Episodio 26
Sila
El Fraile, y después Querencia de los Helechos. Tres días de enero de 2042.
Bienvenidos de nuevo a Nivaria. Noticias lentas desde una isla tranquila. Les habla Caitlyn Meeks. Gracias por estar aquí.
El aparato de la mesh del desguace de El Fraile vivía dentro de una panera.
No era un chiste y no era un apaño. La panera era de chapa, la panera tenía bisagra, la panera estaba puesta bajo el toldo justo donde caía el goteo de la esquina, y en catorce años lo que había dentro no se mojó ni una sola vez. La puso ahí Pipaluk. Tenía sentimientos fuertes sobre la diferencia entre una solución y una costumbre, y te explicaba, largo y tendido, que una costumbre es una solución que alguien dejó de mirar.
Lo miró a las seis de la mañana porque estaba despierta, y había un mensaje de Anna, mandado a una hora que no era asunto de nadie.
sigues trabajando en enero o hibernas como las artistas de verdad
Pipaluk escribía con dos dedos y sin ninguna prisa.
estoy trabajando. siempre estoy trabajando. a la tierra le da igual el mes que sea.
bien. súbete.
súbete adónde.
aquí. tráete a skjørn. no traigas nada más, aquí tenemos de todo.
eso es lo que dice la gente que no tiene de todo
tenemos de todo, escribió Anna, y además ahora tengo una muchacha viviendo en mi casa y no te he hablado de ella y no lo voy a hacer por la mesh a las cuatro de la mañana.
Pipaluk leyó eso dos veces.
Ella y Anna se conocen desde hace veintiún años. Se encontraron en una oficina de Roslindale, en una ciudad que ya no está ahí de la manera en que estaba, y lo primero que Pipaluk le dijo en su vida a Anna Doherty fue una queja sobre un vano. Veintiún años. A estas alturas tienen entre las dos una taquigrafía que cabría en un sello.
cuánto nos podemos quedar, escribió.
en la casa larga siempre hay una cama. siempre. eso es la casa larga entera.
eso no es una respuesta.
es la única respuesta que tenemos, escribió Anna. aquí nunca nadie ha contado los días que se quedó nadie. vénganse el viernes. stef sube vacío.
Pipaluk cerró la panera, y echó el cierre, y se quedó de pie en el patio con el frío y con las manos metidas en las mangas, mirando el cielo de El Fraile pasar de negro al color de un cristal sucio.
Después entró y despertó a su marido y le dijo que se iban para el norte, y Skjørn ⁓ que lleva veintisiete años casado con ella y ha aprendido exactamente una cosa al respecto ⁓ dijo "¿cuánto tiempo?", y después, antes de que ella pudiera contestar, "me llevo la lana".
Skjørn Thorbjornsson era feroés, lo que en esta isla quería decir que era el único, dato que sacaba a relucir más o menos una vez por semana y del que no se había cansado jamás.
Tenía cincuenta y cuatro años y estaba construido como una de esas cosas a las que se amarra un barco, y era el hombre más hablador del sur de la isla. Tenía tres anécdotas de cada ser humano que había conocido en su vida, incluida gente a la que vio una sola vez, en un aeropuerto, en 2009. Hacía preguntas y después escuchaba de verdad las respuestas, cosa más rara que el encanto y que es, en el fondo, lo que la gente quiere decir cuando dice encanto. Las cosas le encantaban. Le encantaba casi todo. Hacía catorce años que se había acabado el mundo, y él se había pasado desde entonces cada día encontrando alguna parte del naufragio genuinamente fascinante, y no era una actuación y no era negación. Pipaluk se casó con eso a propósito en 2015 y no se ha arrepentido nunca, y lo dice más o menos con la misma frecuencia con la que él menciona que es feroés.
Además tejía.
Lo aprendió de su abuela en Vágur antes de saber leer, y hacía los dibujos viejos de memoria, los que tienen nombre, y los hacía rápido, y los hacía hablando, lo que quería decir que los hacía casi todo el rato. Habría unas cuarenta personas en Tenerife andando por ahí con jerséis que llevan el tiempo de una roca del Atlántico Norte tejido en los hombros y sin la menor idea de ello.
Se montó en la camioneta con una bolsa de lana y empezó una historia antes de que se cerraran las puertas. Pipaluk se montó con un metro plegable, dos formones, una libreta y ninguna ropa digna de mención.
"Te has traído las herramientas," dijo Skjørn, a mitad de frase, sin soltar la historia, "y ningún pantalón."
"Tengo pantalones."
"Llevas puestos unos pantalones. Esos son los pantalones. Esa es la dotación entera." Montó los puntos. "En fin ⁓ o sea que el hombre me dice, y acuérdate de que él no se ha subido a un barco en su vida ⁓ "
Stef los subió por la carretera madre y después se salió de ella, y la isla hizo lo que hace la isla, que es dejar de ser un sitio y empezar a ser otro sin avisarte nunca de cuándo.
Pipaluk habría hecho ese viaje unas seis veces en catorce años y le hacía lo mismo todas las veces. El sur es su casa ahora en el sentido en que un abrigo que no elegiste es tu abrigo: seco, luminoso, honrado, del color de un león, todo visible a todas horas. Y entonces subes por el hombro de la montaña y bajas por el otro lado y el mundo te pone una mano sobre los ojos.
La niebla los cogió por encima de El Tanque. No era tiempo, exactamente. Era un sitio, en el que se entra conduciendo.
"Sila," dijo.
Skjørn hizo un ruido de conformidad sin levantar la vista de la labor.
No hay buena manera de meter sila en español ni en inglés, y Pipaluk dejó de intentarlo hace unos treinta años. Es el tiempo que hace. Es también el aire, y el afuera, y el mundo entero considerado como una sola cosa que está transcurriendo a tu alrededor le prestes atención o no se la prestes, y es además, de una manera que a la gente de los países templados le resulta irritante, algo parecido a una conciencia. No la tuya. La suya.
En groenlandés uno no tiene tiempo. El tiempo te tiene a ti.
El monteverde se cerró por encima de la carretera, y la niebla venía por dentro en sogas lentas, y todas las hojas de los dos lados estaban cargando agua y soltándola, y el sonido que entraba por la ventanilla bajada no era lluvia y no era silencio. Stef redujo y no dijo nada, porque Stef no dice nunca nada, que es una de las cuatro mejores cosas de Stef.
Y entonces los árboles se abrieron y ahí estaba Querencia.
Esto es lo que vio Pipaluk, y ella está profesionalmente obligada a mirar bien las cosas, así que le llevó unos cuarenta segundos y lleva pensándolo desde entonces.
Era más grande de lo que esperaba y más chico de lo que suena. Trescientas personas, le habían dicho, lo que en esta isla lo convierte en pueblo y no en caserío, pero no se leía ni como una cosa ni como la otra, porque no estaba trazado. Había crecido en anillos. Abajo del todo había una plaza aterrazada en dos niveles con una fuente, y todo lo demás se había ido acumulando alrededor de eso como se acumula el liquen: casas que habían sido corrales, casas que habían sido caravanas y después dejaron de serlo, un salón largo de piedra a lo largo de un costado con la chimenea trabajando, y después, cuesta arriba y hacia dentro de los árboles, más de lo mismo, cada vez más ralo, hasta que ya no sabías decir dónde se acababa el pueblo y dónde empezaba el bosque, porque nadie lo había decidido nunca.
No había una sola línea recta en ninguna parte.
Ni una. Las paredes eran curvas y enlucidas, y el enlucido tenía azulejo roto incrustado en dibujos que eran claramente obra de unas nueve personas distintas a lo largo de unos quince años, algunas de ellas niños. Los vanos no eran rectángulos. De las paredes salían bancos como si a la pared se le hubiera ocurrido. Había un horno de pan que era además un banco y que era además, visto desde el norte, un animal grandísimo durmiendo.
Pipaluk se bajó de la camioneta en la niebla y se quedó ahí de pie con la bolsa al hombro y sin moverse el rato suficiente para que Skjørn viniera y se pusiera a su lado.
"¿Quién diseñó esto?" dijo.
"Nadie," dijo Stef, sacando los formones de la caja. "Pasó y ya."
Y Pipaluk, que se ha pasado la vida laboral entera mirando lo que la gente construye y diciendo en voz alta la cosa exacta al respecto quiera o no quiera oírla nadie, no dijo absolutamente nada.
Anna cruzó la plaza a una velocidad que no era digna.
Traía harina hasta el codo y llevaba el pañuelo estampado de kois anudado al cuello, y agarró a Pipaluk por los dos brazos y la miró hacia arriba ⁓ Pipaluk es muchísimo más alta ⁓ y dijo "tienes una cara horrible", y Pipaluk dijo "tú estás vieja", y después no dijo nada ninguna de las dos durante un rato, en medio de una plaza, en la niebla, delante de todo el mundo, y una mujer que pasaba con una cesta no hizo ningún comentario.
Y entonces le llegó Skjørn, y la levantó en peso.
Del suelo entero, con los dos brazos, como se coge a una criatura o a un saco, mientras ella hacía un ruido de indignación absoluta contra su hombro, y él ya estaba hablando.
"Anna Doherty. Anna Doherty. Eres una vergüenza, vives dentro de una nube, no hay quien llegue hasta ti, a mí me han tenido que traer, y mírate, estás llena de harina, ¿eres feliz? Tienes cara de feliz. ¿Eres feliz? No contestes, que vas a mentir, se lo pregunto a la muchacha."
"Bájame."
"Ahora." La bajó. "Treinta años."
"Treinta años," concedió Anna.
Esta es la parte que hay que decir, porque la visita entera se apoya en ella y en Querencia no lo sabía nadie: Anna Doherty y Skjørn Thorbjornsson montaron juntos una empresa en un piso de Reikiavik en 2012. Dos cuartos, cuatro personas y un plan para desmontar la industria entera del videojuego desde abajo. Funcionó. Ese fue el problema. Creció y cogió dinero y se fue convirtiendo por grados exactamente en la cosa que se había construido para destruir, y ninguno de los dos ha terminado nunca de superar habérsele dado bien.
La primera vez que Anna lo vio en su vida estaba boca abajo en el sofá de aquel piso a las once de la mañana con un zapato todavía puesto.
Ella ha contado esa historia unas seiscientas veces. Él no le ha pedido ni una sola vez que pare.
Después se echó atrás y sacó de la bolsa un jersey de un marrón gris hondo, sin teñir, con el dibujo trabajado en bandas por el canesú, y se lo puso en las manos y no hizo de ello ningún asunto.
"Es enero," dijo.
"Skjørn ⁓ "
"Es enero," dijo, como si eso lo zanjara, y lo zanjó.
La casa larga tiene una cama para cualquiera, y esto no es hospitalidad. Es política.
A Pipaluk se lo explicaron tres veces distintas tres personas distintas en su primera hora allí, y cada una lo explicó un poquito diferente, cosa que ha decidido desde entonces que es el dato más Querencia que hay sobre Querencia. La versión que más le gustó vino de una mujer llamada Idaira, que hace la hornada del amanecer en la panadería y se había pasado a ver a los visitantes camino de su casa a dormir, y que lo dijo mientras se comía el pan de otro:
"Si no hay cama, la gente pregunta antes de venir. Y si la gente pregunta antes de venir, solo viene cuando es importante." Se encogió de hombros. "Y entonces no ves a nadie nunca."
El salón en sí era un solo cuarto largo bajo vigas viejas de tea, con una mesa de losa por el medio en la que caben cuarenta y una cocina al fondo hecha para dar de comer a un pueblo. Se levantó en los años del coliving, cuando dentro se daban clases de yoga y danza extática, y esto también se lo contaron dos veces, las dos con la misma cara, que era la cara de la gente que ha heredado un edificio de una versión anterior y más boba de sí misma y ha decidido tomárselo con cariño.
Ahora sostiene las cenas comunes, y las bodas, y los velorios, y las reuniones, y todo lo que tiene que pasar bajo techo cuando está mojado.
La cocina va por turnos. A todo el mundo le toca. Pipaluk preguntó quién organiza los turnos y le dijeron "está en el cuadrante", y preguntó quién lleva el cuadrante, y recibió un encogimiento de hombros de una calidez tremenda y ninguna información en absoluto.
La muchacha estaba en la cena.
A Pipaluk le habían dicho que había una muchacha y no le habían dicho nada más, y le llevó casi la cena entera averiguar cuál era, porque en aquella mesa había nueve personas de menos de veinte años y todas estaban gritando.
Y entonces la vio. Dieciséis, quizá. Sentada un sitio por detrás del ruido con las dos manos alrededor de una taza. Mirando el cuarto como se mira un cuarto cuando todavía estás comprobando si es seguro relajarse dentro, y haciéndolo bien, y sin saber que alguien pudiera verla hacerlo.
Pipaluk conoce esa cara desde dentro de la suya.
No fue a hablar con ella, porque una mujer de cincuenta y seis años cerniéndose sobre una muchacha durante la cena es una manera de convertir a una muchacha en un proyecto. Esperó dos días.
Lo que hizo en cambio fue ver a una niña de catorce años llamada Saga Reyes bajar por la mesa con un plato y ponérselo delante a la muchacha y sentarse a su lado sin pedir permiso, y decirle algo, y la muchacha se rio, y el ruido del cuarto se cerró por encima.
Ah, pensó Pipaluk. Bien. Ya tiene una.
El agua se paró el sábado, sobre las nueve de la mañana, en mitad del día de todo el mundo.
No se paró dramáticamente. No hubo ningún golpe. El grifo de la cocina de la casa larga tosió dos veces y se quedó en un hilo y después en nada, y un hombre al que Pipaluk no conocía dijo, sin la menor alarma, "ah, nos quedamos sin", y se secó las manos.
A los cuatro minutos estaba claro que la mitad de arriba del pueblo entero estaba seca.
A los siete minutos alguien llamó a la puerta de la casa larga y asomó la cabeza y dijo "la atarjea", que por lo visto era una frase completa.
Y a los veinte minutos Pipaluk iba subiendo desde la plaza con un macuto de lona al hombro, porque cuando tienes en el salón a una forastera que hace arte con la tierra el día en que se va el agua, te la llevas contigo, y todos los implicados lo entendieron sin gastar en ello ni una palabra.
Ha pensado en aquella subida más que en ninguna otra cosa que le pasara en todo el año.
Querencia saca el agua de donde la ha sacado siempre esta isla, que es de la niebla. De la lluvia no. De la niebla. El monteverde la peina del aire ⁓ cada hoja de cada laurel con el agua cuajándosele encima y corriendo y soltándose, todo el día y toda la noche, un bosque entero ordeñando una nube en silencio ⁓ y el agua se mete en la tierra, y sale más abajo en forma de nacientes, y hace cuatrocientos años la gente empezó a poner canales de piedra para recogerla y no ha dejado de funcionar ni un día desde entonces.
Pipaluk lo sabía en teoría. Nunca había caminado una.
Subieron por las terrazas de encima de la plaza: Ferran, que atiende a los animales sueltos y sabía el camino; una señorita llamada Auxi que tiene doce años y se había nombrado a sí misma; y los dos visitantes. Ferran es un hombre compacto y curtido que lo mismo tiene cuarenta que sesenta, y habla como habla la gente que se pasa casi todo el tiempo con animales, que es bajito y sin dirigirse a nadie en particular.
Fue nombrando cosas toda la subida. Las plantas no. Los perros.
"Esos de allá arriba son los de Rigel," dijo, de un crujido lejano en la maleza. "Seis. Van por lo alto y bajan al agua. En el barranco está Bellatrix, cuatro, y a Bellatrix no le gustan los hombres. Y hay una joven a la que va a haber que llamarla algo para la primavera y todavía no lo he decidido."
"Le has puesto a todos los perros de esta montaña nombre de estrella," dijo Pipaluk.
"De las de Orión, casi todas, y después se me acabaron y me fui para afuera." Le sujetó una rama. "La niña le puso Sirius a su perro con seis años. No se lo dijo nadie. Yo no le he dicho nunca nada de eso a nadie."
Lo dijo con un significado tremendo y no lo explicó, y Pipaluk decidió que le caía enormemente bien.
La atarjea es una cosa hermosa, y Pipaluk lleva desde entonces volviendo sobre ella en la cabeza por las noches.
Era una canal de piedra picada a mano, del ancho de un antebrazo, siguiendo la curva de nivel de la ladera por debajo de los laureles con una pendiente demasiado leve para verla e imposible de no oír. Había tramos de cuatrocientos años. Había tramos rehechos hace ocho. No siempre sabía distinguir cuál era cuál, y donde sabía, era porque la obra nueva estaba mejor hecha, cosa que no esperaba y que apuntó.
Iba peluda de verde por los costados y limpia por el medio. Se metía por debajo de las raíces y salía por el otro lado. Dos veces cruzó un vacío por un puentecillo de piedra asentada que alguien había levantado para que el agua caminara por encima, y ninguno de los dos puentes tenía adorno ninguno, y los dos eran preciosos.
Y cada cuarenta metros, más o menos, había una toma: la cantonera de piedra con su tablilla metida, donde a una casa o a una terraza o a la plaza entera de allá abajo se le da el agua o no se le da, moviendo una tabla.
Esa es la tecnología entera. Una tabla. Una ranura. Alguien que sabe de quién es la dula.
Encontraron el problema dos kilómetros más arriba: una rama de laurel, gorda como un muslo, caída en la noche, y con ella media ladera de hojarasca, y la atarjea ciega y apretada y el agua saliéndose por el costado y yéndose cuesta abajo por un sitio donde no tenía nada que hacer, descalzando el sendero de debajo desde hacía seis horas sin decírselo a nadie.
"Eso," dijo Ferran, "es una mañana."
Les llevó tres horas y fue absorbente del todo y Pipaluk disfrutó más que con ninguna otra cosa desde el verano. La rama se saca a trozos. La atarjea se limpia a mano, con las manos, porque una herramienta le quita el musgo a la piedra y el musgo está haciendo un trabajo. El sendero descalzado se recalza con lo mismo que se le cayó. Y no se camina, bajo ningún concepto, por el labio de abajo estando mojado, cosa que hizo Auxi, y por eso Auxi se fue para casa con una bota llena de agua y una dignidad enorme.
Skjørn levantó como el doble que cualquiera de los que estaban allí y no paró de hablar en tres horas, y al final Ferran ⁓ que no es hablador y no los fomenta ⁓ se estaba riendo tan fuerte de una cosa de una boda feroesa que tuvo que sentarse en la rama que se suponía que estaba cortando.
Y una vez, bajando por el labio mojado de la atarjea con un tramo de laurel de dos metros al hombro, se cruzó con Auxi que subía, y no había sitio, y antes que parar la historia sencillamente giró ⁓ arriba sobre la planta de una bota, la rama dando la vuelta con él como una verga, todo en una sola revolución sin prisa ⁓ y salió de ella mirando para el otro lado con el peso ya yéndosele hacia delante y la frase ni siquiera interrumpida.
Auxi se paró en seco.
"Nueve años," dijo Skjørn, por encima del hombro, sin que nadie se lo preguntara. "Tórshavn. Todos los martes y todos los jueves hasta los diecisiete, que me puse demasiado pesado para los alzados." Una pausa. "No me puse demasiado pesado. Eso es lo que dijeron ellos." Otra pausa, ya más lejos. "Me puse un poquito demasiado pesado."
La finca de Talvin estaba en lo alto, en la cresta, donde estaban los alambres.
La oyeron antes de verla. A Pipaluk le habían hablado de las antenas y había dado por supuesto algún tipo de torre, y no era una torre; era una ladera entera de alambre tendido entre postes y árboles viejos, y cuando el viento subía por la cresta los alambres cantaban ⁓ cantaban de verdad, una nota grave sostenida con armónicos dentro, el sonido de un instrumento grandísimo tocado muy despacio por nadie.
Se quedó de pie en el patio escuchándolo un minuto entero con los ojos cerrados.
"Tienes el mejor sonido de esta isla," dijo, cuando salió el hombre de la radio. "¿Lo sabías?"
Talvin Jelfs se lo tomó con la seriedad de un hombre al que no le han hecho jamás un cumplido por algo que no construyó a propósito.
"Es la tensión," dijo. "En agosto se desafinan para abajo."
Les dio té a todos. Les dio de comer, sin preguntar si querían comer, de un caldero que era claramente el caldero del que come él todos los días. Es un inglés alto y anguloso de unos cuarenta y tres años, con los modos de alguien que ha pensado tanto en la última década que hablar se le ha vuelto un procedimiento levemente extranjero, y está, se fijó Pipaluk, honda y sencillamente encantado de tener cuatro personas en su patio.
Le preguntó por la atarjea.
Y él se levantó, y sacó una pizarra con un mapa dibujado a mano que era mejor que ningún mapa que ella hubiera visto desde que el mundo se quedó callado, y habló veinte minutos de agua.
Dónde está cada toma. Cuáles tres pierden, y cuánto. Qué tramo se ciega de tierra en noviembre y qué tramo no lo ha hecho nunca. Los dos sitios donde la acequia cruza una falla de la roca y hay que mirarla después de un temblor. La cantidad exacta que el sistema entero pierde por evaporación y por musgo en una semana caliente de agosto, que la sabe, porque la midió, a lo largo de tres veranos, sin que nadie se lo pidiera y sin motivo ninguno.
Pipaluk lo escuchó todo y después dijo, con cuidado:
"¿Quién hace el mantenimiento?"
"Todo el mundo," dijo Talvin. "Va por turnos."
"Sí. ¿Y quién hace lo demás?"
La miró con la cara de un hombre al que le acaban de hacer una pregunta en un idioma que no sabía que estaba hablando.
"No hay lo demás," dijo.
La verdad se la sacó a Ferran en la bajada, y tuvo que preguntar dos veces, y Ferran la soltó como se entrega una cosa que no sabías que tenías en la mano.
Los turnos eran de verdad. Los turnos funcionaban. Como un sesenta por ciento del tiempo los turnos bastaban perfectamente, y Querencia no se estaba mintiendo sobre eso, y nadie más tampoco.
Y todas las mañanas, sin faltar una, al primer claro, desde hace nueve años, Talvin Jelfs se recorre la atarjea entera.
Entera. Cinco kilómetros para arriba y cinco kilómetros para abajo, pasando por todas las tomas, con un palo, antes de que nadie más esté bien despierto. No da parte de ello. No está en el cuadrante. No ha dicho ni una sola vez que lo hace, y cuando cayó la rama el sábado él ya había pasado por ese punto a las seis y media y no había visto nada, porque cayó a las ocho, y Pipaluk saca esa cuenta de pie en un sendero mojado y tiene que dejar de caminar un segundo.
"¿Él sabe que nosotros lo sabemos?" dijo.
"No hay nada que saber," dijo Ferran. "Él camina. Le gusta caminar."
"Ferran."
Ferran se quedó mirando la niebla moviéndose entre los laureles allá abajo, e hizo lo que hace él, que es contestar una pregunta que no le has hecho.
"Él estaba solo en un cuarto cuando pasó," dijo. "Lo entero. Lo vio irse y no había a quién decírselo." Echó a andar otra vez. "Un hombre así necesita estar comprobando algo. No es más que eso. Nosotros lo dejamos."
Cenaron en casa de Anna el sábado por la noche, los cuatro, que se volvieron once, que se volvieron muchísimos más que eso.
La casa de Anna quedaba cuesta arriba desde la plaza, en su propia terraza de helechos, y Pipaluk se esperó fuera un minuto antes de entrar, porque quería mirarle la junta.
La mitad de abajo era la misma piedra volcánica oscura que todo lo que hay por encima de la línea de cultivo, enlucida a trechos y desnuda en otros. La mitad de arriba era pino de palé, y era preciosa ⁓ cortada y ajustada y tratada contra la intemperie tabla a tabla hasta que la planta de arriba entera se leía como un solo objeto tejido, con una ventana de altillo hecha de vidrieras recogidas puestas en un marco de madera curvada, y un porche largo mirando al este, de manera que cogía la mañana antes de que le llegara a nadie más.
Supo quién la había construido antes de preguntar, porque lleva mucho tiempo en esto y no hay tanta gente capaz de hacer eso.
"Croata," dijo Anna, desde el vano. "El marco de la lámina también es suyo."
"¿Dónde está?"
"No lo sabe nadie," dijo Anna. "Eso es una noche entera. Entra, que estás dejando salir el calor."
Dentro olía a humo de leña y a azúcar y a cedro. En el vano del pasillo de atrás colgaba un noren que hizo su pequeño gesto de apartarse alrededor de sus hombros, y una lámina de una loba madre blanca en un bosque de laureles casi idéntico al bosque de laureles de fuera de la ventana, y arriba, en una balda de esquina, dos fotografías enmarcadas y un platillo con velas. Pipaluk no miró mucho rato la segunda fotografía, porque ya había estado en aquel cuarto antes y sabía lo que había dentro.
La muchacha estaba poniendo la mesa. Lo hizo sin que se lo pidieran, y lo hizo mal, y nadie la corrigió, y Pipaluk vio a Anna verla hacerlo mal.
Skjørn se había traído dos botellas de algo y no quería decir de qué.
Las sacó a la mesa con una ceremonia enorme, y resultó ser Bier-Bel, la cerveza de plátano del sur, que no es rara y no es especial y que todo el mundo en aquel cuarto se ha bebido cien veces.
"Es ceremonial," dijo, a la decepción general. "No va de la cerveza. Siéntense."
Se sentaron, y había papas y una sartén enorme y renegrida de cebollas y un conejo que llevaba en el horno desde las tres, y media pieza de queso de cabra de una quesería a dos valles de allí, y el pan de Margarethe, que es el mejor pan de esta isla y que había horneado Idaira aquella mañana y del que todos los que estaban en aquella mesa sabían las dos cosas.
Y entonces Skjørn echó cuatro dedos de cerveza de plátano en cinco tazas y se puso de pie.
"Hace veintinueve años, este mismo mes," dijo, "lanzamos."
Anna se tapó la cara con las manos.
"Lanzamos," dijo Skjørn, a la mesa en general, "y no se cayó, y para el lunes había once mil, y Anna Doherty vomitó en una papelera."
"No fue eso lo que pasó."
"Fue exactamente eso lo que pasó. Hay una fotografía."
"No hay ninguna fotografía."
"Hay una fotografía y la tiene Gertrude," dijo Skjørn, "y cuando esta isla reconstruya la fotografía yo voy a ser el primer cliente."
Esta es la historia, e Ikea la recibió entera aquella noche con la barbilla apoyada en la mano, porque Skjørn la cuenta como otra gente respira.
Eran cuatro en un piso de Reikiavik en 2012. Dos cuartos. Uno de los cuartos fue un dormitorio hasta que dejó de serlo. Tenían tres millones de un fondo de California cuyos socios no fueron a visitarlos ni una sola vez, y tenían un plan, y el plan era ridículo y concreto: las herramientas con las que la gente hacía videojuegos eran de cuatro empresas, y esas cuatro empresas se llevaban una tajada de todo lo que hiciera cualquiera para siempre, y Anna y Skjørn iban a regalar las herramientas y a romper aquello entero.
"Y lo hicimos," dijo Skjørn, con las manos abiertas. "Esa es la parte que no se cree nadie. Lo hicimos de verdad. Durante unos cuatro años una persona en un pueblo sin nada podía hacer una cosa y sacarla y no pedirle permiso a nadie, y eso fuimos nosotros, y es lo mejor para lo que he estado yo dentro de un cuarto en mi vida."
"¿Y entonces?" dijo Ikea.
"Y entonces funcionó," dijo Anna.
Lo dijo plano, hacia dentro de la taza, y Skjørn dejó de hablar un segundo, cosa lo bastante rara como para que Pipaluk se fijara.
Porque eso es todo, y no hay ninguna versión de la historia en la que salga de otra manera. Funcionó, y funcionar quería decir crecer, y crecer quería decir dinero, y el dinero quería decir el fondo, y el fondo quería decir un consejo, y el consejo quería decir un hombre con una chaqueta buena explicando, con paciencia, en 2019, que las herramientas eran ahora una plataforma, y que una plataforma tiene que tener un modelo de ingresos, y para 2024 la cosa que se había construido para quitar los peajes de la carretera era un peaje, y las dos personas que la construyeron estaban en dos orillas distintas de un océano sin hablar de ello.
"Nos comimos la empresa de publicidad," dijo Skjørn. "Lo firmé yo. No me obligó nadie."
"Ese año te ganaron la votación en todo lo demás."
"Lo firmé yo," dijo Skjørn. Levantó la taza, enteramente alegre. "Por perder todas las votaciones menos la peor."
Bebieron. Era, se fijó Pipaluk, un brindis que todos los de aquella mesa habían oído antes y que nadie había estropeado nunca.
Anna se fue en 2016 y se marchó a Boston e hizo cosas pequeñas durante nueve años.
Ahí fue donde entró Pipaluk, en 2021, en una oficina de Roslindale con un vano que había diseñado alguien con prisa, y el comentario con el que abrió lleva persiguiéndola veintiún años y presumiblemente le irá en la lápida.
Y ahí era donde estaba Alice.
Fue Skjørn el que dijo el nombre, porque siempre es Skjørn el que dice el nombre.
Esto es un trabajo. No lo nombró nadie para él y lleva catorce años haciéndolo. Es la única persona en la vida de Anna Doherty que dice Alice en alto en una mesa de cena con voz corriente, en mitad de una frase, sin bajarla y sin la pausita de antes que hace todo el mundo y que todo el mundo cree que no se nota.
"Alice habría odiado este cuarto," dijo, untando pan.
Ikea levantó la vista de golpe. Anna no.
"La casa le habría encantado y el cuarto lo habría odiado," dijo Skjørn. "Porque aquí no hay ni un sitio donde ponerte de espaldas a una pared y ver la puerta, y ella necesitaba eso, se sentaba siempre como un pistolero, en los restaurantes, en las fiestas, en su propia boda ⁓ "
"No es verdad."
"En su propia boda se sentó de espaldas a una ventana y yo llevo veinte años pensando en ello."
"En aquella boda había tres personas," dijo Anna, "y una era su hermano, y no había ninguna ventana."
"Había una ventana."
"No había ninguna ventana, Skjørn."
"¿Entonces por qué," dijo Skjørn, encantado, "me acuerdo de la luz?"
Y Anna se rio.
Pipaluk conoce a esta mujer desde hace veintiún años y la ha visto cargar con esto catorce de ellos, y se quedó sentada en aquella mesa con una taza de cerveza de plátano viendo a Anna Doherty reírse de su mujer desaparecida, en alto, delante de una muchacha que no la conoció, y no dejó que se le notara ni una cosa en la cara, porque si montas un acontecimiento con ello se para.
Después Skjørn contó una historia de la vez que echaron a Alice de un congreso en 2014 por discutir en el pasillo con un ponente principal, que contó mal y larguísimamente y con varios detalles equivocados, y Anna se los corrigió todos, que era para lo que la había contado mal.
Y entonces se quedó todo callado.
Y Skjørn ⁓ y aquí está entera la razón por la que se le da bien esto ⁓ no lo rescató. Lo dejó estar. Untó otro trozo de pan y dejó a una mesa de gente estar callada todo el tiempo que le hiciera falta, que fueron unos nueve segundos, y entonces Ikea dijo: "¿Cómo era?", y Anna se levantó y bajó de la balda la segunda fotografía y se la puso a la muchacha en las manos.
Más tarde, cuando ya estaban los platos apilados, Skjørn hizo la otra pregunta.
"Bajaste allá abajo. En diciembre."
"Bajé."
"Al Salón."
"Al Salón."
Le dio la vuelta a la taza. "Y te dio a la muchacha."
"Me dio a la muchacha. Delante de la congregación entera. Hizo que doscientas personas le repitieran en alto el nombre de este sitio para que nadie pudiera llamarlo nunca un robo." Anna le dio a su propia taza un cuarto de vuelta, que es una cosa que hace. "Y después nos dio de comer. No nos dejó irnos hasta que comimos."
Ikea ⁓ que había estado en aquel salón, en albornoz, aquella misma mañana ⁓ se quedó mirando la mesa muy fijo.
"Bueno," dijo Skjørn.
"Bueno."
Esperó. Se le da bien esperar, cosa que sorprende a la gente que solo lo ha oído hablar.
"No me lo ha preguntado nunca," dijo Anna.
Skjørn dejó el pan.
"Ni una vez," dijo Anna. "En diciembre no. Ni en los catorce años de antes de diciembre. Yo tengo las últimas cuatro cosas que mandó su hija en su vida, las tengo desde 2032, están en una gaveta a once metros de donde tú estás sentado, y se las daría mañana mismo." No estaba disgustada. Esa era la parte que a Pipaluk le costó mirar: estaba enteramente serena con ello, como se está con el tiempo que hace. "Y no ha preguntado nunca qué pasó. No dónde está. No si llegó. Nada."
"A lo mejor no puede," dijo Skjørn.
"A lo mejor no puede," concedió Anna. "Alice tampoco le hablaba a ella. Eso fue en las dos direcciones durante treinta años y yo estuve casada con una de las dos puntas." Negó despacio con la cabeza. "No sé qué hacer con esa mujer. No he sabido nunca qué hacer con esa mujer."
"Podrías odiarla."
"Lo he intentado," dijo Anna. "No prende."
La celebración no la planeó nadie y no la habría podido impedir nadie.
Lo que pasó fue esto: sobre las nueve y media llegó alguien a la puerta con un tarro de algo, porque había corrido por la plaza que el feroés estaba arriba, y el feroés había estado arriba por última vez en 2039 y se acuerdan de él. Y después llegaron dos personas más. Y después llegó Ruymán con el timple, y entonces el timple estaba dentro de la casa, y en cuanto hay un timple dentro de una casa en esta isla el resto de la noche tiene una inevitabilidad matemática.
Movieron la mesa.
Movieron la mesa para fuera, al porche largo del este que un carpintero croata construyó para coger la mañana, en enero, en la niebla, con los faroles encendidos, y en aquella terraza acabaron cuarenta personas a lo largo de dos horas y Anna Doherty les dio de comer a todas y cada una, porque en una casa que lleva doce años dándole de comer a un pueblo siempre hay más de lo que uno se cree.
Mateo subió de la plaza con una batería y algo que enchufarle.
Auxi hizo el pino. La abuela de alguien cantó dos coplas de una folía y se negó a la tercera por puro teatro. Idaira, que llevaba despierta desde las tres de aquella mañana, bailó cuarenta minutos y después se quedó dormida sentada contra el marco de la puerta con la taza todavía en la mano y nadie la movió.
Y Skjørn Thorbjornsson, cincuenta y cuatro años, en mitad de una terraza de piedra en un bosque de nubes, bailó con todo el mundo.
Mal. Esa es la cosa. Lleva nueve años de ballet de Tórshavn en las piernas y no usó ni un minuto de ellos. Bailó como baila en una boda un hombre enorme y encantado: mal, incansablemente, con entrega total y sin técnica ninguna, las manos en alto, cogiendo al que tuviera más cerca. Bailó con Ikea, que no quería y después sí. Bailó con Ferran, que no ha bailado en su vida y al que no se le dio a elegir. Levantó a Anna, y ella subió quejándose, y se quedó arriba.
Pipaluk se sentó en el muro bajo del borde del porche con una taza que no se estaba bebiendo y vio a su marido poner feliz a un pueblo entero un sábado de enero sencillamente negándose a estar cansado.
Tiene una palabra exacta para lo que sintió y no la va a usar.
En algún momento pasada la medianoche la niebla subió hasta meterse del todo en la terraza y se puso entre los faroles y las caras de todo el mundo, de manera que la fiesta entera se ablandó por los bordes y se puso un poco dorada, y la música siguió sonando dentro de ella, y cuarenta personas bailaron dentro de una nube en la ladera de una montaña, en un pueblo que no diseñó nadie.
Sila, pensó Pipaluk. Bueno. Está bien. Te veo.
Habló con la muchacha el tercer día, y no fue una conversación sobre nada.
Ikea estaba en el muro de al lado de la fuente con las botas quitadas en enero, cosa que en Querencia se puede hacer porque cuando la niebla levanta entra el sol y la piedra lo guarda. Pipaluk se sentó en la otra punta del mismo muro, cosa que es un idioma entero ella sola, y sacó la libreta y dibujó un rato, y a los diez minutos más o menos la muchacha dijo:
"¿Eso qué es?"
"Esa esquina de allá. Donde se juntan las dos paredes y ninguna de las dos quería."
"Esa es la del padre de Idaira. La hizo mal y después le gustó."
"La hizo bien," dijo Pipaluk, "y no supo por qué," y le enseñó la página, y la muchacha la miró más rato del que necesita la educación.
Después Ikea dijo: "¿Tú eres de un sitio frío?"
"Sí."
"¿Vuelves?"
Y Pipaluk, que ha contestado esa pregunta unas doscientas veces en catorce años, y que tiene una versión corta y otra más corta, miró la niebla subiendo por encima de los techos de un pueblo que se hizo solo, y dijo:
"No."
"Vale," dijo Ikea.
Y eso fue todo. Ninguna repregunta, ninguna compasión, nada en la cara. Simplemente cogió el dato, y lo puso en algún sitio, y siguió sentada en un muro con las botas quitadas. Y Pipaluk entendió que estaba sentada al lado de alguien que había aprendido hace poco que hay datos con los que no se puede hacer nada y que la respuesta más amable que hay para uno de ellos es vale.
Se quedaron ahí sentadas otros veinte minutos sin hablar.
Son los veinte minutos más descansados que ha tenido Pipaluk desde 2027.
Construyó la cosa el domingo por la mañana, antes de irse, y no le pidió permiso a nadie, porque ha aprendido que si pides permiso para una cosa buena chiquita lo que te dan es una reunión.
En la segunda toma por encima de la plaza, donde el sendero cruza la atarjea y todo el mundo pasa por encima del agua cuatro o cinco veces al día, el paso era una losa plana, y la losa estaba bien, y llevaba años estando bien.
Pipaluk la levantó. Le llevó cuarenta minutos y los hombros de Skjørn.
Y la volvió a asentar como tres piedras en vez de una, picadas y puestas de manera que el agua pasa por debajo de las tres y sale por el otro lado cambiada: la primera piedra le estrecha el paso, la segunda la deja caer cuatro centímetros sobre un labio que ella picó áspero a propósito, y la tercera la vuelve a abrir.
Eso es todo. No mueve ni más agua ni menos. No le ahorra trabajo a nadie. No es una mejora en ningún sentido que se pueda apuntar en el cuadrante.
Pero ahora, cuando pasas por encima de la atarjea por arriba de la plaza, camino del pan o bajando a la fuente o subiendo a las terrazas con un balde, el agua hace un ruido. Un ruido chiquito, concreto, absolutamente deliberado, de tres notas, que antes no hacía y que va a hacer todo el tiempo que aquellas tres piedras sigan donde ella las puso, y ella las puso para que sigan ahí unos doscientos años.
No la vio nadie hacerlo. Alguien lo encontrará. Alguien lo encontró aquella misma tarde, de hecho, y para cuando la camioneta bajó la cuesta el domingo había cuatro personas paradas en aquel paso turnándose para cruzarlo, y ya había empezado una discusión chiquita sobre quién lo había puesto ahí.
Pipaluk se montó en la camioneta y no miró para atrás, porque estaba sonriendo y no quería que la pillaran.
"Les has hecho una campana," dijo Skjørn.
"Les he hecho un paso."
"Mm," dijo Skjørn, y sacó la lana.
Han estado escuchando Nivaria. Soy Caitlyn Meeks. Gracias por hacerme compañía. Cuídense unos a otros. Y cuídense a ustedes también. Y nos vemos en el monteverde.
Unas palabras para los curiosos
- Sila: groenlandés, y no se deja traducir de una vez. Es el tiempo que hace. Es también el aire, y el afuera, y el mundo entero transcurriendo a tu alrededor le prestes atención o no se la prestes, y es además algo cercano a una conciencia ⁓ no la tuya, la suya. En español uno tiene tiempo. En kalaallisut es más bien el tiempo el que te tiene a ti, y es una idea lo bastante grande como para vivir dentro de las palabras que dicen razón, clima y mundo.
- La atarjea: no coge lluvia. Coge niebla. El monteverde le peina el agua a la nube todo el día y toda la noche, hoja por hoja, y la atarjea se lleva lo que el bosque suelta; por eso llueve dentro de un bosque en el que no está lloviendo, y por eso hay agua en la banda norte de una isla sin ríos. Cuatrocientos años de atarjeas cruzan esta vertiente siguiendo la curva de nivel con una pendiente que no se ve y que se oye. Es la máquina más vieja que sigue trabajando en Tenerife y no tiene una sola pieza móvil aparte de una tabla dentro de una ranura.
- La toma: una muesca, una tablilla y alguien que sabe de quién es la dula. Ahí está la política entera del riego de una isla: por eso hubo heredamientos, y pleitos que duraron generaciones, y en otros siglos hombres muertos en un barranco por una tabla movida de noche. Aquí arriba es una dula y un cuadrante de tiza.
- El punto feroés: los dibujos tienen nombre y se guardan en las manos, no por escrito. Habrá unas cuarenta personas en Tenerife andando por ahí con el tiempo de una roca del Atlántico Norte puesto encima y sin la menor idea de ello.
- La cama de la casa larga: se mantiene vacía a propósito. Si no hay cama, la gente pregunta antes de venir; si la gente pregunta antes de venir, solo viene cuando es importante; y entonces no ves a nadie nunca. Allá arriba se presenta como sentido común y es, de hecho, una filosofía entera de la hospitalidad, a la que llegó un grupo de personas que en su mayoría no saben que llegaron a ella.