Episodio 24
Nog Niet
Ten-Bel, la vieja colonia belga de la costa sur seca. Principios de diciembre de 2041.
Bienvenidos de nuevo a Nivaria. Noticias lentas desde una isla tranquila. Les habla Caitlyn Meeks. Gracias por estar aquí.
La invitación venía plastificada.
Eso fue lo primero que tenía de raro, y nadie sabía decir por qué era raro, solo que una cosa plastificada llegando en diciembre de 2041 era como encontrarse una flor fresca dentro de una gaveta. Alguien tenía una plastificadora. Alguien había mantenido una plastificadora funcionando doce años, y había guardado las fundas, y había decidido que las fundas eran para esto.
Subió la montaña en las manos de un muchacho de la carretera de la costa que no quiso entrar, y se leyó en alto en la casa larga de Querencia durante la cena, por Mateo, subido a un banco, porque esa es la única manera correcta de leer un documento plastificado.
"La Congregación de los Vigilantes," leyó, "extiende su mano cálida a los cómicos ambulantes del norte."
"Mano cálida," dijo Tibor, desde la punta de la mesa, con la boca llena.
"Quedan invitados a un Encuentro de Comerciantes y Vecinos, que se celebrará en el Salón de la Vigilancia, Ten-Bel, el segundo sábado de diciembre."
"Eso es un mercado," dijo Yara. "Eso es un mercado y ya."
"Habrá una velada de música, refrigerio y hermandad."
"Eso no es un mercado."
Mateo levantó un dedo y siguió leyendo, y la voz le hizo algo complicado.
"En reconocimiento de la distancia recorrida, los comerciantes participantes recibirán ciento veinte litros de biodiésel."
La casa larga se quedó completamente callada.
Ciento veinte litros no es una cantidad. Ciento veinte litros son una temporada. Son la diferencia entre un circuito que anda y un circuito que anda y además puede decir que sí cuando alguien de Anaga pregunta si el teatro de títeres podría por casualidad subir hasta el lomo. Todos los de aquella mesa hicieron la cuenta a la vez, y Saga vio al cuarto entero inclinarse hacia delante unos cuatro centímetros.
Porque la cosa con los Profetas Vigilantes de Ten-Bel es esta, y no es una cosa chiquita, y todo el mundo en esta isla vive dentro de ella, lo piense o no.
Ellos prensan el combustible.
No una parte. En Tenerife hay cuatro prensas funcionando y la congregación tiene tres, y la cuarta está allá arriba en Buenavista y es de una cooperativa con lista de espera. Lo cual quiere decir que cada camión de la costa sur, cada generador, cada bomba, cada barco que no sea de vela, y la vida ambulante entera de La Tropa, andan con un líquido que fabrican cuatro docenas de familias que creen que el mundo se va a acabar en breve y a las que les gustaría muchísimo hablar contigo del asunto.
No le han negado el combustible a nadie ni una sola vez. Eso importa. Les venden a los ateos, les venden a los Perdomo, le venden a Klaus. No son crueles con ello y no lo retienen, y les dolería de verdad que les insinuaras que podrían hacerlo.
Lo único que hacen es poner el precio. Y lo ponen en un cuarto, entre ellos, un martes, y ese es el precio, y la isla lo paga y da las gracias.
"Ciento veinte litros," dijo Yara, "es que nos enseñen lo que tienen."
"Ciento veinte litros," dijo Mateo, "son también ciento veinte litros." Dejó la invitación encima de la mesa. "O sea que ese es el anzuelo, y todo el mundo en este cuarto ve que es el anzuelo, así que vamos a decirlo todos en alto ahora mismo y lo quitamos de en medio."
"Es el anzuelo," dijo Tibor.
"Son ciento veinte litros," dijo Ruymán.
"Es el anzuelo y son ciento veinte litros," dijo Yara, "y eso no son cosas contrarias."
Lo discutieron una hora, amigablemente, encima de un potaje, de la manera en que una familia discute de todo, que es a gritos y con la boca llena y con la opinión de cualquiera admitida, incluida la de la de once años.
Saga tenía el alegato listo antes de que se recogieran los platos. Tenía tres puntos y los había puesto en orden, y el orden era: uno, hacía falta alguien que trabajara al público antes de la función, y ese era su trabajo desde hacía dos años; dos, ella no había visto nunca el sur en diciembre; y tres ⁓ y este era el que llevaba pulido ⁓ si la congregación iba a intentar algo, lo útil que se podía tener en aquel cuarto era una persona a la que nadie cree que está escuchando, y ella era la mejor que tenían.
Llegó hasta "uno."
"Tú vas," dijo Linnea, desde la otra punta de la mesa, sin levantar la vista. "Tú trabajas. Cómete la cena."
"Tenía tres puntos."
"Los puedes hacer en la camioneta."
"Dos eran bastante buenos."
"Pues va a ser un viaje muy ameno," dijo su madre.
Fue Tibor el que lo cerró, al final, soltando la cuchara.
"Yo conozco a esta gente," dijo. "Los conozco desde hace treinta años. Nos van a dar de comer, nos van a tratar bien, nos van a hablar encima dos horas, y van a intentar salvarnos el alma, y después nos vamos a casa." Se encogió de hombros con el torso entero. "No es la primera vez que alguien quiere mi alma, y los que la quieren casi siempre te dan de comer primero. No es el peor arreglo del mundo."
"¿Y el combustible?"
"El combustible," dijo Tibor, "es de verdad. Sobre el combustible no han mentido ni una vez. Sobre el fin del mundo, constantemente. Sobre el combustible, nunca."
Bajaron el sábado, en el Santana, con el depósito de combustible a remolque, a una hora que todavía no era la mañana.
El viaje al sur son tres horas de isla cambiando de idea sobre lo que quiere ser. El verde mojado de Querencia se vuelve pino, y el pino se vuelve el hombro húmedo de la montaña en el paso de Erjos, y después curvas y más curvas para abajo hasta el eucaliptal de Santiago del Teide. Pasas el túnel, y del otro lado todo es piedra y tabaiba y luz. Para las nueve la niebla era un recuerdo. Para las diez habían parado en Callao Salvaje, donde Saga ya se había quitado dos capas de ropa, y se les había juntado Auxi, a la que con once años le habían permitido venir bajo la condición estrictísima de que venía a trabajar, y que se había traído su propia bolsa de renacuajos. Iban las dos sentadas juntas en el portón trasero, con las piernas colgando.
Torbe viajaba en la mochila de Yara con la cabeza fuera por arriba, como un periscopio con corte de león. Tenía ya diecisiete años. Durmió casi todo el viaje, cosa que antes no hacía, y Yara lo subió en brazos a la caja de la camioneta en vez de dejarlo dar el salto, y ninguno de los dos dijo nada del asunto.
Ten-Bel te viene bajo y blanco.
Lo construyeron los belgas en los sesenta para los belgas ⁓ una colonia vacacional entera de bungalós de azotea plana en hileras, una piscina comunal, un club social, todo trazado en cuadrícula sobre una ladera seca de cara al mar. Fue bonito en su día, de esa manera optimista y geométrica y planificada al milímetro. Llevaba ochenta años poniéndose raro sin hacer ruido.
Lo que Saga vio, entrando desde la carretera de la costa con las piernas colgando por detrás, fue esto: bungaló tras bungaló con los postigos cerrados y la pintura vuelta tiza; y después, entre ellos, uno con un jardín tan cuidado que dolía; y después cuatro seguidos con verduras donde había estado la gravilla ornamental; y en todas partes, en las tapias blancas y bajas, desteñida hasta casi nada, la misma frase pintada en tres idiomas, repetida a intervalos por toda la cuadrícula como un latido.
WAAKZAAM. VIGILANTE. WATCHFUL.
"Eso es nuevo," dijo Tibor, que se había subido a apoyarse en la cabina. "Catorce años. Lo hicieron la primavera en que perdí los ferris."
"¿Pintaron el pueblo entero?"
"El pueblo entero. En una semana." Movió la cabeza despacio, y no se estaba riendo. "Hay que entender una cosa. Esta gente lleva anunciando el fin del mundo desde antes de que naciera tu padre. 1984. 1991. 2000. 2012, ese fue de los gordos, tenían camisetas. Y en todo ese tiempo, en todos esos años de estar seguros ⁓ " levantó un dedo " ⁓ no pintaron nunca nada. Ni una pared. Porque uno no pinta para una cosa que llega el mes que viene."
Miró para fuera, a la cuadrícula blanca pasando, y a las palabras desteñidas encima, a intervalos, como un pulso.
"Y entonces se van los cables, y paran los vuelos, y se vacían las tiendas, y todo el mundo aquí abajo está asustado. Y esa es la semana en que fueron y compraron la pintura."
"O sea que pensaron que era el de verdad."
"Sabían que era el de verdad. Estaban completamente seguros." Tibor abrió las manos. "Fue lo más seguros que han estado nunca de nada, y lo pusieron en todas las paredes de esta colonia, donde Dios lo pudiera ver."
"Pero sí que se acabó," dijo Saga. "Más o menos. ¿No?"
Tibor se rio. No fue una risa amable y no fue una risa cruel.
"Nog niet," dijo. "Eso es lo que dicen ellos. Todavía no. Pase lo que pase, lo miran, y lo comprueban contra el libro, y no cuadra, así que no es el bueno. Doce años parando los barcos y apagándose las luces y yéndose media isla, y ellos dicen" ⁓ y aquí puso una voz, una voz flamenca plana y paciente, y estaba clarísimo que era la imitación de alguien concreto ⁓ "'nog niet.'"
Saga estuvo pensando en aquello el resto del camino.
Se había criado en un mundo que ya se había acabado antes de que ella naciera, lo cual quería decir que no se había acabado nunca, lo cual quería decir que era sencillamente el mundo. No lo había pensado ni una sola vez como un final. Y aquí había cuatro docenas de familias que llevaban ochenta años esperando una cosa que ya había pasado a su alrededor, y no se habían enterado, porque había venido con el disfraz equivocado.
Sacó la libreta y escribió: se lo perdieron.
El Salón de la Vigilancia es el edificio más feo que Saga ha querido nunca a primera vista.
Está en lo alto de la cuadrícula, donde estaba el club social de la colonia, y es una caja grandísima de hormigón gris con ventanas verticales estrechas metidas muy hacia dentro, como un fuerte al que le ha dado por ser tímido. Todo lo demás en Ten-Bel es blanco y bajo y horizontal. El Salón es lo contrario de Ten-Bel, y lo contrario también de Querencia, donde Saga se había criado en cuartos que no tenían ni una esquina y con vanos con la forma del sitio que ocupa una persona.
Entras en ese vestíbulo y se te suben los hombros. No es una sensación con la que se pueda discutir.
Pero Saga no estaba mirando el hormigón. Saga estaba mirando para arriba.
Hay una cosa de Saga Reyes que a su familia le hace gracia y que a ella no se la ha hecho nunca. En una función ⁓ cualquier función, la función de quien sea ⁓ ella no mira la función. Mira el mecanismo. Se ha pasado la vida entera entre bambalinas en una familia que es el escenario, y lo que le gusta es la maquinaria del truco y no el truco: la cinta marcando el suelo, el saco de arena colgado de la cuerda, la persona agachada en lo oscuro contando. Con nueve años obligó a su padre a explicarle la diferencia entre un foco que baña y un foco que recorta, en la cueva, en mitad de un pase, y él se la explicó, y desde entonces no ha dejado de fijarse ni un solo día. La cueva de Tibor son lucecitas y siete capas de pintura fluorescente. Los montajes de Ruymán son chatarra y oración. El fuego es Yara y nada más.
No se había puesto debajo de una de verdad en su vida.
Porque atornillada de pared a pared en el techo de aquel vestíbulo había una vara de acero de las de verdad ⁓ de las de colgarse, no de las de apoyarse ⁓ y de ella, en fila, a intervalos, colgaban seis focos de teatro, de los grandes, con cuchillas y con viseras y con gelatinas de color todavía puestas en los marcos, y los cables volviendo a lo largo de la vara y perdiéndose en lo oscuro hacia una cabina. Apuntando a las puertas. Apuntando de manera que el que entrara por aquellas puertas entrara andando dentro de la luz.
Alguien había construido aquel sitio como un teatro, hacía sesenta años.
Y alguien lo seguía llevando.
"¡Agüita!" dijo Saga, en alto, a un techo. "Eso es una vara de verdad."
"Te sorprendería," dijo una voz, "la cantidad que todavía funciona."
La muchacha estaba de pie a un metro, y estaba claro que llevaba un rato ahí.
Tendría dieciséis años. Iba con una falda larga gris y una rebeca abotonada hasta el cuello, y el pelo en una trenza tan apretada que parecía estructural, y los zapatos lustrados, y un lápiz detrás de la oreja y cinta americana enrollada en la muñeca izquierda como una pulsera, que es lo que hace una persona cuando va a tener las manos ocupadas cuatro horas y no puede ir cargando con el rollo.
Era igualita a todas las demás muchachas que Saga había visto desde que entraron por el portón. Menos por la cinta. Y menos porque, mientras las otras les habían sonreído a los de fuera con la cara entera, esta estaba mirando el techo con Saga, los mismos seis focos, con la cabeza en el mismo ángulo.
"¿Cuáles están fundidos?" dijo Saga.
Los ojos de la muchacha bajaron y aterrizaron en ella, y algo en su cara se abrió como un milímetro y se volvió a cerrar.
"El dos y el cinco," dijo. "Y el cuatro está en el circuito equivocado, así que si tumbas las luces de sala, el cuatro se queda encendido. Todo el mundo cree que eso es una avería." Una pausa. "No lo es."
"¿Y qué es?"
"Es el cuatro estando en el circuito equivocado," dijo la muchacha, "cosa que no le he mencionado nunca a nadie, y por la que nadie ha preguntado en once años."
Alguien la llamó desde el otro lado del vestíbulo ⁓ "¡Ikea!" ⁓ y desapareció, andando rápido, con el paso plano y sin prisa de alguien que lleva pisando ese suelo la vida entera.
Saga se quedó de pie en el vestíbulo de un fuerte de hormigón con la boca un poquito abierta y el pecho entero sonándole como una campana a la que le acaban de dar.
Sacó la libreta y escribió: IKEA. Y debajo: el 4 está en el circuito equivocado. Y debajo de eso, porque tenía trece años y no se pudo contener, dibujó un cuadradito y lo dejó sin marcar.
El Encuentro fue, durante unas dos horas, absolutamente encantador, y esa es la parte que nadie se espera.
Habían montado los caballetes dentro del salón. Habría unas doscientas personas, y unas cuarenta eran la congregación y el resto eran comerciantes y vecinos y familias de la costa subidas a un mercado, y era un buen mercado. Doña Fefa habría dado el visto bueno a los tomates. La Tropa se montó a lo largo de la pared del este e hizo lo que hace: Ruymán afinó el timple, los Chachos echaron una soga por encima de una viga e hicieron eso de subir por ella como si la soga fuera una escalera, y Auxi sacó los renacuajos y para la segunda canción tenía cola de niños chicos.
Y la congregación les dio de comer.
Esto hay que decirlo llanamente, porque es lo que hace difícil todo lo demás. La comida era extraordinaria. Había cuatro clases de pan y un caldero de algo con conejo dentro, y había Bier-Bel en jarras de barro, la cerveza de plátano, ácida y con levadura y fría de bodega, y una mesa entera de pastelitos pálidos que una mujer viejísima había hecho para gente que no conocía de nada.
Nadie predicó. Nadie le puso a nadie un panfleto en la mano. El hermano Wouter ⁓ un hombre grande, sudoroso, inmensamente simpático, de cuarenta y tantos ⁓ se recorrió a todos y cada uno de los comerciantes de aquella sala y les dio la mano y les preguntó por sus familias y se acordó de las respuestas.
"No están fingiendo," dijo Tibor, mirándolo. "Eso es lo que la gente entiende mal. Esto no es una representación de la bondad. Esto es bondad." Se bebió la cerveza. "Y es también la puerta de la trampa, y ellos no viven esas dos cosas como dos cosas distintas, y ese es el problema entero con esta gente, y nunca he dado con la manera de explicárselo a nadie."
Fue por la mitad de la tarde cuando Saga conoció a la abuela.
Vino cruzando el mercado en un escúter eléctrico, de esos de resort, de dos plazas, con una cesta delante, andando a paso de persona y sin parar por nadie, y la gente se le abría como se le abre a un temporal. Tendría setenta y tantos y estaba hecha como una puerta. Llevaba un cigarro encendido. En la cesta iban un montón de panfletos y una botella de cerveza trapense, de la belga buena, de la de monasterio de verdad, doce años después de que pararan los barcos, lo cual quería decir que era la última de algo y que se la estaba bebiendo igual un sábado cualquiera.
Paró delante del caballete de La Tropa, miró un rato a la compañía entera, y dijo, con un acento que llevaba cuarenta años fracasando en volverse español:
"Ustedes son los del norte."
"Somos," dijo Mateo.
"Mm." Le pasó un panfleto sin dar la impresión de mirarlo, como se le pasa a alguien una servilleta. "La alta, la del fuego. Estuvo en la boda de mi nieto."
"Esa es Yara."
"Ya sé cómo se llama."
Bebió cerveza. Nadie dijo nada. Saga, que se había criado entre adultos que hablan, se encontró fascinada.
"Y tú," dijo la vieja, y Saga se dio cuenta de un tirón de que le estaban hablando a ella, "eres la chiquita de allá arriba. De Querencia."
"Saga."
"Mm."
La miró un pelín demasiado rato, con una expresión que Saga no supo leer en absoluto, y en la que pensó mucho tiempo después, y que no era cruel.
"¿Está bien?" dijo por fin.
"¿Quién?"
"La de la montaña. La de la ⁓ " y la vieja movió una mano en el aire, dibujando algo, una casa o un cerro o una vida, y no lo terminó. "La de mi hijo ⁓ "
Paró.
Volvió a meter la cerveza en la cesta, y puso las manos en los puños del escúter, y dijo, al aire, con una voz completamente distinta:
"Hay panfletos. Cojan uno cada uno, no les cuesta nada coger uno."
Y se fue a paso de persona por el mercado sin esperar respuesta, arrastrando humo, y Saga se quedó allí de pie con un panfleto sobre el mundo que viene en la mano, entendiendo que acababa de ver a alguien decidir no decir un nombre.
Lo apuntó en el segundo mismo en que la perdió de vista.
Saga vio al hermano Wouter cruzar la sala hasta Mateo y darle la mano durante once segundos enteros.
"¿Y entonces qué hacemos?"
"Nos comemos su comida," dijo Tibor, "y les devolvemos la amabilidad, porque nosotros somos amables, y después nos vamos a casa." La miró de lado. "Y tú te dejas la libreta en el bolsillo dos horas, hazme el favor, porque tienes trece años y pareces una niña apuntando pruebas, y eso es de mala educación."
Saga se dejó la libreta en el bolsillo dos horas.
La sacó otra vez a las siete, cuando les cogieron la ropa a todos.
No pasó como uno se imagina. Nadie exigió nada. No hubo un momento en el que la cosa se torciera. Pasó porque abrieron la piscina.
Ten-Bel tiene una piscina. Tiene veinticinco metros de largo y es la razón por la que existe la colonia, y es el objeto más extravagante junto al que Saga se ha puesto de pie en su vida. Querencia tiene un aljibe que se convierte en charca de baño seis semanas de agosto, cuando nadie necesita el agua. Esto era una piscina. Alicatada. Con filtro. Templada, porque en algún año que nadie menciona habían tendido tubería negra por toda la azotea del club, y el sol de aquí abajo hace lo que se le manda.
La abrieron a las cinco, y la abrieron para todo el mundo, y el ruido que salió de aquel mercado no fue un ruido educado.
Saga estaba en el agua en menos de cuatro minutos.
Y no va a pedir perdón por eso. Había cincuenta niños en aquella piscina y unos ochenta adultos y fue la mejor hora del año entero: Auxi haciendo el pino, los hermanos Chacho intentando inmediata e inevitablemente algo desde el trampolín, cosa que les valió los gritos de una mujer con un pito que llevaba clarísimamente once años esperando a gritarle a alguien por lo del trampolín, Mateo flotando de espaldas en el medio con los ojos cerrados y una expresión de paz religiosa completa. La abuela de alguien hizo cuatro largos lentos de una braza impecable y se llevó una ovación. Los propios niños de la congregación ⁓ a los que Saga había visto toda la tarde de pie en los bordes con los brazos cruzados ⁓ estaban ahí dentro gritando como cualquiera.
Y en los vestuarios, en los bancos, con una hermana sonriente en la puerta repartiéndolos, había toallas para todo el mundo, y albornoces blancos doblados, y perchas y cestas para las cosas de uno.
Ya ven cómo funciona. Nadie le pidió a nadie que se desnudara. Uno se desnuda para bañarse. Todo el mundo en esta tierra se desnuda para bañarse. Las cestas eran para la ropa porque para eso están las cestas en un vestuario, y el albornoz era porque uno no puede andar por ahí mojado en diciembre, y la hermana de la puerta había hecho parte de los pasteles.
Salieron de aquella agua a las seis y media, calientes y sueltos y más contentos de lo que habían estado en un año.
Las cestas no estaban.
Robadas no. Nada tan basto. Había una muchacha de unos quince años de pie exactamente donde habían estado las cestas, pidiéndoles perdón a todos, explicando que las hermanas se lo habían llevado todo al lavadero por hacerles un favor, porque los comerciantes llevaban en carretera desde antes de amanecer con este calor y no era ninguna molestia, y que todo volvería limpio por la mañana, y que si alguien quería otra toalla.
Lo sentía muchísimo. Lo sentía de verdad. Le habían dado un trabajo y lo estaba haciendo bien.
Y ciento noventa personas de doscientas dijeron ay, qué amables, y se fueron a cenar en albornoz blanco.
El hermano Eugen se dio una vuelta por las mesas mientras salía la sopa.
Era joven ⁓ de veintitantos largos, flaco, muy limpio, con las manos de un hombre que no ha trabajado un día al aire libre en su vida y los modales de alguien que te trae buenas noticias sobre un proyecto de saneamiento. Dijo, en cada mesa por turno, que la congregación por supuesto iba a alojar a todo el mundo esa noche, en los bungalós, que estaban preparados y aireados; que la carretera de la costa de noche no era sitio para niños ni para el eje de nadie; y que la ropa lavada volvería antes del desayuno.
Era un ofrecimiento generoso. Era, de hecho, evidentemente lo correcto a las nueve de la noche en una carretera sin alumbrado en diciembre, y cualquier comerciante de aquella sala habría hecho el mismo ofrecimiento en su propia casa.
Era genuina, absoluta, completamente sincero. A Saga le cayó mal a primera vista y no habría sabido dar ni una sola razón.
Saga se quedó de pie en un vano con el pelo goteándole por la espalda, en un albornoz con las mangas por encima de las manos, e hizo la cuenta de aquella noche en unos cuatro segundos, y fue así: mi ropa está a tres cuartos de aquí, en un edificio que no he visto, y yo no voy a ser lo bastante maleducada como para ir a buscarla, y nadie más tampoco, y eso es todo.
Vio a La Tropa mirarse entre ellos.
Tardaron unos noventa segundos, y lo hicieron enteramente con las caras. Mateo miró a Tibor. Tibor miró a Yara. Yara miró a las puertas, y después al pasillo por el que se habían ido las cestas, y después otra vez a Mateo, e hizo un movimiento de cabeza chiquitísimo que quería decir todavía no y quería decir también lo estoy viendo.
Y Tibor, solo en aquel edificio entero, estaba vestido.
No se había metido en el agua. Se lo habían pedido cuatro veces y había contestado, cada una de ellas, con una cortesía enorme, que él era húngaro, que se había criado nadando en un río que se congelaba, que él ya había nadado lo suyo, y que un hombre de sus años se sienta al lado de una piscina como otros hombres se sientan al lado de una lumbre. Se había pasado la hora entera en una tumbona de plástico con una jarra, gritándoles ánimos a los Chachos e insultos al trampolín.
Así que se sentó a cenar entre doscientas personas en albornoz blanco, con sus propios pantalones, sus propias botas y su propia camisa con NEM en el pecho, y nadie dijo ni una palabra del asunto, y Saga lo miró y entendió que ahora había exactamente una persona en el Salón de la Vigilancia que podía salir por la puerta principal.
Y Mateo ⁓ que tenía una regla, y cuya única regla iba de consentimiento y de saber y de luz del día ⁓ le sonrió al hermano Eugen desde el otro lado de la sala, y levantó la jarra un dedo, y dijo, bajito, a las cuatro personas que tenía más cerca:
"Nadie bebe más. Nadie va a ningún sitio solo. Saga se queda donde yo la vea."
"Papá ⁓ "
"Te puedes poner furiosa después y yo te escucho una hora."
Esto es lo que lo hace listo, y Saga lo resolvió de pie en un salón de hormigón con un albornoz blanco que le tapaba las manos.
No los habían encerrado. Nadie había cerrado con llave ni una sola cosa. Las puertas del Salón de la Vigilancia estuvieron abiertas de par en par toda la noche a la oscuridad tibia, y cualquier persona de aquel edificio podría haber salido por ellas en el momento que le diera la gana.
En ropa interior.
A tres horas de casa. En diciembre. Por delante de cuatro docenas de familias que acababan de darles de comer.
Eso no lo iba a hacer nadie. Ni un solo adulto de aquella sala iba a salir andando medio desnudo por delante de una mujer que le había hecho un pastel, delante de sus propios hijos, para dejar clara una cosa que técnicamente todavía no había pasado. No era una jaula. Era educación, y la educación aguanta mejor que una cerradura, porque una cerradura se puede forzar y una cerradura no te hace sentirte un mal invitado.
Saga buscó a Ikea por la sala y la encontró enseguida, de pie en la puerta lateral por donde habían salido las cestas, con su propio albornoz blanco, mirándola a ella.
Ikea le sostuvo la mirada unos dos segundos.
Después miró, a propósito, arriba y a la izquierda ⁓ a la vara de luces de encima del escenario.
Y después otra vez a Saga.
Y después se fue.
El hermano Wouter hizo dos horas.
Hay que dejarlo bien registrado, porque Saga no ha conseguido nunca describírselo a nadie en su casa sin que piensen que estaba exagerando, y no estaba exagerando.
Salió con el albornoz blanco y un Sankyo MelodyMate MM-3 colgado de una correa al cuello, que es un teclado chiquito de plástico de por 1998 con dieciséis ritmos pregrabados, y lo tenía metido en el equipo de sonido de verdad del Salón, que era potente y enorme. Se plantó en medio del escenario brutalista de hormigón bajo cuatro focos que funcionaban de seis. Y durante dos horas, sudando a través de un albornoz blanco, delante de doscientas personas, el hermano Wouter rapeó sobre la guerra espiritual.
El ritmo que había elegido se llamaba BOSSA 2.
Era malísimo.
Era tan malo que dio la vuelta entera, pasó de largo lo gracioso y salió por el otro lado a una cosa para la que Saga no ha tenido nunca una palabra. Es importante que ustedes oigan un poco, porque todo el que se lo ha oído contar a ella ha dado por hecho que estaba exagerando para adornarlo, y no estaba.
Abrió levantando una mano para pedir silencio, en una sala en silencio.
Yo. Me llamo hermano Wouter y les traigo la noticia.
Yo no les vengo a vender nada. Aquí nadie los enjuicia.
Esto no es una venta, hermanos. Esto es gracia, y la gracia es gratis ⁓
y si se quieren ir ahora mismo se pueden ir. No pasa nada. Sin presión. En serio. Quédense.
Al último verso le sobraban once sílabas de las que cabían en el compás. Salió del paso acelerando, como un hombre que corre cuesta abajo para no salirse de debajo de una escalera que se cae.
Y el adversario ronda, y ronda igualito que un león,
pero la Palabra es escudo, y ese escudo es mi adquisición ⁓
no. Adquisición no. Es gratis. Siempre ha sido gratis.
Es gratis para ustedes, hermanos. Y es gratis. Para. Mí.
No sabía rimar. Eso lo primero. Cuando un verso no cabía lo decía más rápido, y cuando eso fallaba lo decía más despacio, y cuando eso fallaba dejaba de rapear y explicaba el verso, en alto, a volumen de conversación, por encima de la bossa nova.
"El adversario es un león en el sentido de un león," dijo. "No es un león. Aquí no hay leones. En esta isla no ha habido leones nunca. Eso es un símil, y quiero que los jóvenes sobre todo sepan que yo sé que lo es."
Y después volvió a entrar en el dos.
Tiene un plan para ustedes, y ese plan es larguísimo.
Tiene reuniones. Levanta acta. Y su acta está MALÍSIMA.
En algún sitio detrás de Saga, Yara hizo un ruidito estrangulado y tuvo que mirar al suelo.
Hizo una parte para los jóvenes. La anunció antes, para que supieran que era para ellos.
Ya sé lo que están pensando. Están pensando que esto es pasado.
Están pensando que el hermano Wouter no es fresco y no es osado.
Pero el mensaje es eterno y el mensaje es, de hecho ⁓
y me han dicho que esta es la palabra ⁓ el mensaje, amigos, está FUEGO.
Se paró.
"Que quiere decir bueno," dijo. "Quiere decir bueno."
Allá al fondo, pegados a la pared, treinta adolescentes en albornoz blanco estaban de pie con los brazos cruzados y la cara absolutamente quieta, y no se movió ni uno, y Saga entendió con una claridad total que todos habían visto a aquel hombre hacer aquello muchísimas veces, y que en algún sitio ahí dentro había cariño, y que estaba enterradísimo.
Probó una llamada y respuesta.
¿Me dan un testimonio?
Nada.
Me dan un testimonio.
Lo dijo la segunda vez plano, como una afirmación, habiendo decidido aceptarlo.
"Gracias, hermana Godelieve," le dijo a la única mano que se había levantado.
Intentó, una vez, hacia el minuto cincuenta, hacer el ritmo con la boca. No está claro por qué. El MelodyMate estaba en ese momento haciendo ya el ritmo, a volumen, dentro de un equipo de sonido profesional. El hermano Wouter se arrimó igual al micrófono e hizo puh. puh-tuh. puh, tres veces, con los ojos cerrados, y después abrió los ojos y siguió como si aquello no hubiera pasado, y no lo volvió a mencionar nadie nunca.
Tú puedes descansar en el Señor, pero el Señor no descansa.
Él vigila, Él es vigilante, Él está atento, Él no se ⁓ cansa ⁓
Él no tiene modo de espera. Él no es una nevera.
Y a ESO, hermanos y hermanas, es a lo que nosotros llamamos vigilancia.
Doscientas personas asintieron.
Se dirigió a varias de ellas por su nombre. Esta es la parte que a Saga le costó más aguantar sentada, y ha pensado por qué, y cree que es porque no era cruel y era de hecho lo contrario.
Te veo ahí al fondo con los brazos cruzados sobre el pecho ⁓
yo te conozco desde chiquito, Tycho, y te quiero ver derecho,
y tu madre no sabe adónde vas tú los viernes,
y yo sí, y no lo he dicho, y te lo estoy diciendo así porque ya no vienes.
Tycho, al fondo, en albornoz, de unos dieciséis años, se puso del color de un ladrillo y no se movió.
Y en el tercer cuarto de hora se le acabó el verso entero a mitad de compás, con la bossa nova sonando por debajo de él y sin ningún sitio donde poner las manos, y rellenó el hueco diciendo "y, y, y," cuatro veces, y después encontró el camino de vuelta, y la cara que puso al encontrar el camino de vuelta era la cara de un hombre coronando una cuesta.
¡Y el calendario no es nada! ¡Y el año no es un muro!
¡Y el ladrón en la noche no te llama antes, se lo juro!
¡Y del hermano Noé se rieron! ¡Allez, cómo se rieron!
Y se estaban riendo, se estaban riendo ⁓ y entonces, hermanos. Ya no.
Ese aterrizó. Saga lo vio aterrizar. Cuarenta personas dijeron mm a la vez, y la vieja que había hecho los pasteles se puso la mano plana en el pecho, y durante unos cuatro segundos el hermano Wouter de Ten-Bel fue, genuinamente y sin ninguna reserva, bueno.
Terminó a las nueve menos diez, sudando a través de un albornoz blanco, con las manos abiertas.
La Palabra no destiñe. La Palabra no se moja.
La Palabra no es un papel que uno rompe cuando se enoja.
Está sellada y está clara y no hay borrón ni desgarrón ⁓
está PLASTIFICADA, hermanos. Plastificada en el corazón.
Y se quedó allí de pie dentro de la luz con el pecho subiéndole y bajándole, con cuarenta personas aplaudiendo, ciento sesenta personas siendo educadas, y treinta adolescentes pegados a la pared del fondo sin hacer un solo ruido.
Y Saga, sentada en el suelo delante, pensó: ah. Para eso es la plastificadora.
Auxi, once años, se rio hasta que Yara le puso una mano en la nuca.
El hermano Eugen vino y se sentó a su lado a los cuarenta minutos.
Lo hizo bien. Pidió permiso primero, con un gesto, y esperó a que ella se corriera, y después se plegó hasta el suelo a su lado con el albornoz sobre las rodillas, y estuvo un rato mirando a Wouter sin decir nada, que era peor que hablar.
"Se lo trabaja muchísimo," dijo al cabo, con calor. "Todas las semanas. Años. La gente puede ser cruel con esto."
Saga no dijo nada, porque estar de acuerdo se parecía a una puerta.
"Tú eres Saga," dijo Eugen.
"Sí."
"Reyes. La hija de Mateo, y de Linnea, la sueca del café." Lo dijo cómodo, como se recita una dirección a la que uno escribe a menudo. "Tú haces la rana. Diez dedos. Y eres la que habla con todo el mundo antes del tarot, que es muy listo, y que no creo que la mayoría de la gente haya caído en ello."
Al estómago de Saga le pasó una cosa fría y lenta.
Eso no lo había resuelto nadie. Aquí abajo no. Eso era una cosa que solo se sabe si le has preguntado a alguien, y después le has preguntado a otro alguien, y después has juntado las dos respuestas y te las has guardado.
"Tienes trece años," dijo Eugen.
"Sí."
"Esa es la buena edad," dijo, con amabilidad, y se volvió a mirarla, y tenía la cara completamente abierta, y detrás de los ojos no había nada más que buena voluntad. "Esa es la edad en la que una persona empieza a querer servir para algo. Le entra a todo el mundo y casi nadie llega a tenerlo. Lo vas a sentir muy pronto, si no lo has sentido ya, y se siente como tener hambre en un cuarto donde no hay comida."
Saga no habría sabido explicar, ni entonces ni ahora, por qué aquella frase fue la cosa más aterradora que le había dicho nadie en su vida. Era verdad. Ese era el problema. Era completamente verdad, y él se la había puesto en la mano como se le pone un caramelo a una niña, y seguía sonriendo, y detrás de ellos doscientas personas de blanco llevaban el compás de BOSSA 2 con la cabeza.
"Aquí la gente sirve para algo," dijo Eugen.
"Yo ya sirvo para algo," dijo Saga.
"Tú tienes un espectáculo," dijo, con suavidad, y dio dos palmaditas en el suelo a su lado como quien acomoda a un perro, y se levantó, y se fue a ser amable con otra persona.
Ella se quedó sentada en el suelo, delante, con un albornoz y los brazos metidos por dentro, al lado de su padre, en un salón de hormigón a tres horas de casa, con su propia ropa en una cesta de mimbre en algún sitio detrás de una puerta, viendo a un hombre sudoroso rapear sobre los ejércitos del cielo encima de un ritmo de bossa nova, y no estaba asustada, exactamente, y tampoco se estaba riendo.
Estaba trabajando.
Porque en aquella vara había seis focos, y dos estaban fundidos, y uno estaba en el circuito equivocado, y una muchacha con cinta en la muñeca se había asegurado absolutamente de que ella lo supiera.
Saga se echó para atrás sobre las manos, en lo oscuro de delante, y miró por encima de las luces al techo del Salón de la Vigilancia.
Allá arriba había una pasarela. Había telar, con las cuerdas amarradas a un varal en la pared de la izquierda del escenario. Y metida en las tablas de aquel escenario, a unos dos metros de donde el hermano Wouter estaba en ese momento explicando, largamente, y en verso, por qué el calendario no es un muro, estaba la costura inconfundible de un escotillón.
Nog niet, pensó Saga.
Todavía no.
Sacó la libreta, por debajo del albornoz, donde no la viera nadie, y no escribió ni una palabra. Sencillamente la abrió por una página limpia y la dejó abierta sobre la rodilla, en lo oscuro, lista.
Unas palabras para los curiosos
- Nog niet: en flamenco y en neerlandés, todavía no. La congregación lleva anunciando el fin del mundo desde los años ochenta, y se ha equivocado en 1984, en 1991, en 2000 y en 2012. Cuando el mundo de verdad se quedó callado ⁓ los barcos, los vuelos, las luces, media isla de gente ⁓ lo comprobaron contra el libro, vieron que no cuadraba, y siguieron esperando.
- Ten-Bel: una colonia vacacional belga de verdad, en la costa sur seca, construida en los años sesenta, bungalós de hormigón de azotea plana en hileras sobre una cuadrícula, con piscina y club social y una cantidad enorme de optimismo. El optimismo se ha ido gastando de manera desigual. WAAKZAAM ⁓ VIGILANTE ⁓ WATCHFUL fue a las tapias bajas en tres idiomas en la primavera de 2027, en una semana, cuando cortaron los cables y pararon los vuelos y por fin, evidente e inconfundiblemente, estaba pasando.
- Bier-Bel: cerveza de plátano, hecha en Ten-Bel, ácida y con levadura y servida fría en jarras de barro. Por un accidente histórico que no planificó nadie, la congregación acabó teniendo en sus manos la cerveza y el biodiésel de la isla, cosa que convirtió a una secta chiquita y rara en una secta chiquita y rara a la que todo el mundo tiene que tratar con educación.
- El Sankyo MelodyMate MM-3: un teclado de plástico, dieciséis ritmos pregrabados. Ha sobrevivido a la empresa que lo fabricó, a la tienda que lo vendió, a la moneda con la que se compró y a la internet que lo reseñó. Va a sobrevivir a todos los de esta historia. El ritmo número cuatro es BOSSA 2.
- Una vara: la estructura de acero de la que un teatro cuelga sus focos, y todo lo que va colgado en ella. Una persona que dice vara en alto en un vestíbulo te está diciendo qué clase de persona es. Saga es esa clase de persona desde los nueve años, en una cueva, en mitad del pase de otro, preguntándole a su padre la diferencia entre un foco que baña y un foco que recorta.
- Una plastificadora: una máquina para sellar un papel dentro de plástico para siempre. Alguien en Ten-Bel lleva doce años manteniendo una en marcha. Piensen lo que eso quiere decir sobre lo que ellos creen que viene, y sobre lo que han decidido que merece la pena hacer permanente.