Episodio 25
Butt Burrito
Ten-Bel. La misma noche, y la mañana siguiente.
Bienvenidos de nuevo a Nivaria. Noticias lentas desde una isla tranquila. Les habla Caitlyn Meeks. Gracias por estar aquí.
A La Tropa la metieron en el bungaló diecinueve, que tenía cuatro camas, once personas y un olor a armario.
Saga se acostó en el suelo sobre una manta doblada, entre Auxi y la pared, y estuvo escuchando a su familia no dormir. Su padre había dicho aquella frase de ponerse furiosa después y luego, siendo su padre, la había cumplido de verdad: se sentaron en el escalón a oscuras media hora y él escuchó todas y cada una de las cosas que ella había notado, y no le dijo ni una vez que se lo estuviera imaginando, y al final de todo dijo: "Tienes razón, y es peor de lo que tú crees, y aun así esta noche no vamos a hacer nada, y te digo por qué."
El porqué era este. Doscientas personas. Sesenta de ellas niños. Un vehículo. Y una congregación que, hasta ese momento, había cometido el delito de ser extremadamente amable.
"No se puede rescatar a gente que no cree estar presa," dijo Mateo. "Vas a ser sencillamente el hombre que estropeó la fiesta."
Sobre la una de la madrugada Saga se rindió, y se levantó, y salió.
La noche en la costa seca no es como la noche en su casa. No hay niebla que sujete el mundo cerca. Es enorme y fría y seca y las estrellas bajan hasta el mar, y la cuadrícula blanca entera de Ten-Bel se extendía allá abajo, debajo de ellas, en silencio, con la palabra desteñida en cada pared.
Ikea estaba sentada en el muro de fuera del bungaló diecinueve.
Llevaba allí, se dio cuenta Saga, un buen rato.
"Tu perro ronca," dijo Ikea.
"Ese es Tibor."
"Ah."
Saga se sentó en el muro. Ninguna de las dos dijo nada durante un rato, que es una cosa que Saga aprendió de tres mujeres en una montaña que se puede hacer con una persona.
"No va a volver," dijo Saga al cabo. "La ropa."
"No."
"Ni siquiera la están lavando, ¿verdad."
"No," dijo Ikea. "No hay agua para eso. ¿La ropa de doscientas personas? Estaríamos bombeando toda la noche. Está en el almacén de debajo del escenario." Lo dijo plano, como se dan unas indicaciones. "Siempre es el almacén de debajo del escenario. Lo hicieron en el fin de semana de jóvenes y lo hicieron en lo de los comerciantes de la primavera y lo van a volver a hacer en marzo."
El pecho entero de Saga se le puso frío y brillante a la vez.
"Lo has visto antes."
"Lo he cargado antes," dijo Ikea. "Estoy en el turno."
Se volvió y miró a Saga bien por primera vez, y a la luz de las estrellas su cara no era la cara que había llevado puesta todo el día.
"¿Te puedo decir una cosa que no te va a gustar?"
"Sí."
"Ustedes no son el asunto," dijo Ikea. "Lo de esta noche no va de ustedes. Los suyos son el público." Se cerró la rebeca por delante. "Hacía falta gente. De fuera, concretamente. Vecinos. Para que cuando pase mañana haya doscientas personas mirando que no somos nosotros, y esté presenciado, y después sea una cosa real que pasó de verdad delante de toda la costa y ya no se pueda echar para atrás."
"¿Cuando pase qué?"
"Me bautizan," dijo Ikea, "en la piscina, a las diez de la mañana."
Lo dijo sin ni pizca de drama, que fue lo que hizo que aterrizara.
"Y después de eso soy miembro. Y por un miembro se puede hablar. Y en primavera, cuando cumpla dieciséis, le van a decir al hermano Eugen que se puede casar conmigo, cosa que ya le han dicho, y que a él le parece una cosa hecha y suave y como debe ser, y no está mintiendo, así lo vive él de verdad."
Saga descubrió que se le habían cerrado las manos en dos puños.
"Pues no te metas en el agua."
Ikea se rio. Fue una risa corta, infeliz, enteramente adulta.
"Llevas aquí once horas," dijo. "No tienes ni idea de lo difícil que es no meterse en el agua."
Esto es lo que Saga aprendió en aquel muro entre la una y las tres de la madrugada, y no apuntó nada de ello, porque Ikea le pidió que no y porque hay cosas que uno se guarda en la cabeza de verdad.
Ikea llevaba dos años planeando irse.
Soñando con ello no. Planeándolo. Sabía que las luces de sala del Salón iban por un cuadro y las del escenario por otro y la cabina de sonido por un tercero, y cuál era cada automático, y que el tercero tenía un baile. Sabía que el varal del telar de la izquierda tenía cuatro cuerdas que funcionaban y que la segunda contando desde la pared bajaba al proscenio. Sabía que el escotillón lo habían pintado por encima en 2019 y lo había vuelto a soltar en 2034 un muchacho que quería esconderse dentro, y que todavía funcionaba, y que el contrapeso era un saco de arena con una soga, y que el mecanismo entero hacía un ruido como de tos.
Sabía dónde estaba la máquina de humo, y que quedaban tres garrafas de líquido, y que nadie más en aquel edificio sabía lo que eran.
Sabía todo esto desde hacía años. Y no había usado nada de ello ni una sola vez, porque una muchacha que se escapa de Ten-Bel a los quince sin nada es una muchacha a la que traen de vuelta de Los Cristianos en tres días dos hombres amables en una furgoneta, e Ikea había visto pasar exactamente eso con un muchacho llamado Joren en 2038 y se había aprendido la lección entera.
"Tienes que tener adónde ir," dijo. "Eso es todo el asunto. Es lo único. Todo el mundo cree que lo difícil es el muro." Miró hacia la cuadrícula. "Lo difícil es el otro lado del muro."
"Vente con nosotros," dijo Saga.
"¿A qué?"
Y Saga abrió la boca para decir con nosotros, claro, a la camioneta, a Querencia, y entonces oyó la voz de su padre en la cabeza, y la volvió a cerrar.
Porque la respuesta era: a una camioneta con once personas dentro que el jueves va a estar en un mercado en Icod. A una familia que la querría y que además estaría a cuatrocientos kilómetros para final de mes. A ningún cuarto, ninguna cama, ninguna puerta, ningún papel, y una congregación con derecho a venir a buscarla, y una costa entera que estaría de acuerdo en que tenían derecho.
"Nosotros no nos llevamos a nadie a oscuras," dijo Saga despacio. "Esa es la regla de mi padre. Nadie se une a nosotros sin que su familia lo sepa."
"Pues la regla de tu padre y mi familia son el mismo problema."
"Sí," dijo Saga. "Ya lo sé. Estoy pensando."
Y se quedó sentada en aquel muro pensando, en el frío, con las estrellas bajando hasta el mar, y lo que le subió de dentro no fue un plan para sacar a una muchacha de un edificio.
Fue un nombre.
"¿De quién es abuela la del escúter?" dijo.
Ikea parpadeó ante el cambio de dirección.
"¿Reinhilde? Es ⁓ no es de nadie, es de todos, lleva aquí desde siempre. Es una anciana. Más o menos. Aquí no hay ancianos, pero ella es una anciana."
"¿La congregación le hace caso?"
"La congregación le tiene miedo," dijo Ikea. "Bebe delante de ellos y nadie le ha dicho nunca ni una palabra."
Saga se bajó del muro.
"¿Dónde duerme el húngaro alto?" dijo. "El de los pantalones propios."
Tibor salió de Ten-Bel a las tres y diez de la madrugada, solo, en el Santana, con las luces apagadas hasta que estuvo abajo en la carretera de la costa.
No hizo ni una sola pregunta. Saga le contó lo que quería y él escuchó con los brazos cruzados, y al final de todo dijo: "Tres horas para arriba, tres para abajo, estoy de vuelta a las diez," y después dijo: "Es una buena idea y no deberías haber tenido que tenerla," y después fue a por las llaves.
Mateo salió en albornoz a despedirlo y los dos tuvieron una conversación corta a oscuras de la que Saga no formó parte, y que terminó con su padre poniéndole a Tibor las dos manos en los hombros.
"Si dice que no," dijo Mateo, "te vuelves igual."
"No va a decir que no."
"Tibor. Si dice que no."
"Pues me vuelvo igual," dijo Tibor, "y lo hacemos por la vía lenta, y tarda dos años, y la muchacha se casa en primavera." Se subió a la camioneta. "Que es por lo que no va a decir que no."
El oficio del domingo empezó a las nueve.
Habían abierto las puertas traseras del Salón para que la sala saliera directa al borde de la piscina, y la mañana entró desde el mar, y era, Saga lo tiene que admitir, precioso. Doscientas personas de blanco en un salón de hormigón gris con la luz entrando a ras del agua. Alguien había puesto flores en botes a lo largo del frente del escenario. La vieja que había hecho los pasteles estaba llorando antes de que hubiera pasado nada, de pura alegría, porque a una muchacha que conocía desde que nació la estaban metiendo del todo dentro.
Esa es la parte que Saga no ha conseguido nunca explicarle a la gente de su casa. Estaban contentos. No era un cuarto malvado. Era un cuarto lleno de gente que quería a una muchacha y que le había preparado una cosa bonita, y que además, sin que ni uno solo de ellos lo hubiera puesto nunca en una frase, les había cogido los pantalones a doscientos desconocidos para que la cosa bonita tuviera un público decente.
El hermano Wouter hizo una lectura y se le quebró la voz por la mitad.
El hermano Eugen habló seis minutos sobre la vigilancia, y sobre cómo el mundo no se había acabado, cosa que era una misericordia, y una señal de que todavía había trabajo, y Saga lo miró y entendió que aquel hombre no se había quedado nunca en su vida a solas con una duda.
Y entonces llamaron a Ikea.
Subió por el pasillo del centro con un albornoz blanco y el pelo suelto por primera vez en todo el fin de semana, y parecía que tenía doce años, y no miró a nadie. Su madre estaba en la segunda fila con las manos sobre la boca. Su padre tenía el brazo estirado por el respaldo del banco.
Saga, cuatro filas más atrás, se sacó el VocaTutor IV de la manga del albornoz.
Es importante ser exactos con el VocaTutor IV, porque todo el que oye esta historia da por hecho que es una cosa ingeniosa, y no lo es.
Es un juguete de habla para niños de 1987. Es amarillo. Tiene nueve botones y un altavoz del tamaño de una moneda, y lo diseñaron para enseñarles a los de cuatro años a pronunciar palabras en español y en inglés, y su personalidad entera es una voz grabada de mujer que dice INCORRECT ⁓ incorrecto ⁓ con un tono de decepción enorme. Saga lo tiene desde los tres años. Su padre le reconstruyó las tripas dos veces y lo sampleó a base de bien en su música.
Hay cinco cosas grabadas en él de su primera infancia, y no hay manera de grabar una sexta desde el día en que el botón de grabar dejó de funcionar. Son estas:
INCORRECT
I LOVE YOU DAD ⁓ te quiero, papá
PAPÁ HAS GAS ⁓ papá tiene gases
ALERT ALERT! PAPA FARTS INCOMING! CLEAR THE BUILDING ⁓ ¡alerta, alerta! ¡pedos de papá entrantes! desalojen el edificio
y, por razones que Saga no ha conseguido explicarle nunca a nadie y que ha dejado de intentar,
BUTT BURRITO ⁓ burrito de culo
Tiene salida de auriculares. Esa es la base técnica entera de todo lo que viene después.
A las nueve y media, durante el segundo himno, una tramoyista de quince años entró en la cabina de sonido en la que lleva entrando cuatro veces por semana desde hace once años, y enchufó un juguete de plástico amarillo en el canal seis, y volvió a salir, y nadie levantó la vista, porque iba con una fregona.
Se metieron en el agua a las diez y cuatro minutos.
Eugen entró primero, por los escalones alicatados de la parte de poco fondo, con el albornoz puesto, y se dio la vuelta, y alargó la mano. E Ikea bajó los escalones y se la cogió, y se quedó de pie a su lado en el agua, con el agua por el pecho, con doscientas personas de pie a lo largo del borde y la luz saliendo de la superficie a todas aquellas caras.
Y Eugen dijo: "Hermana, ¿te presentas por tu propia voluntad y entendimiento ⁓ "
Ikea dijo: "No."
Él no lo oyó. Esa es la parte que no se cree nadie. Llevaba tres palabras de la frase siguiente cuando le llegó, y entonces paró, y dijo, con amabilidad: "¿Perdona?"
E Ikea abrió la boca para decirlo otra vez, a doscientas personas, delante de su madre, con quince años, después de dos años ensayándolo y sin haberlo dicho en alto ni una sola vez.
Y no salió nada.
Saga lo vio desde el borde. Vio a una muchacha que se sabía todos los circuitos de aquel edificio de pie con el agua templada por el pecho, con la boca abierta y sin aire dentro, y vio al cuarto entero empezar, muy suavecito y con amor completo, a moverse hacia ella, a ayudarla, a llevarla en brazos por encima de aquel tropiezo chiquito como se ayuda a alguien con una bolsa pesada.
Así que Saga apretó el botón.
Lo que el Salón de la Vigilancia oyó, a las diez y cuatro de un domingo por la mañana, por un equipo de sonido de teatro construido en 1968 para una colonia de belgas que quería un sitio donde montar funciones de Navidad, a un volumen que sacudió el agua en la superficie de la piscina, fue:
INCORRECT.
El cuarto se paró como si hubiera dado contra una pared.
INCORRECT.
Alguien gritó. Doscientas personas se volvieron a la vez hacia el Salón, y la masa blanca entera giró como un banco de peces.
Y en los cuatro segundos en que todas las caras de Ten-Bel estaban apuntando al fondo del edificio, pasaron tres cosas que llevaba dos años planeando una muchacha con cinta en la muñeca.
Se fueron las luces de sala.
Todos los focos de aquel salón y de todo el borde de la piscina se murieron a la vez, a plena luz del día, cosa que no hace absolutamente nada salvo que doscientas personas den un respingo y miren para arriba ⁓ y allá arriba en la vara, solo, en el circuito equivocado, en el cuarto foco, un único haz blanco y duro se quedó encendido y bajó por el vano hasta la piscina.
Empezó el humo.
Salió del borde en una inundación blanca y baja, de una máquina de humo de 2019 a la que le quedaban tres garrafas, rodando por encima de las baldosas y saliendo por encima del agua, y fue, con aquella luz de mañana entrando a ras, la cosa más bonita que ha pasado nunca en Ten-Bel, y unas cuarenta personas dijeron ohhh antes de poder evitarlo.
Y se abrió el escotillón.
Subió en el escenario con la tos que hace su mecanismo, y el saco de arena corrió para abajo, y del agujero en el suelo del Salón de la Vigilancia, empujadas hacia arriba en la plataformita del montacargas por un muchacho de catorce años llamado Joren al que habían traído de vuelta de Los Cristianos en una furgoneta en 2038 y que llevaba tres años esperando a que se lo pidieran, salieron doscientas seis prendas de ropa.
Pantalones. Camisas. Una cesta de zapatos. La chaqueta amarilla de Auxi. El cinturón de alguien. Todo seco, todo doblado, todo exactamente igual de limpio o igual de sucio de lo que había estado a las cinco de la tarde anterior, saliendo del suelo hacia el humo bajo un único haz blanco mientras un juguete de niños decía, a ciento diez decibelios:
PAPÁ HAS GAS.
No hay ninguna versión de esto que sea digna. De eso se trata. Nunca iba a haber un enfrentamiento en aquel salón, porque un enfrentamiento es una cosa que la congregación sabe ganar. Con una invitación plastificada no se puede discutir. Lo único que se puede hacer es que sea imposible mantener la cara seria.
I LOVE YOU DAD, dijo el Salón de la Vigilancia, con la voz de una mujer decepcionada de 1987.
Los hermanos Chacho estaban en el escenario antes que nadie. No corrieron; llegaron, de la manera en que ellos llegan encima de un alambre, y Ayoze cogió un brazado de pantalones y se puso a repartirlos por la primera fila con la cortesía enorme de un hombre pasando una bandeja de pasteles, y la primera fila los cogió, automáticamente, porque alguien te estaba dando algo.
Un comerciante de Adeje miró la camisa que tenía en las manos. Después la volvió a mirar.
"Esto no está mojado," dijo.
Lo dijo dentro de un silencio, y recorrió el salón entero de punta a punta, y fue lo más alto que dijo nadie en toda la mañana.
ALERT ALERT! PAPA FARTS INCOMING! CLEAR THE BUILDING, dijo el VocaTutor.
ALERT ALERT! PAPA FARTS INCOMING! CLEAR THE BUILDING
Mateo se llevó la palma a la cara de puro asombro mientras doscientas personas en albornoz blanco, un domingo, dentro de una humareda, empezaban a caer en la cuenta de lo que les habían hecho.
Ikea salió de la piscina.
Lo hizo dentro del humo, en lo oscuro, con la sala entera mirando para el otro lado, y esa es la única razón por la que pudo hacerlo. Subió por los escalones del lado de allá y cruzó el borde de la piscina andando y goteando, y llegó a lo alto de la escalerita del trampolín, por encima de todos, y se quedó ahí de pie y lo dijo otra vez.
Y esta vez salió.
"No."
No fue un grito. No hacía falta. El equipo de sonido ya había gritado todo lo que había que gritar, y la sala ya estaba del revés, y la voz plana de una muchacha un domingo por la mañana llega lejísimos cuando doscientas personas acaban de descubrir que están de pie en la ausencia de su propia ropa interior.
"No lo voy a hacer," dijo Ikea. "No he querido nunca. Llevo diciendo que no en la cabeza desde los once años y todo el mundo ha estado oyendo que sí porque soy educada."
BUTT BURRITO, dijo el Salón de la Vigilancia.
Su madre hizo un ruido.
Y su padre ⁓ y esta es la parte en la que Saga ha pensado más que en ninguna otra de aquel fin de semana entero ⁓ su padre se subió la mano por encima de los ojos, y no miró a su hija, y tampoco miró al hermano Eugen, y se puso a reírse. Horriblemente. Como se ríe la gente en los entierros. Y una vez que él empezó, se fueron detrás media docena de los que tenía alrededor, y se le extendió desde él por aquel salón como una grieta por el hielo, porque el humo seguía saliendo y un juguete amarillo seguía sonando y hasta la última alma de aquel edificio estaba en albornoz.
Los Profetas Vigilantes de Ten-Bel llevaban ochenta años esperando una mañana que se recordara para siempre.
La tuvieron.
Anna entró por las puertas principales a las diez y veinte con Tibor detrás, y se paró, porque una sala en la que no entraba desde hacía catorce años estaba llena de humo y de gente a medio vestir y de una maquinita amarilla repitiéndose a sí misma.
"Ay," dijo.
Saga se va a acordar de lo que llevaba puesto su tía hasta el día en que se muera, porque estaba completa y deliberadamente mal: ni ropa de trabajo, ni el delantal, sino el pañuelo bueno de los kois anudado al cuello, y el pelo hecho, y unos zapatos que tuvo que sacar del fondo de algo. Había bajado una montaña a las cuatro de la mañana a pedir una muchacha, y se había vestido para eso, y el efecto en aquel salón era el de alguien llegando al entierro equivocado.
Encontró a Reinhilde donde Reinhilde llevaba sentada toda la mañana, al final de la segunda fila, en el escúter, sin haberse bajado de él.
Las dos se miraron.
Saga estaba lo bastante cerca para oírlo y no le ha contado nunca a nadie la conversación entera. Lo que sí cuenta es esto.
Anna dijo: "Reinhilde."
Y la vieja dijo: "Te cortaste el pelo."
"Hace once años."
"Mm," dijo Reinhilde, y se quedó un rato mirándola.
No se abrazaron. Ninguna de las dos lo intentó. Había humo pasándoles por las rodillas y un muchacho de catorce años en un escenario devolviéndole a un hombre sus propios zapatos, y aquellas dos mujeres, una sentada y otra de pie, en medio de todo aquello, se miraban la cara la una a la otra como quien lee un documento.
"Les cogieron la ropa, Reinhilde."
"Ya sé lo que hicieron."
"¿Lo sabías antes?"
"Lo sabía antes," dijo Reinhilde.
Y lo dijo sin un parpadeo, y no pidió perdón, y no lo explicó, y Anna se lo metió dentro y lo dejó en algún sitio y no lo volvió a coger, y Saga aprendió muchísimo en aquel momento sobre lo que puede sostener la gente que se quiere.
"La muchacha no se quiere bautizar," dijo Anna.
"La oí. La oyó todo el mundo." La boca de Reinhilde hizo algo. "Tiene una voz que llega. Como su madre."
"Se quiere ir."
"Siempre se quieren ir."
"Tiene adónde ir," dijo Anna.
Y entonces dijo la cosa que había venido a decir tres horas montaña abajo a oscuras, y la dijo en la frase más llana que había disponible, a una mujer en un escúter, dentro de una humareda, en un salón lleno de gente en albornoz.
"Puede vivir conmigo. Con cuidado y con cariño. Y con una comunidad que haría cualquier cosa por ayudarla."
Reinhilde Vandermeersch tardó mucho en contestar.
Sacó un cigarro y no lo encendió, cosa que Saga ha aprendido desde entonces que es lo que hace esa mujer en vez de llorar.
"Contigo," dijo.
"Conmigo. Hay un cuarto. Ya tiene una cama dentro y una puerta. La puede cerrar con llave. Puede entrar y salir. Nadie la va a obligar a nada, incluido bajar a cenar." Anna tenía la voz completamente plana. "Sus padres pueden venir cualquier domingo del resto de su vida y yo les doy de comer, y a esa muchacha no le voy a decir ni una palabra sobre Dios, ni en un sentido ni en el otro, y si dentro de un año se quiere volver aquí, la traigo yo misma."
"¿Y tú qué sacas?"
"Saco tener a alguien en la casa," dijo Anna.
Eso fue todo lo que dijo. Reinhilde la miró un momento largo y algo le cruzó la cara a la vieja y se volvió a guardar.
Después dio la vuelta al escúter, y lo condujo por el pasillo central del Salón de la Vigilancia a través del humo, a paso de persona, hasta delante, donde una muchacha de quince años estaba de pie, mojada y temblando, en el escalón de arriba del trampolín, con doscientas personas sin saber qué hacer con las manos.
Y Reinhilde Vandermeersch, que no le ha dicho en catorce años a un alma viviente adónde se fue su propia hija, paró el escúter al pie de aquella escalerita y dijo, en alto, con el español flamenco y plano que toda la gente de aquella sala había conocido la vida entera:
"La muchacha se va a Querencia. Con la cuñada de mi hijo. Se va con una familia, y todo el mundo en este salón me va a oír decir el nombre, y después nadie va a poder decir que se la llevaron de noche."
Miró alrededor de la sala.
"Repítanmelo. ¿Adónde va?"
Y doscientas personas en albornoz, por ochenta años de costumbre, dentro del humo, se lo repitieron.
Salieron a las dos de la tarde, a plena luz, con la congregación entera de pie en la carretera.
Esa fue la condición de Mateo y no cedió ni una vez: de noche no, deprisa no, callados no.
La madre de Ikea hizo la bolsa.
La hizo bien, y tardó una hora, y Saga vio parte de lo que entró en ella por la ventana del bungaló: la rebeca buena, y un montón de ropa interior doblada, y un cepillo del pelo, y un frasco de encurtidos, y una fotografía. La hizo como se hace una bolsa para una hija que se va a un sitio frío. Lloró todo el rato y no paró ni una vez y no hizo ni un ruido por ello.
Después la sacó fuera y la dejó en el escalón, y se echó para atrás, y juntó las manos por delante.
No se la dio en la mano.
Ikea estaba a unos dos metros, en la carretera, y miró la bolsa en el escalón y lo entendió, y no se movió durante un momento, y después se acercó y cogió su propia bolsa del suelo delante de cuarenta personas.
"Gracias," dijo.
Su madre miró a la pared del bungaló, a un punto como a un metro a la izquierda de la cabeza de su hija, y dijo, a Anna:
"Ahí dentro va un jersey que hay que remendarlo por el codo. Ella no lo va a hacer. No lo hace nunca."
"Yo me encargo," dijo Anna.
"Tiene que comer por las mañanas. Dice que por las mañanas no tiene hambre y sí tiene."
"Yo me encargo."
"Gracias," dijo la madre de Ikea, a Anna, y se metió otra vez en el bungaló y cerró la puerta, y no miró a su hija ni una sola vez, de principio a fin, porque la quería.
Eso hay que decirlo llanamente, porque todo el que oye esta historia lo entiende mal. No estaba siendo cruel. En aquella mujer no había crueldad por ninguna parte. Le habían enseñado, a lo largo de cuarenta años, gente de la que se fiaba, que cuando alguien se sale de la congregación lo que se hace por amor ⁓ lo único que se hace por amor, lo que los trae de vuelta a casa ⁓ es dejar de conocerlos, para que el frío les trabaje encima como el tiempo hasta que vuelvan. Se lo creía completamente. Estaba haciendo la cosa más difícil que había hecho en su vida, un domingo, en una carretera, delante de sus vecinos, por el bien de su hija.
Fue lo peor que Saga había visto hacer a nadie, y la mujer que lo estaba haciendo creía que estaba salvando una vida.
El padre de Ikea salió y se puso delante de Mateo.
"Usted querrá saber cómo queda la cosa," dijo. Estaba formal, y estaba claro que lo llevaba preparado, y las palabras no eran palabras suyas. "Mientras esté fuera no le hablamos. Eso no es un castigo. No es un castigo." Lo dijo dos veces porque le importaba. "Es una puerta que se queda abierta. Cuando esté lista sabrá dónde estamos, y todo está exactamente igual que estaba, y no se le tiene nada en cuenta. Nada de nada."
"¿Y hasta entonces?"
"Hasta entonces no la conocemos," dijo el padre de Ikea.
Alargó la mano, y Mateo se la cogió, y se la estrechó, porque con una mano no hay otra cosa que hacer.
"Cuídemela," dijo el padre de Ikea.
"La cuido," dijo Mateo.
Y entonces el hombre se dio la vuelta, y pasó por delante de su propia hija a un metro de distancia, y se metió en el bungaló detrás de su mujer.
Saga miró a Ikea. Ikea estaba de pie en la carretera sujetando su bolsa con la barbilla alta y los ojos absolutamente secos, y no parecía sorprendida, ni un segundo, y esa fue la parte que Saga no se pudo quitar de la cabeza después.
Lo sabía. Llevaba dos años sabiendo exactamente lo que le iba a costar, y le había puesto precio, y lo hizo igual, y necesitaba tener adónde ir precisamente por esto. Tienes que tener adónde ir. Eso es todo el asunto. Es lo único.
Anna fue y se puso a su lado. No la abrazó y no le dijo nada de consuelo, porque ella misma había estado una vez en el lado malo de una familia y sabía exactamente lo poquísimo que hay que decir en los primeros diez minutos.
Cogió el asa del otro lado de la bolsa, de manera que la estaban sujetando las dos.
"Bueno," dijo. "Súbete a la camioneta."
El hermano Eugen no estaba en la carretera. Saga lo buscó y no lo encontró, e Ikea, que la vio buscando, dijo: "Está en la cabina. Va a estar en la cabina todo el día. No es un monstruo, es que nunca le habían dicho que no en alto, y no tiene dónde meterlo."
Y el hermano Wouter, que sí estaba en la carretera, y que estaba llorando, y al que nadie le había dicho ni una palabra fea en todo el fin de semana, le dio la mano a Ikea durante once segundos y después fue y sacó algo del Salón y volvió y se lo dio.
Era el Sankyo MelodyMate MM-3.
"Quédatelo tú," dijo. "Tú le vas a sacar más provecho."
Y se volvió a meter dentro, e Ikea se quedó allí de pie sujetando un teclado de treinta euros de 2013 con dieciséis ritmos pregrabados, y Saga le miró la cara y tuvo que apartar la vista.
Anna le dio a Ikea la cama de la alcoba, que es la cama en la que duerme Saga cuando baja la niebla.
Saga se enteró de esto cuatro días después, en el mercado de Icod, cuando salió en medio de otra cosa, y desde entonces ha sido honesta consigo misma sobre el hecho de que lo notó pasarle por dentro como agua fría y que de eso no está orgullosa. Duró unos seis segundos. Después pensó en una muchacha que no había tenido en su vida una puerta que pudiera cerrar, y se le fue, y se le ha quedado ido casi del todo.
Anna pone un cubierto de más en la mesa los domingos.
No ha explicado nunca por qué, y nadie en aquella casa se lo ha preguntado jamás, y lo hace todas y cada una de las semanas. Lo pone y después lo recoge otra vez y lo friega con todo lo demás.
No vino nadie en diciembre. No vino nadie en enero.
En marzo subió la montaña la autocaravana de la congregación.
Todo el mundo en esta isla conoce ese vehículo. Es una Hymer diésel de por 2009, ocho metros de ella, color crema y volviéndose tiza, con WAAKZAAM pintado a lo largo de los dos costados en letras de un metro y una placa solar en el techo que lleva ahí desde antes del Quiet. Es la autocaravana de misión. Sale quince días seguidos, dos veces al año, por la costa norte y por los Anagas, y si has vivido en Tenerife un tiempo cualquiera le has abierto la puerta alguna vez. Quema el biodiésel de la propia congregación, que es la única razón por la que un vehículo de ese tamaño se sigue moviendo en esta isla.
Atornillado a la trasera, encima de la bola de remolque, lleva un elevador hidráulico para el escúter.
Subió el último kilómetro de la carretera de Querencia en segunda con todo lo de dentro traqueteando, y paró en la plaza, y el elevador bajó con un chillido que sacó a unas nueve personas de sus casas, y Reinhilde Vandermeersch descendió al monteverde en un escúter eléctrico de dos plazas de resort como un obispo llegando en grúa.
Conducía el hermano Eugen.
Lo había obligado ella. Nadie ha llegado a establecer cómo, y Saga lo ha preguntado dos veces. Bajó a la vieja de la mano, y se volvió a meter en la cabina, y se quedó allí una hora y cuarenta minutos con la ventanilla abierta y un libro, y no entró, y no se le pidió que entrara, y a los veinte minutos de visita Anna cruzó la plaza con un plato ⁓ papas, y un trozo del queso bueno, y dos caramelos de anís ⁓ y llamó a la puerta de la autocaravana de misión y se lo dio sin una sola palabra, y se volvió a meter dentro.
Se lo comió. Después lavó el plato en la fuente y lo dejó en el escalón, limpio.
Reinhilde se quedó una hora y cuarenta minutos. Comió. Fumó en el patio y miró las terrazas de café y dijo que estaban mal plantadas, cosa que no era verdad. No mencionó ni una sola vez a la congregación, y no le hizo a Ikea ni una pregunta sobre cómo estaba, y habló en cambio, casi una hora entera, de un perro que tuvo en Brujas en 1994, que es posiblemente la cosa menos útil que podía haber elegido para hablar y que Ikea ha descrito después como la más amable.
En el portón, ya yéndose, le dijo a Anna: "No van a venir. Eso lo sabes."
"Lo sé."
"Y lo pones igual."
"Sí."
"Mm," dijo Reinhilde, y apagó el cigarro en la suela del zapato y se metió la colilla en el bolsillo, porque estaba de visita.
"Vuelve," dijo Anna.
La vieja no contestó a eso. Metió el escúter en el elevador, y el elevador la subió con un chillido a la trasera de la autocaravana de misión, y el hermano Eugen le cerró la puerta y se subió y dio la vuelta a aquella cosa enorme color crema en una plaza construida para burros, en unas once maniobras, con alguien de catorce años dirigiéndolo mal.
Ha vuelto cuatro veces desde entonces. Cada vez le tiene que pedir a alguien que la lleve, y cada vez se lo pide a una persona distinta, y Saga ha llegado a entender que eso no es porque se le estén acabando los favores.
Es porque cada uno de ellos ha subido ya aquí arriba y lo ha visto.
Y no ha traído nunca ni un recado de nadie, porque no ha habido nunca ninguno.
Las recetas de la cerveza de plátano subieron la montaña en la tercera semana, de puño y letra de Ikea, de memoria ⁓ llevaba en el turno de elaboración desde los once años, y resulta que cuando una congregación le hace a una niña hacer un trabajo durante cuatro años también le está enseñando el oficio.
Anna las pasó a limpio. Maddy hizo los cálculos, las formalizó, les puso una portada, e hizo una pregunta de aclaración sobre las lecturas del densímetro que las mejoró.
Y un martes de enero salieron por la mesh a todos los nodos de la isla, abiertas, gratis, sin condiciones, junto con el proceso del biodiésel, que resultó tener cuatro páginas y no ser difícil.
Nadie atacó Ten-Bel. Nadie lo boicoteó. Nadie dijo nunca ni una palabra contra los Profetas Vigilantes, y los comerciantes siguieron yendo al encuentro de diciembre, y la comida siguió siendo extraordinaria.
Es sencillamente que para el otoño siguiente había nueve personas haciendo cerveza de plátano en esta isla, y para el año de después había treinta, y una de ellas era una mujer de Icod que le echó tuno y la hizo mejor.
No hace falta derrotar a una cosa que tiene a la isla cogida por el cuello.
Basta con darle a todo el mundo un par de manos.
Han estado escuchando Nivaria. Soy Caitlyn Meeks. Gracias por hacerme compañía. Cuídense unos a otros. Y cuídense a ustedes también. Y nos vemos en el monteverde.
Unas palabras para los curiosos
- El VocaTutor IV: un juguete de plástico amarillo para enseñar a hablar a niños de cuatro años, fabricado en 1987, cinco frases, un botón de grabar que dejó de funcionar hace años, una salida de auriculares. Las intenciones de su autor eran educativas. Ahora ha sido la voz más alta de un oficio religioso, y no hay manera de grabar por encima de nada de aquello, y no la va a haber nunca.
- Butt burrito: nadie lo sabe. Saga tenía tres años. Mateo jura que él no fue. Linnea no ha comentado nunca nada, cosa que dentro de esa familia se tiene por una respuesta.
- El almacén de debajo del escenario: todos los teatros tienen uno. Este es seco, es hondo, y da de sobra para la ropa de doscientas personas, que es una cosa que alguien calculó una vez y después sencillamente supo.
- Nog niet, otra vez: siguen esperando. Le dieron de comer a todo el mundo, aquel diciembre y el siguiente. Equivocarse sobre el fin del mundo no es lo mismo que ser un mal vecino, y esta isla ha tenido que aprender a sostener las dos cosas a la vez, y casi siempre lo consigue.
- Los catorce años de silencio: Reinhilde Vandermeersch se puso de pie delante de su congregación entera y dijo, en alto, adónde iba una muchacha y con quién iba, para que nadie pudiera fingir después otra cosa. Sigue sin haberle dicho a nadie adónde se fue su propia hija. Se lo volvieron a preguntar, aquella tarde, en la carretera, bajito, la única persona con derecho a preguntarlo.
Dijo que no.