieta en una cocina llena de hollín y no respiró.
"Qué liviana," susurró.
"Mm," dijo Remedios. "Tiene que serlo. No baja a tierra."
"¿Nunca?"
"A nacer," dijo Remedios. "Y a tener un pollo, más adelante, si tiene suerte. Ya está. Todo lo demás pasa allá afuera." Lo dijo llanamente, como se dice que una vecina vive en Icod. "Esta no ha estado en tierra en su vida más que en el agujero donde salió del huevo. Se salió de él hace tres noches, en lo oscuro, ella sola, y no ha volado nunca, y iba al agua. Y vio nuestra ventana."
Saga bajó la vista al ave que tenía en las manos.
El ave levantó la vista hacia ella, y abrió el pico, y se le rio en la cara, y Saga se rio también, porque no había otra cosa que se pudiera hacer al respecto.
Olía a mar. No a pescado: al mar mismo ⁓ frío y limpio y enorme, tres kilómetros cuesta abajo y de alguna manera de pie en una cocina llena de cebollas.
"Los pulgares donde los puedas contar," dijo Remedios. "Ese pico es una grapadora."
"Es preciosa," dijo Saga.
"Lo es," dijo Angustias, asomándose rápido por encima del hombro de Saga para verla, tan cerca que Saga le notaba el aliento. "Mira qué nariz. Mírala. Yo quiero tocarle el tubito ⁓ "
"Angustias."
"Un toque nada más ⁓ "
La grapadora se cerró sobre su pulgar.
El cuerpo largo entero de Angustias hizo el grito completo menos el sonido. Se puso de puntillas, y se le pusieron los ojos enormes, y la mano libre agarró el respaldo de una silla, y no salió ni un fisco de ruido, porque había un ave silvestre en el cuarto. Se miró el pulgar. El ave la miró a ella con el pulgar todavía en el pico, y no lo soltó.
"Ay," dijo Angustias, con una voz chiquita. "Ay, ay, ay."
Milagros recuperó el pulgar poniéndole un dedo al ave en la garganta, suave, como se calla una cuerda. Remedios se acercó y le miró el destrozo, y se lo envolvió en una tira de trapo limpio, y después le levantó la mano vendada y se la besó, dos veces, en el nudillo por encima de la herida.
"Mejor," dijo Angustias, sorprendida, y la movió, y lo estaba.
Angustias y Saga volvieron a poner la mesa larga sobre sus patas, y alguien encendió la lámpara de encima, y la cocina dejó de ser un naufragio y se volvió una clínica.
Le miraron las alas desde tres lados a la vez, las cabezas juntas encima de la madera, tan cerca que Saga olía jabón y hollín y cebolla. Angustias leyó el ala plegada como leía una tabla, a favor de la veta, sin tocarla, con la cara a un palmo de las plumas. Remedios le trabajó las articulaciones con dos dedos, y le habló al ave todo el rato.
"Perdóneme, señorita. Ya sé, ya sé. Un momentito nada más."
Cada cierto rato le soplaba muy flojito en la nuca. Saga no entendió por qué hasta que vio al ave entornar los ojos.
"Le gusta," dijo Saga.
"Eso le gusta a todo el mundo," dijo Remedios.
Milagros no la tocó en absoluto. Se había venido al extremo de la cabeza y sencillamente se puso en cuclillas allí con la barbilla en la mesa, ojo con ojo con la pardela, a distancia de un palmo, las dos mirándose con seriedad total mientras las otras trabajaban, como dos personas en una sala de espera que han decidido no darse conversación y están perfectamente a gusto así.
"Nada roto," dijo Remedios, desde el hombro.
"Nada torcido," dijo Angustias, desde la punta.
"El jueves," susurró Milagros, al ave.
Las otras dos se enderezaron, y todo el mundo miró a la ventana, donde la tarde estaba plana y gris y no hacía absolutamente nada.
"Tres noches," susurró Milagros, "y la tercera trae el viento."
Remedios se estiró y se puso las dos manos en los riñones. "A usted no le pasa nada, señorita," dijo, "salvo la geografía. Y tiene hambre."
Saga salió con Angustias al cuarto de aperos a buscarle una caja, y ahí fue donde la mañana dio la vuelta.
Las cajas estaban en la balda de arriba: cartón plegado en plano, una pila tan honda como largo era el antebrazo de Saga, afelpada de polvo gris. Angustias bajó la de encima y la sacudió para abrirla, y Saga vio lo impreso en el costado. Tinta roja vieja, a plantilla, la misma en todas. CAMPAÑA DE LA PARDELA.
"¿Qué campaña?"
Angustias miró la pila un segundo. Después se sentó en una caja del revés, cosa que no solía hacer, y se lo contó.
"Todos los octubres los pollos salen de sus agujeros y se van al mar. Van de noche. No han volado nunca y no los enseña nadie; se van y ya, y siguen la luz que sale del agua, porque durante un millón de años la cosa más brillante de la noche era el mar." Le dio la vuelta a la caja plana entre las manos. "Y entonces pusimos luces por todas partes. Carreteras. Hoteles. El campo de fútbol de Icod. Todo más brillante que el agua."
"Así que iban a las luces," dijo Saga.
"Iban a las luces, y las luces están en postes en medio de los pueblos, y ellas no pueden despegar de un suelo llano." Lo dijo sin ningún dramatismo. "Así que todos los octubres la isla salía a recogerlas de las carreteras. Niños de colegio. Abuelas. La Guardia Civil, a veces. En casa tenías una caja como esta desde septiembre, porque la ibas a necesitar. Te encontrabas una debajo de un carro, o en una rotonda, o caminando por el medio de la carretera a las dos de la mañana sin la menor idea del mundo de cómo había llegado ahí. La metías en la caja, y llamabas al número, y alguien bajaba y la soltaba sobre el agua."
"¿Qué número?"
"Nueve cero cero, dos ocho dos, dos dos ocho," cantó Angustias, sin pausa de ninguna clase, y después se calló, y se miró las manos.
Saga no dijo nada.
"Tres mil aves al año, algunos años," siguió Angustias, al cabo de un momento. "En la isla entera. ¿Y sabes dónde era peor? Aquí arriba no. En el sur. Adeje, Arona, toda esa costa ⁓ los hoteles, los paseos, el golf." Hizo una pausa, y se le puso la boca recta. "El Hotel Hard Rock."
"Ay, madre mía," dijeron Remedios y Milagros, exactamente en el mismo momento, exactamente en el mismo tono, sin que ninguna de las dos levantara la vista.
Estaba clarísimo que llevaban años haciéndolo. Saga hizo un ruidito contra la manga.
"Cientos solo de Adeje, todos los octubres sin falta," dijo Angustias. "Te ponías en un aparcamiento allá abajo a medianoche, debajo de toda aquella luz, y te caían alrededor desde lo oscuro como si alguien allá arriba las estuviera soltando."
"¿Y ustedes bajaban?"
"Bajábamos. Nosotras tres y una furgoneta, todos los octubres, veinticinco años." Le pasó a Saga la caja abierta. "Un año sacamos noventa y una de las calles de detrás de aquellos hoteles en tres noches. Noventa y una. Y eso siendo nosotras una furgoneta de no sé cuántas."
Saga miró la pila de cajas en la balda. La aritmética se le daba muy bien y no le hizo ninguna falta.
Pensó en el farol que había tenido en la mano, y en cómo había funcionado de cerca. Pensó en un ave bajando por una chimenea a las cuatro de la mañana porque tres mujeres estaban despiertas con una lámpara encendida, y pensó en la montaña que había subido a oscuras aquella mañana, todo el camino desde su casa hasta esta, sin nada encendido en ella por ninguna parte.
Llegó a abrir la boca.
"Viento norte esta noche," dijo Angustias, levantándose de la caja, y entornó la puerta del cuarto de aperos detrás de ellas, suave, como se cierra una puerta a alguien que duerme.
Y eso fue todo lo que dijo ninguna de las dos sobre las cajas.
Hambre quería decir pescado, y pescado quería decir la costa, y la costa estaba tres kilómetros más abajo y a una economía entera de distancia, y aquí fue donde la montaña hizo lo que hace la montaña. Remedios se plantó en la balda donde vivía el aparato de la mesh ⁓ una tablet rescatada en un marco de madera de palé con una costra de cera de vela en una esquina ⁓ y escribió con un dedo, a velocidad de dictado, un mensaje para la familia Martín, abajo en el puerto: PARDELA EN CASA. SARDINAS PORFA. LAS FEÍTAS VALEN.
La respuesta llegó antes que la tetera. YA SE LAS APARTAMOS.
Después, un momento más tarde, de otro Martín en el mismo aparato: ¿BAJÓ UNA? ¿DESPUÉS DE TANTOS AÑOS?
Y después, de un tercero: MAMÁ PREGUNTA SI ES GRANDE.
Las sardinas subieron la montaña como subía la montaña todo, es decir, por relevos y con comentarios. Un crío de los Martín las corrió del puerto al cruce. El cruce se las pasó a un hombre con un mulo y un pronóstico. El mulo declinó la última cuesta, por principios, así que las sardinas hicieron el kilómetro final bajo el brazo de una mujer que subía igualmente a trocar huevos, que se quedó cuarenta minutos y se fue con una ristra de cebollas, tres huevos más rica que cuando llegó, habiendo visto al ave y habiendo sido reída personalmente. Al anochecer medio noroeste sabía que las hermanas tenían una pardela, de la manera en que el noroeste sabe cualquier cosa: del todo, y por nadie en particular.
El Vizconde estuvo sentado junto al escalón de la cocina todo el rato, y cuando se desenvolvieron las sardinas Remedios le llevó las cabezas en un platillo, una a una, y dejó el platillo en el suelo y dio un paso atrás antes de que comiera, que es el protocolo.
"Señor Vizconde," dijo.
Él las recibió con los ojos entornados.
No como caridad. Como sueldo.
Dar de comer a una pardela no es dar de comer a una gallina. Remedios la sujetaba como un pan; Saga le ofrecía tiras de sardina por la grapadora en un ángulo que Remedios llamaba "la diagonal respetuosa"; y el ave comía como se lleva las cosas el mar ⁓ entero, de golpe, con una violencia pequeña que no tenía nada de personal ⁓ y después miraba alrededor a ver dónde estaba el resto del océano, y se reía.
Fuera en el patio, al anochecer, dos cencerros cruzaron por la puertita de altura de cabra del muro medianero, y después los dos juntos, yendo a algún sitio sin prisa, y nadie lo comentó, porque hay victorias que ya son solamente el tiempo que hace.
Por la tarde el ave durmió, y las hermanas salieron a las terrazas a plantar, y Saga se quedó sola en la casa con instrucciones de gritar si la caja se movía.
La caja no se movió. Así que Saga hizo aquello para lo que estaba construida, que era mirar las cosas.
No había estado ni una sola vez sola en la cocina de las hermanas, y una casa a solas te cuenta cosas que no dice en compañía. Fue despacio, con las manos a la espalda, como se anda en una iglesia que no es la tuya, y en diez minutos había encontrado tres respuestas distintas y había perdido todas las preguntas que tenía.
La primera fue el marco de la puerta.
Era el marco entre la cocina y el pasillo de atrás, pino viejo puesto ámbar, y estaba cubierto de marcas: rayitas a nivel hechas con navaja, cada una con su fecha al lado, subiendo por la madera como los peldaños de una escalera. Marcas de altura. Marcas de altura de niñas. A Saga el pecho entero le sonó como una campana golpeada, porque esto era una prueba, esta era una casa donde habían medido a unas niñas, tres chiquillas creciendo contra un mismo marco, y se acercó con la nariz casi en la madera a leer los años.
Había cuatro columnas.
Las contó dos veces. Cuatro. Y las fechas de las tres primeras iban juntas, los mismos años, tres niñas creciendo la una al lado de la otra, que era exactamente lo que ella quería ⁓ salvo que las tres columnas empezaban a la misma altura y en el mismo año, y las niñas no hacen eso a menos que tengan la misma edad, y tres mujeres que dicen todas ser la más joven no pueden tener todas la misma edad, porque entonces el chiste no sería un chiste.
Y la cuarta columna no tenía nombre ni tenía fechas y solo tenía dos marcas, una muy baja y otra muy alta, y las dos estaban cortadas con otra navaja.
La segunda fue la fotografía.
Colgaba junto a la ventana en un marco que Saga habría identificado con los ojos vendados ⁓ pino de palé, ensamblado por las esquinas sin un solo clavo ⁓ y en ella se veía a tres mujeres jóvenes sentadas en un muro al sol en algún sitio, riéndose tanto que dos de ellas estaban dobladas, con ropa del antes. Saga se acercó. La de la izquierda era Remedios; se la veía entera en cómo llevaba los hombros. La de la derecha era Angustias, inconfundible, el pelo como un techo oxidado. La del medio tenía la cara entera escondida detrás de sus propias manos.
La del medio llevaba un delantal. Lo llevaba del revés.
Saga se quedó delante de aquella fotografía un buen rato y entendió que Milagros llevaba de pie exactamente en ese sitio, escondiendo la cara exactamente de esa manera, por lo menos veinte años y probablemente más, y que todo el mundo en aquella fotografía estaba en el ajo, y que lo que estuviera mirando no era una casualidad y tampoco se iba a explicar solo.
La tercera fue el dormitorio, y solo lo vio porque la puerta estaba abierta, y solo miró porque ya estaba perdida.
Dentro había una cama enorme, construida a la medida del cuarto y construida a mano a todas luces, y tenía tres almohadas, y estaba hecha.
Al lado había un catre estrecho de una plaza con una manta doblada y una almohada, y también estaba hecho.
Saga salió del vano de espaldas con la clara sensación de haber leído la carta de otra persona, y se quedó de pie en la cocina con el corazón a lo suyo, y sacó la libreta.
Escribió: SON HERMANAS ~ y se paró, y lo miró, y le pasó una raya por encima.
Escribió: NO SON HERMANAS ~ y miró aquello todavía más rato, y le pasó otra raya.
Después escribió, con su mejor letra, porque era lo único de la página de lo que estaba de verdad segura: 4 columnas.
Fuera, tres voces subían por el sendero de las terrazas, discutiendo amigablemente sobre el compost de esa manera que llega lejos, y una de ellas iba cantando la cola de una frase, y Saga cerró la libreta rápido, y para cuando entraron ya estaba de pie junto a la caja poniendo cara de inocente.
Después oscureció, y la casa hizo eso que Saga iba a recordar más tiempo que al ave.
Se llenó.
Entraron como el agua encuentra lo bajo. Once gatos, por lo menos once, llegando por una gatera de goma y por un alféizar y desde algún sitio de las vigas. Una gallina que no debía estar dentro y lo sabía y lo hacía igual, ocupando una posición debajo de la mesa con aire de delegada. La cabrita de la pata entablillada, que vivía en la cocina mientras durase la cosa, miraba desde encima de un banco. Sirius, que le echó un vistazo a todo aquello, decidió que estaba bien, y se tumbó atravesado en la puerta como una alfombra con responsabilidades.
Todo lo que había en aquel cuarto se había roto alguna vez. Todo lo que había en aquel cuarto se había guardado.
De cena hubo cebollas: una sartén grande y ennegrecida de cebollas hechas despacio con ajo y semilla de hinojo hasta que se pusieron dulces y oscuras y se rindieron del todo, volcadas sobre papas cocidas en agua de mar, con queso de cabra desmigado por encima. Mojo verde tan fresco que todavía estaba enfadado. Pan que Angustias rompía en vez de cortar, y repartía a pedazos, caliente, todavía pegados unos a otros hasta el último segundo.
El plato de Saga apareció delante de ella sin que lo pidiera y sin que nadie pareciera haberlo preparado, que es como pasaba todo en aquella casa. Después Remedios estiró el brazo y le puso un segundo trozo de queso, y después Angustias, pasando por detrás, le puso un pedazo de pan, y después Milagros, sin levantar la vista de su propio plato, le acercó la silla buena un dedo hacia el fuego con el pie, y Saga se quedó sentada en medio de todo aquello siendo callada y minuciosamente alimentada por tres mujeres que no dijeron ni una sola vez nada al respecto, y pensó: ah.
Así son cuando no hay que salvar a nadie.
El ave tenía su propio cuenco en la mesa. Nadie había sugerido otra cosa.
Después Angustias sacó un timple de detrás de una pila de bandejas de semillero, lo afinó mal a propósito para fastidiar a Remedios ⁓ funcionó, inmediatamente, y las dos lo disfrutaron enormemente ⁓ y después lo tocó bien, porque sabía.
Empezaron con una folía vieja y guarrísima sobre un inspector de aduanas, que no era en absoluto la clase de cosa que Saga esperaba de mujeres de esa edad. Remedios cantaba la voz grave con una cara absolutamente seria mientras las cejas de Angustias hacían todo el trabajo por encima de ella, y Saga se rio tanto que tuvo que soltar el tenedor, y la Regenta se quedó en medio del suelo sobre su pata entablillada mirando de una a otra.
Entonces la mano de Angustias cambió sobre las cuerdas y el cuarto cambió con ella, y Milagros se puso a cantar.
Saga no le había oído nunca hacer un sonido por encima de hablar. Se había pasado un día entero decidiendo que Milagros era la que no cantaba.
La voz que salió no era voz de mujer y no era voz de hombre. Subía muy alto y se quedaba allí, fina y clara y rara, deslizándose entre las notas en vez de bajarlas peldaño a peldaño, y la letra no estaba en ningún idioma que Saga pudiera ubicar ⁓ o estaba en castellano y simplemente colocada mal, a propósito, como se colocan flores dentro de una bota. Estaba sentada en su silla junto al fuego con aquel chaleco grande de hombre con todos sus bolsillos, el pelo gris cortado corto a la cabeza, las manos largas sueltas sobre las rodillas, los ojos entornados, y no interpretaba nada de aquello. Solo hacía el sonido y lo dejaba cruzar el cuarto.
Y por debajo, sin ninguna señal que Saga alcanzara a ver, las otras dos entraron por debajo de ella ⁓ Remedios grave y firme, Angustias aguda y llena y abiertamente operística, las dos construyendo un suelo para que aquella voz rara se paseara por encima. Era evidente que lo habían hecho diez mil veces. Lo mantuvieron bajito, y lo mantuvieron bien por detrás de ella, y ninguna de las dos la miró ni una vez mientras cantaba.
Saga se quedó sentada con la cabeza de un perro tuerto en la rodilla y el fuego bajando y once gatos dormidos en todas las superficies, y no movió un músculo, por si aquello paraba.
Dos gatos se dieron unos zarpazos breves encima del aparador y fueron separados por Remedios sin que interrumpiera la copla.
Más tarde, el fuego bajó y la conversación se puso lenta, y Milagros le soltó a Saga el pelo de la goma sin pedir permiso y se lo volvió a trenzar, a gusto, con dedos fríos y listos, como hace una tía, y Saga ⁓ que tenía trece años y ya no permitía esas cosas en su casa ⁓ lo permitió por completo, y se quedó mirando el fuego, y no apuntó nada.
Saga se quedó a dormir esa noche. La mesh llevó su buenas noches a Querencia y la montaña llevó el resto, y la respuesta de Linnea llegó completa: OK. ~ y después, un minuto más tarde, porque su madre se había casado con esta isla pero no era de ella: NO DEJES QUE TE MUERDA, MUERDEN. Saga miró el pulgar de Angustias, envuelto en una tira de trapo limpio y sostenido ligeramente en alto toda la noche como una banderita de rendición, y contestó: ya es tarde pero a mí no.
Le dieron la cama de la alcoba de debajo de la escalera, que olía a lavanda y a gato caliente, y se echó a escuchar cómo la casa se iba parando, y ya casi se iba cuando la caja se rio.
Las tres de la mañana son la hora de la pardela. Nadie se lo había dicho a Saga. La caja estaba en un rincón de la cocina con un paño por encima para hacerle lo oscuro, y a las tres se disparó como una tetera embrujada ⁓ risa de pardela maníaca, subiendo por la casa dormida, alegría o pena o las dos a la vez en una proporción que nadie podría certificar, un sonido con agua salada por dentro. Saga estaba de pie antes de haberlo decidido. No era la única.
La cocina se montó sola en ropa de dormir y a la luz de las velas: Remedios con un camisón de franela planchado, no se sabe cómo, hasta para dormir; Angustias con una camisa de hombre y las botas sin atar, una negra y otra marrón incluso ahora, cosa que contestaba una pregunta que Saga no había hecho sobre si las botas eran un sistema; Milagros exactamente igual que siempre, como si la noche fuera un sitio al que sencillamente no había estado mirando. El té ocurrió por el método habitual de tres mujeres y ningún choque. Nadie mandó callar al ave.
Y entonces, por el postigo abierto, desde muy arriba en lo oscuro sobre las terrazas, algo le contestó.
El reclamo bajó fino y salvaje del cielo negro ⁓ la misma risa, más lejos, en movimiento, un ave joven saliendo en el viento de la noche hacia un mar que no había tocado nunca y del que lo sabía todo. La caja se calló un momento, escuchando. Después contestó riéndose con todo lo que tenía, las llamas de las velas inclinándose, el paño temblando, y los dos sonidos se quedaron colgados en lo oscuro sobre las terrazas de cebolla, uno yéndose, uno en tierra, y Saga se quedó de pie en una manta prestada con el pecho haciendo algo enorme, y nadie le explicó nada a nadie.
"Ay," dijo Angustias, suave, cuando se apagó.
"Sí," dijo Remedios.
Angustias se quedó un rato mirando la caja tapada. Cuando habló, la voz de locutora se le había ido; lo que había debajo era más callado y tenía veta, como el lado bueno de una tabla.
"Así se reía él," dijo. "Exactamente así."
Saga se quedó muy quieta, como se quedaba quieta en la mesa del tarot cuando un adulto se olvidaba de que tenía trece años.
"¿Quién?" dijo.
Las hermanas se miraron, y algo dio la vuelta a la mesa que Saga notó más que vio, igual que se nota que se abre una puerta en algún sitio a tu espalda dentro de una casa.
Y entonces las tres se pusieron a hablar a la vez.
Aquello no había pasado en toda la semana. Llevaban cuatro días sirviéndose las unas a las otras y pasándose cosas y terminándose el trabajo sin una palabra, y ahora se interrumpían, se contradecían, se pisaban las frases como la familia de cualquiera en cualquier parte, y Angustias se levantó a hacer más té que nadie había pedido, y Remedios se rio en alto dos veces en el primer minuto, cosa que Saga no le había oído hacer en absoluto.
Se llamaba Linolada. Era croata. Llegó en los años del coliving, cuando Querencia eran cuarenta soñadores y un problema de agua, y era capaz de mirar un palé roto y ver una catedral en kit.
"Tú duermes dentro de su trabajo, mi niña," dijo Angustias. "Tu altillo. El porche de tu madre. Todo el mundo en esta montaña duerme en su trabajo o come encima de él o se apoya en él y no lo piensa ni una vez."
"No usaba clavos," dijo Remedios, y dejó la taza al decirlo, para que aterrizara como es debido.
"Ni uno. Nunca. No clavó un clavo en su vida." Angustias se tocó el lápiz de carpintero de detrás de la oreja sin dar señales de saber que lo había hecho. "Ensamblaje. Cortas las dos piezas de manera que no puedan imaginarse la vida por separado."
"Y era guapo," dijo Remedios, dentro de su té, con la cara completamente seria.
"Qué guapo," dijeron las otras dos, juntas, bajito, como se dice una respuesta que has dicho mil veces en el mismo sitio de la misma historia.
Y después no dijo nadie nada en absoluto durante un momento.
No fue un silencio de los que Saga conocía. Las tres se habían ido a algún sitio, a la vez, sin levantarse de la mesa. Remedios miraba el medio de la mesa y no lo veía. Angustias había dejado de servir, con la tetera todavía inclinada. Y Saga, trece años y mirando con muchísima atención, entendió que estaba sentada en una cocina con tres mujeres que estaban recordando cada una al mismo hombre de la manera en que cada una lo recordaba, y que no le iban a contar nada de aquello.
"El pelo," dijo Angustias, volviendo la primera. "Rubio, hasta aquí, en sogas. Sucísimo. Se lo ataba con lo que hubiera en el banco de trabajo."
"Los hombros," dijo Milagros, desde algún sitio detrás de Saga.
"Las manos," dijo Remedios. "Enormes. Y se pintaba las uñas, de todos los colores que había, porque las niñas del pueblo se las pintaban y él no se lo quitaba. No he visto en mi vida nada que le quedara tan bien a un hombre."
"Cantaba mientras trabajaba," dijo Remedios, "fatal, y le tiraba los tejos a todo lo que tuviera pulso, incluidas las cabras, incluido el padre Ramiro, y tenía una risa que llegaba antes que él. La oías subir por las terrazas y tenías, uy, un minuto. Para guardar lo que fuera frágil. Para decidir qué ibas a fingir que estabas haciendo."
"El pueblo," dijo Angustias, encantada, rellenando a todo el mundo, "tenía ciertas opiniones sobre esta casa."
"Hubo la mañana," dijo Remedios, serenísima, "en que las tres salimos de su cabaña con la primera luz, deshechas, sucias y a medio vestir, y nos vieron."
El lápiz de Saga estaba fuera. Nadie la había visto sacarlo.
"Las tres y él," dijo Remedios, a su té. "Toda la noche. Todas."
"Sus manos," dijo Angustias.
"Sus manos," concedió Remedios.
"Y lo que nos tenía haciendo a nosotras con las nuestras." Angustias giró la taza por el asa. "Para cuando amaneció habíamos acabado las tres. Reventadas."
"Y las posturas," dijo Milagros, desde el extremo oscuro de la cocina.
"Las posturas," dijo Angustias. "A mis años. No sabía yo que diéramos para eso."
El lápiz de Saga se había parado. Las tres miraban a otra parte con una inocencia tremenda, y ninguna de las tres la miraba a ella, y se le fue ocurriendo, despacio, que la estaban trabajando.
"La viga del techo se había rajado en la tormenta," dijo Angustias, apiadándose, "y él la encoló a medianoche, y no tenía gatos de carpintero lo bastante largos. Así que los gatos fuimos nosotras."
Levantó los brazos por encima de la cabeza para enseñarlo, los codos trabados, las manos planas contra un techo que no estaba, y los dejó allí mientras hablaba, porque era la única manera de contarlo.
"Ocho horas. Así. No los puedes bajar, ni un minuto, o las dos caras se abren un pelo y la ensambladura entera es una mentira para siempre. O sea que son cuatro idiotas en una cabaña a las dos de la mañana sujetando un techo con las manos." Los brazos le bajaron. "Y nos daba de comer. Con sus propios dedos, uno a uno, dando la vuelta a los cuatro, metiéndonoslo directamente en la boca, calentito ⁓ "
"Pan," dijo Remedios, dentro de la pausa. "Llevaba toda la tarde horneando. Pan caliente, y queso tierno, porque teníamos las manos por encima de la cabeza y no podíamos comer solas."
"Pan caliente," concedió Angustias, con enorme satisfacción, "como pajaritos," y se bebió su té, y dejó que Saga se pusiera al día.
"Y habló la noche entera," dijo Remedios. "Chistes horribles. Canciones guarras. Todas las historias que tenía, y algunas dos veces. Sabía que si nos estábamos riendo lo bastante fuerte no nos íbamos a acordar de los hombros. Tenía razón. Y por eso esa ensambladura sigue ahí arriba."
"Milagros se durmió de pie," dijo Remedios.
"De pie," concedió Angustias. "Con los brazos en alto. Como una santa en su hornacina."
"Yo no me dormí," dijo Milagros. "Dejé de atender."
"Y a las seis," dijo Remedios, "entró la luz por la puerta de lado ⁓ esa primera luz baja, cruzando el suelo entero ⁓ y él dijo bueno, y soltamos, una a una, despacísimo, como si aquello se fuera a venir abajo. Y no se vino. No se ha venido." Le dio a la taza un cuarto de vuelta. "Y después no podíamos bajar los brazos. Ninguna. Se quedaron arriba y ya está. Y allí estábamos los cuatro de pie en aquella cabaña, con los brazos en el aire como si hubiéramos ganado algo, riéndonos hasta llorar, a las seis de la mañana."
"Y entonces," dijo Angustias, "fue cuando la Perdomo pasó por delante de la puerta abierta."
Saga hizo un ruido.
"Sí," dijo Remedios, plácida. "Con la ropa del día anterior. Doloridas. Sin poder casi levantar los brazos."
"No usaba clavos," dijo Angustias, y cogió su té. "Nos usaba a nosotras."
Remedios hizo un ruidito dentro de la taza que no dejó que llegara a risa.
"La versión del pueblo era mejor," dijo Milagros, desde donde fuera que estuviese de pie, que no era donde había estado de pie.
"La versión del pueblo," dijo Remedios, "era muchísimo mejor. Nunca la corregimos." Miró el fuego. "Corregirla habría terminado con algo."
Angustias asintió despacio, y no dijo nada, y puso cara de que le daba pena que la historia se hubiera acabado.
"Una vez nos escribió una carta de amor," dijo Angustias. "A las tres. La misma carta."
"Una carta," dijo Remedios.
"Era una lista de corte," dijo Angustias, y se bebió su té con enorme dignidad, y no dijo si todavía la tenía, y la tenía.
"Hay una cuarta columna en el marco de la puerta," dijo Saga.
No había planeado decirlo. Le salió como salen las cosas a las tres de la mañana, y en el momento en que salió supo que había hecho algo, porque la cocina cambió de temperatura.
Angustias miró a Remedios. Remedios miró su té.
"Sí," dijo.
"Dos marcas. Cortadas con otra navaja."
"Sí."
"¿De quién son?"
"Suyas," dijo Remedios.
Saga esperó. El fuego chasqueó. El ave, debajo de su paño, no dijo absolutamente nada, cosa que de alguna manera era peor que la risa.
"Pero solo hay dos," dijo Saga, más bajito.
"El día que vino," dijo Remedios, "y el día que se fue."
Y Saga, que tenía trece años y era despiadada y no había dejado un misterio en paz en su vida, abrió la boca para preguntar por qué una estaba tanto más abajo que la otra, y miró a las tres allí sentadas a la luz de las velas, y la volvió a cerrar.
Esa fue la parte que habría hecho que su padre se sintiera orgulloso, y él no se va a enterar nunca.
"Cuéntale la de la cabra," dijo Milagros, dentro de la quietud, en el tono de una mujer que cambia de tema a propósito y a la que le da igual quién se dé cuenta.
"La de la cabra no es nuestra," dijo Remedios, con verdadera pena, como se rechaza un baile que te habría encantado. "Es de su madre." Se volvió hacia Saga. "Pregúntale un día por el invierno de la cabra."
Saga subrayó algo dos veces.
Saga estaba sentada en medio de todo aquello con la libreta abierta y la cara entera encendida, y entonces hizo la pregunta enorme, a las tres de la mañana, como solo se puede hacer a las tres de la mañana.
"¿Ustedes son hermanas de verdad?"
La cocina no se quedó callada, exactamente. Se quedó atenta, como se quedan los laureles antes de la lluvia.
"Hay un certificado," dijo Remedios.
"¿De qué?"
"Sí," dijo Remedios.
"Preguntó la grande," le dijo Angustias a su té, con dulzura, "a las tres de la mañana, con una manta prestada. El público contiene el aliento."
Milagros cruzó la cocina sin cruzar el suelo que había en medio, y le puso algo a Saga en la mano: un caramelo en papel encerado, ámbar, de los de Anna, de un bolsillo del chaleco que lo había guardado para vaya usted a saber qué ocasión, y estaba tibio de haber estado cerca de ella, y le cerró a Saga los dedos por encima con sus dos manos largas y frescas.
"Lo volverás a preguntar cuando seas mayor," dijo. "Entonces será una pregunta mejor."
Y entonces la caja se rio ⁓ el manubrio de bomba entero, loco y dichoso, del té, de la hora, de los certificados, del concepto entero de las preguntas ⁓ y la cocina se deshizo en risa, las cuatro, y la pregunta se disolvió como se disuelve la niebla, sin un momento que se pueda señalar, dejándolo todo mojado y brillante donde había estado.
El segundo día la probaron en el patio, porque Saga preguntó si podían, y las hermanas eran partidarias de dejar que la montaña contestara las preguntas siempre que se pudiera.
Salió como sale la primera tortilla de la sartén: para tirarla. La pardela se plantó en las losas planas del patio, magníficamente a nivel del mar en su propia cabeza, y corrió, y batió sus alas largas y finas y perfectas, y se levantó más o menos la altura de un cubo, y volvió a bajar sobre sus grandes pies rosados y palmeados ⁓ que los tiene tan atrás que en tierra no puede andar de verdad, solo empujarse y volcarse. Se empujó. Se volcó. Después se dio la vuelta y miró al comité reunido ⁓ niña, perro, tres mujeres, una gallina, once gatos en distintas ventanas ⁓ y no le pasaba absolutamente nada, y el suelo era sencillamente la cosa equivocada sobre la que estar de pie.
"No le pasa nada," dijo Remedios.
"Lo que está mal es el suelo," dijo Angustias. Se chupó un dedo y lo levantó, y le leyó el aire igual que leía una tabla, a favor de la veta. "Suelo llano, viento chico. Necesita el risco y un nordeste de noche por debajo." Una pausa. "El jueves."
"El jueves," concedió Milagros, desde la puerta, en el tono de quien confirma una cita que hizo hace semanas con el tiempo en persona.
"El jueves, entonces," dijo Remedios. "De noche. Garachico." Y la pardela fue llevada dentro otra vez, donde se rio de la caja, del patio, del viento y del jueves.
El jueves bajó la montaña con ellas.
Salieron al anochecer por el viejo camino real, el camino de piedra de las bestias que se descuelga del hombro de la montaña hacia Garachico en zigzags largos y balanceados, con el lomo pulido por cuatrocientos años de pies y de pezuñas y por una carretilla que Doña Fefa bajó por él una vez en 2029 por razones que el camino todavía recuerda. Remedios iba delante. Saga llevaba la caja ⁓ "Tú la encontraste. Tú la llevas. Esa es la ley" ⁓ y la caja pesaba tan poco en sus brazos que parecía vacía, y se reía en cada revuelta, y el sonido rebotaba en los muros viejos y volvía doblado, de manera que bajaron por el crepúsculo dentro de una pequeña fiesta ambulante de alegría desquiciada. Sirius tomó la retaguardia. El Vizconde llegó hasta la curva donde el canal se aparta del camino, y allí se paró, porque su título es extremadamente concreto y Garachico tiene sus propios arreglos. Lo último que Saga vio de él fue sentado más derecho que un cirio en el muro, en lo último de la luz, con la cola enroscada sobre los pies, metiendo una pata en el agua, y sacándola, y pensándolo, y metiéndola otra vez.
Debajo de ellas Garachico subió del atardecer como sube siempre: los techos chicos, la torre de la iglesia, el delta de lava extendido hacia el mar como una mano oscura ⁓ el pueblo que se ahogó en 1706 y se reconstruyó directamente encima de su propia catástrofe enfriada, calles sobre calles, y que da misa todas las semanas sobre su propia tumba y no le da la menor importancia. Había una luz en la iglesia, y no se pararon, y el pueblo las dejó pasar como un pueblo deja pasar a gente que anda en asuntos de animales al anochecer, es decir, del todo, con dos saludos de cabeza y una puerta cerrándose suave en algún sitio por respeto.
La orilla de lava de Garachico después de oscurecer era negro sobre negro sobre negro: la roca, el agua, el cielo, tres oscuridades cosidas por la espuma. El viento entró de tierra desde el nordeste exactamente como estaba prometido, frío y salobre y con ganas de trabajar, y en el momento en que cruzó la caja la risa se paró.
Esa fue la parte más rara, pensó Saga después. La semana entera que la conoció, el ave se había reído de todo. Y en cuanto pudo probar la sal en el aire, silencio.
Dejaron la caja en una repisa negra y plana por encima de la línea de la espuma. Remedios no hizo de aquello una ceremonia. Abrió la caja y dio un paso atrás y dijo, bajito, en el registro que reservaba para los animales y para nadie más:
"Doña Pardela. Cuando usted quiera."
El ave salió a la lava. Se quedó un momento, y el viento se le metió por debajo, levantándole las plumas por todas partes de modo que dobló de tamaño. Las plumas temblaron un instante y se aplastaron, poniéndose a punto. Olió el Atlántico entero de golpe ⁓ se le veía llegar dentro, el océano completo, el mapa de él, el ruido de él por debajo de todo ⁓ y corrió. Repisa negra abajo, las alas fuera, fea durante seis pasos, cinco, tres ⁓ y entonces el viento le cogió el peso como le coge el peso una pareja de baile, y estaba fuera de la roca y sobre la espuma, baja y rápida y de pronto, sin discusión, perfecta: una cosa que había sido un guante caído en un cebollar, desplegada en la forma exacta del viento que la llevaba.
Salió sobre el agua negra y no miró atrás, porque no se había equivocado nunca en su vida sobre dónde estaba el mar.
Se quedaron en la orilla, cuatro figuras de pie y un perro, y el mar trabajaba, y el viento trabajaba, y entonces ⁓ allá afuera, pasada la espuma, desde algún sitio ya inalcanzable ⁓ volvió la risa. Una vez. Arrastrándose. Echada por encima del hombro al mundo entero que se queda en el suelo y a todo lo que hay en él, a las cebollas, a las cajas, a la gravedad, al jueves, y el sonido vino rebotando sobre el agua y subió por la orilla oscura y se fue.
No dijo nadie nada durante un rato.
Después Angustias se sacó el lápiz de carpintero de detrás de la oreja y se puso la punta entre los dientes, y mordió, suave, como se hace con una cosa que has mordido mil veces, los dientes entrando en el pino blando por donde ya habían entrado antes. Se quedó así un rato, mirando el agua oscura con el lápiz en la boca.
Y entonces algo se movió en su nuca.
Era solo aire. Un soplito caliente de aire, salido de en medio de todo aquel viento frío del mar, como cambia un cuarto cuando se abre una puerta a tu espalda. Angustias se quedó completamente quieta. Se le puso el vello de punta en el cuello. No se dio la vuelta, y no se sacó el lápiz de la boca, y durante dos o tres segundos no estuvo en aquella orilla en absoluto.
Después sacudió la cabeza, una vez, fuerte, como se hace para devolver un pensamiento al sitio de donde vino. Se sacó el lápiz y se lo puso detrás de la oreja, y cogió la caja vacía, y la plegó plana, y se la metió debajo del brazo.
Y después le pasó el otro brazo por los hombros a Saga, se lo dejó allí durante las tres primeras revueltas de la subida, y no hubo comentario ninguno.
La subida de vuelta por el camino real es larga, empinada y oscura, y no le importó a nadie. Milagros iba la última y a veces no estaba y después sí. Remedios marcó el paso de una procesión de cuatro. En algún punto por encima de El Tanque llegó la niebla, como llega a acompañarte el último tramo, y Sirius se adelantaba dentro de ella, y Saga llevaba la caja plana bajo el brazo y los pensamientos en ningún orden: la risa saliendo sobre el agua, la pila del cuarto de aperos que se iba a quedar exactamente a la altura que estaba, el certificado del sí, el hombre que usaba personas en vez de clavos. Saga volvió a su casa. Las hermanas volvieron a la suya.
Su madre estaba levantada, claro. Los plantines, la lámpara, el jersey caléndula.
"¿Y bien?" dijo Linnea.
"Voló," dijo Saga. "Se rio todo el camino hacia afuera."
"Bien," dijo Linnea, y lo dijo en serio hasta el fondo, y puso la tetera.
Saga se sentó a la mesa de losa de laurel, en la cocina con forma de habichuela, a la sombra del altillo de un hombre al que no conoció nunca, y le sacó al caramelo ámbar lo último del papel encerado, y preguntó, con la voz de quien pregunta por el tiempo:
"¿Qué fue el invierno de la cabra?"
Linnea se paró. Fue una parada completa, con la tetera en la mano, y su cara hizo varias cosas a la vez, y cada una de ellas valió la caminata entera de vuelta a casa.
Y arriba en la finca, a esa misma hora, tres mujeres que habían caminado hasta Garachico y de vuelta en una noche se quitaron por fin las botas y metieron los pies en una palangana de agua caliente con sal delante del fuego.
"Ay," dijo Milagros, con los ojos cerrados. "Ay. El calor."
"Mm," dijo Remedios. "Mm. Ay, qué bueno."
"Quieta," dijo Angustias, subiéndole los pulgares por el arco del pie a Remedios hasta que Remedios hizo un ruido que no suele hacer delante de la gente. "Deja de patear. Sí. Ahí. Ya sé. Ya sé."
"No pares."
"No estoy parando."
"Ay, madre."
"Ahora tú," le dijo Angustias a Milagros, "y luego que alguien me haga los míos, que me estoy muriendo."
Y fuera, en el sendero empedrado, subiendo tarde del pueblo con un cesto de castañas en la cadera, la Perdomo aflojó el paso, y después se paró del todo delante de la ventana encendida, en el frío, en lo oscuro, y lo escuchó todo.
Lleva cuarenta años pasando por delante de esa casa. No ha llegado a ver nunca nada. Siguió sendero arriba con sus castañas y su certeza, y las hermanas se remojaron los pies, y el fuego bajó, y allá afuera sobre el agua negra, en algún punto al oeste de la isla, un ave que no había volado nunca estaba volando.
Unas palabras para los curiosos
- Pardela: la pardela cenicienta, el ave marina grande y gris de la noche canaria. Cría en los riscos, cruza océanos enteros, solo toca tierra para criar, y no puede despegar en suelo llano: necesita viento y una caída, como ciertas otras personalidades magníficas. El reclamo es famoso ⁓ una risa jadeante y salvaje en lo oscuro que lleva asustando y encantando a estas islas desde que hay orejas.
- La campaña: real, y funcionó en esta isla más de veinticinco años ⁓ la Campaña de Rescate de Juveniles de Pardela Cenicienta, cada otoño, más o menos de mediados de octubre a principios de diciembre. Los pollos volaban hacia la luz del agua, los pueblos brillaban más que el agua, y caían. Así que la isla los recogía: patrullas, voluntarios, niños de colegio, un número al que llamabas, un centro de recuperación arriba en La Laguna, y una suelta de vuelta sobre el mar. En un año normal solo Tenerife rescataba entre dos mil y tres mil quinientas aves y devolvía al agua más de nueve de cada diez. El peor sitio no fue nunca el norte oscuro; fue el sur brillante ⁓ Adeje, Arona, la costa de los hoteles ⁓ donde caían del cielo por cientos, todos los octubres, en los aparcamientos. Fue una de las cosas más buenas que hizo el mundo viejo con calendario fijo, y existía enteramente para deshacer algo que el mundo viejo estaba haciendo además a propósito.
- El camino real: el viejo camino de las bestias, de piedra, que baja del hombro de la montaña hasta Garachico en revueltas largas. Cuatrocientos años de pies. No hay que mantenerlo; hay que respetarlo, que es distinto, y más barato.
- Garachico: el pueblo que ahogó el volcán en 1706, que se reconstruyó directamente encima de su propia ruina enfriada y da misa sobre su propia tumba sin pensárselo dos veces. Si hay que devolverle al mar una cosa del mar, se puede elegir peor que un pueblo que conoce la transacción personalmente.
- Como se coge un pan: las dos manos bajando por encima de las alas, recogiendo con cariño, los pulgares donde los puedas contar. El pico es una grapadora. Ofrezca la diagonal respetuosa, y el otro pulgar la próxima vez.
- El Vizconde de la Acequia Alta: un título enorme para una canaleta de piedra de veintiocho centímetros de ancho, concedido por Remedios sobre la base de que se ha pasado la vida entera sentado en una curva de ella intentando parar el agua con una pata, lo cual es una devoción, y las devociones deben venir con tierras. Es negro, cojea de la izquierda, cobra en cabezas de sardina, no sale de su jurisdicción, y no se ha equivocado ni una sola vez en su vida sobre dónde estaba Saga. No se le coge en brazos. No se le llama. Llega, y se le recibe, y pasa delante de ti por las puertas. Nunca ha atrapado el agua. Nunca ha dejado de intentarlo.