Saga ⁓ the island carved in wood: Teide rising from the sea inside a ring of glyphs

Episodio 27

Torbellino

La carretera de la costa norte, y una plaza en La Guancha. Un jueves cualquiera de marzo de 2042.

Bienvenidos de nuevo a Nivaria. Noticias lentas desde una isla tranquila. Les habla Caitlyn Meeks. Gracias por estar aquí.

Se despierta antes que nadie, como lleva despertándose antes que nadie desde hace dieciocho años, y hace el primer trabajo.

El primer trabajo es el recuento.

No es un pensamiento. Nada de lo que él hace es un pensamiento en el sentido en que ustedes usan esa palabra. Es sencillamente que una nariz dentro de un cuarto lleno de gente dormida baja por la fila como el ojo baja por una balda, y la fila de esta mañana es: la alta, que huele a humo de leña y a queroseno y al verde picante de eso que les echa a las mechas, y al lado de ella la chiquita escandalosa, que huele a leche y a piedra de barranco, y más allá de ellas el grande, que huele a estaño y a café, y más allá de él los dos que huelen casi igual el uno que el otro y siempre han olido así, y después la persona nueva, que todavía huele un poquito a otro sitio, y después el vano.

Están todos.

Vuelve a bajar la cabeza.

Ese es el primer trabajo y no se lo ha agradecido nadie ni una sola vez y él tampoco lo necesita, porque no es un favor. Un recuento no es más que una cosa que se hace antes de poder descansar bien, igual que se dan tres vueltas antes de echarse, por motivos que nadie en la larga historia de los perros ha sabido explicar nunca y que todos y cada uno de ellos han entendido.

Se vuelve a dormir un rato. Duerme más que antes. De eso tampoco ha dicho nadie nada.

Este es el mundo en el orden en que existe.

Primero está el olfato, y el olfato no es un sentido a la manera en que ustedes tienen sentidos; es el cuarto. Es dónde está el cuarto. Es lo que pasó en el cuarto antes de que tú entraras y quién lo ha cruzado desde entonces, y no se va cuando dejas de prestarle atención, sencillamente se queda callado, como una luz encendida en una casa en la que tú no estás.

Segundo está el oído, y el oído es casi todo gente, y la gente es casi siempre dos cosas: el sonido que hace y la cosa que quiere decir con él. Él tiene unas cuarenta de estas. Torbe quiere decir vuelve la cabeza. Vamos quiere decir que empieza el día y que te van a levantar en brazos. Espera quiere decir que en algún sitio va a hacer falta una mano y que todavía no es asunto tuyo. Conoce el sonido de su propio nombre en seis bocas y son seis sonidos distintos y todos quieren decir él.

Tercero, de lejos, está la vista, que sirve para atrapar cosas y para encontrarle el borde a una mesa, y de la que él no se fía.

Cuarto está el suelo debajo de él, que le dice para dónde va la isla.

Todo lo demás es meteorología.

La mañana va como van las mañanas.

Lo bajan en brazos de la caja de la camioneta en vez de dejarlo saltar, y de eso no hace ningún comentario nadie, él incluido. Las manos que lo hacen son las de la alta, y le entran por debajo del pecho y por detrás y le cogen el peso entero de una vez, que es una manera concreta de coger a un perro, y no hay más que tres personas vivas que la hagan bien, y ella es la mejor de las tres.

Hace su ronda del campamento. Hay una rueda que ayer no estaba y que ha estado en algún sitio con pescado. Hay una bolsa que tocó una persona del valle de al lado. Hay, en el borde del terreno, en el rocío, el rastro entero de la noche de un gato escrito de principio a fin, y lo lee todo y le parece minucioso y sin interés.

Después se queda quieto cuatro minutos mientras la alta le pone la casaca.

No le gusta la casaca. No le ha gustado nunca la casaca. Tiene los hombros chiquitos y duros y le entra por la cabeza y la gorguera es tiesa y ridícula y le levanta la melena hasta una forma que no es forma de cuello. Se somete a ella del todo, sin un ruido, todas y cada una de las veces, porque la casaca quiere decir el resto del día, y el arreglo lo tiene entendido desde chico: aguantas la gorguera y después está la plaza y el ruido y el animal enorme y caliente que hace una multitud, y después, al final, está el abanico de cartas y la cosa que es suya.

Ella le ajusta la última correa y le pone la frente en la frente un segundo.

"Vamos," dice.

La carretera huele a mar durante una hora y después a pino y después a mar otra vez.

Viaja como lleva viajando nueve años, que es dentro de la mochila de la espalda de ella con la parte de arriba abierta y la cabeza fuera, a la altura exacta de la cara de una persona, viendo la isla deshacerse por detrás. La mochila va más alta que antes. Ella la lleva más alta porque se le han puesto los hombros más fuertes y porque hay menos perro del que había, y ninguno de esos dos datos se ha dicho en alto en los dos últimos años enteros.

En algún punto la carretera pasa por un sitio donde se murió una cosa hace mucho tiempo, y él levanta la nariz y coge la historia entera en una sola respiración, y vuelve a bajar la cabeza.

Paran en lo alto de una bajada larga donde hay agua para la camioneta. La chiquita escandalosa se baja y le da una vuelta corriendo al vehículo entero sin motivo ninguno. Él lo mira con la tolerancia de un hombre muy viejo mirando a uno muy joven hacer algo con una pelota.

Y en el muro del borde del apartadero, en el viento, hay una pluma.

La tiene en la boca antes de que nadie pueda decir su nombre en el tono que quiere decir no.

Es gris. Es larga y tiesa por un canto y blanda por abajo, y no es de un pájaro de los que andan por un corral. Ha estado en agua salada y se secó en aire salado y no se parece en absolutamente nada a una gallina ni a una paloma ni a las cositas pardas de los matorrales.

Es mar.

Y el olor le baja para dentro y le abre un cuarto en el que no ha estado desde hace mucho.

El cuarto es un suelo, y el suelo es de piedra, y la piedra está fría de una manera concreta en la que no ha estado frío ningún otro suelo, porque está pulida y es enorme y llega hasta una pared de cristal.

En aquel cuarto él era chico. No tiene claro cuánto de chico. Pero tiene una forma: las cosas estaban altas. El sitio donde iba la comida estaba alto. Las manos bajaban desde muy lejos.

Allí tenía una cama. Estaba junto a la pared, a la izquierda del cristal, y era suya, y olía a él más que ninguna otra cosa ha olido nunca a él.

Y al otro lado del cristal estaba la terraza, y la terraza tenía luces.

No tiene una palabra para lo que eran aquellas luces. Tiene la sensación de las luces, que es: blancas, y siempre, y calientes cerca del suelo, y suficientes para hacer de la terraza un sitio donde no era de noche nunca. Se echaba en la piedra caliente debajo de ellas con la barbilla en las patas, y había polillas, y las polillas eran un trabajo.

Y entonces, en cierta estación, el cielo empezó a soltarle pájaros encima.

Hay que entender cómo era esto desde donde estaba él.

Hay una noche. Hace calor, y hay viento, y las luces están encendidas como están encendidas siempre, y algo baja del negro que hay por encima del resplandor, rápido y mal, y da contra la piedra a unos cuatro metros de él con un ruido de abrigo mojado cayéndose de una percha.

Y entonces está ahí. En la terraza. Una cosa de su tamaño, venida del cielo, en el suelo, viva.

Él era entonces un perro de unos siete meses, de una raza desarrollada a lo largo de cuatrocientos años para sentarse en el regazo de gente de países fríos, y no le habían dicho nunca nada de nada.

Hizo lo correcto.

Hizo la cosa que está por debajo de todo lo que él tiene, por debajo de cuatrocientos años de regazos, en el fondo del todo, donde el lobo viejo guarda las pocas pertenencias que le quedan: fue y lo cogió, y no apretó los dientes, y lo llevó para dentro.

Iba tan orgulloso que no podía andar derecho.

El hombre alto estaba en la mesa de cristal con la luz chiquita y los papeles.

Torbe entró con el pájaro en la boca y el trasero entero yendo, y lo puso en el suelo al lado del zapato del hombre, que es el sitio correcto, que es el sitio, y se quedó de pie encima, y miró para arriba, y esperó a que se lo dijeran.

El hombre dijo una palabra. Era corta y le bajaba al final.

No miró al pájaro.

Esa es la parte. Esa es la única parte. Miró al perro, e hizo la palabra corta, y después hizo un sonido más largo hacia la puerta, y vino una mujer y hubo un ruido de un paño y sacaron al pájaro del cuarto y el hombre volvió a los papeles, y en ningún momento de nada de aquello se le fueron los ojos al suelo de al lado de su zapato.

Torbe se quedó un rato de pie encima del sitio vacío, porque el trabajo no estaba terminado, porque nadie había dicho la cosa que se dice.

Después salió por la gatera y se echó debajo de las luces.

Aquel otoño trajo cuatro más.

Trajo once al año siguiente, y nueve al otro, y algunos años el cielo soltaba más que otros y él no tiene ni idea de por qué y no la tuvo nunca. Se le fue dando mejor. Aprendió que eran más fáciles si los cogías antes de que se metieran ellos solos debajo de las macetas. Aprendió el agarre exacto que no les hace daño, que es alto, por los hombros, y sin apretar, y que sacó él solo, en unos tres pájaros, con ocho meses, porque una boca es una mano que puede sentir lo que sostiene.

Era, en los términos de los que disponía, extremadamente bueno en esto.

Nadie le cogió nunca ninguno.

Iba igual todas las veces. La palabra corta bajando al final. Los ojos en él y no en el pájaro. El paño, la mujer, la puerta. Y después la cosa que hacen los perros, que es comprobar si han hecho mal el trabajo ⁓ hacerlo otra vez, hacerlo más claro, ponerlo más cerca, mirar para arriba más rato.

Eso lo hizo durante cuatro otoños.

Y después paró.

En el parar no hay ningún drama y no hubo ninguna decisión, y esta es la manera honrada de decir lo que pasó: la conducta no se reforzó, y las conductas que no se refuerzan se apagan como se apaga un fuego al que no le echa leña nadie. En el quinto otoño oyó bajar uno al otro extremo de la terraza y levantó la cabeza y no se levantó.

Es un perro. No tiene la frase para esto. No tuvo nunca la frase y no la va a tener nunca.

Pero en algún punto de ahí dentro hay un desgaste chiquito, como se desgasta una soga por donde lleva años corriendo sobre la misma piedra, y si tú le hubieras puesto la mano encima a aquel perro en el quinto otoño y le hubieras preguntado, con la mano, si había sido bueno, él no habría sabido qué contestarte.

Salió del cuarto y volvió al muro, en el viento, en marzo, en 2042, con una pluma en la boca.

La alta estaba en cuclillas delante de él con la mano tendida.

No dijo el sonido que quiere decir no. Esperó. Y al cabo de un momento él le puso la pluma en la palma como le ha puesto cien cosas en esa palma, y ella la miró bien, dándole la vuelta, las barbas y el cañón y el gris apagado por la sal, cuatro o cinco segundos. Que es mucho rato para mirar una pluma.

"Pardela," dijo.

Después dijo otra cosa, más larga, al grande que estaba en la camioneta, y el grande vino y miró también, y los dos se quedaron ahí de pie en el viento encima de una pluma en una mano, y les interesó.

Y después se la devolvió.

La llevó todo el camino que quedaba hasta La Guancha en la mochila con la cabeza fuera, sujetándola con muchísimo cuidado por un lado de la boca, y no se la comió, y no la perdió, y la dejó en las losas del borde de la plaza cuando llegaron porque había muchísimo que oler.

La otra cosa que hay en aquel cuarto, a la que él no va, y que sale de lado a veces cuando las manos de un desconocido huelen de cierta manera:

Un hombre vino una vez a la villa, al final, cuando la comida se había puesto rara y las luces habían dejado de ser siempre. Olía a animales y a no lavarse y a otra cosa más que no tenía nombre y que fue el motivo de que Torbe se metiera debajo de la mesa baja y se quedara ahí.

Las manos del hombre alto y las manos del hombre que venía de fuera, y un sonido yendo y viniendo entre los dos, y Torbe debajo de la mesa con la barbilla en el frío y los ojos en los zapatos.

Y entonces llegó la joven.

Ya la conocía. Había estado en la casa algunas veces, alta y callada y sin quedarse, y olía a afuera y a humo y a algo que la casa no tenía. Aquel día entró y se quedó quieta un momento en el vano, y Torbe la notó ponerse quieta, como se nota cambiar el tiempo a través de un suelo.

Y entonces entraron unas manos debajo de la mesa baja, y entraron de la manera correcta, por debajo del pecho y por detrás, y él estaba contra una chaqueta y en movimiento, y la chaqueta olía a fuego y a sal y al afuera, y había una mochila, y se metió dentro, y la parte de arriba se quedó abierta.

No miró atrás al cuarto. No hay ninguna versión de esto en la que un perro mire atrás a un cuarto.

De la ida sí se acuerda. De la ida se acuerda muy bien: muchísimo caminar, cuesta abajo, rápido, a oscuras, y una parada en un coche y un ruido de algo que le estaban haciendo y que llevó su rato, y el olor de la rabia de la joven, que es un olor completamente distinto del olor del miedo, y después más cuesta abajo, y después el mar se fue acercando y acercando hasta que fue el mundo entero, y después había una cueva.

La cueva tenía ochenta olores dentro y se los aprendió todos en una sola tarde.

Había fuego, y humo viejo metido en la roca, y pintura, y grasa de chorizo, y cerveza en madera, y unas doscientas personas que habían estado en aquel cuarto a lo largo de los años y habían dejado dentro un poquito de sí mismas. Era el cuarto más rico en el que había estado nunca. Comparado con el suelo pulido era como poder oír después de una vida entera con una mano puesta encima de la oreja.

Y la segunda noche, o la tercera, un hombre grande se puso en cuclillas delante de él, un hombre que olía a cal y a perro y a humedad de cueva, y dijo un sonido.

Era un sonido nuevo. Era más largo que el viejo y le subía por el medio.

Él no respondió.

Lo dijeron otra vez al día siguiente, y al otro, y para el final de la semana el sonido había empezado a llegar con manos y con comida y con la joven alta girándose a buscarlo cuando lo decía, y algo dentro de él que llevaba nueve años aguantando la respiración la soltó.

Respondió un jueves.

Desde entonces responde a ese, y del otro no se acuerda, y esto no es triste. Es sencillamente como funciona el nombre de un perro. Un nombre no es un dato sobre ti. Un nombre es el sonido que consigue que te miren, y cuando cambia el mirar, el sonido tiene que cambiar también.

La Guancha, a las cuatro de la tarde, antes de una función, es el mejor sitio del mundo.

Él trabaja la plaza. Este arreglo es suyo y no se lo manda nadie. Va por delante de la multitud a la altura de las rodillas, con la casaca puesta y la gorguera ridícula, y deja que la gente le ponga las manos encima, y coge una respiración entera de cada uno según va, y no lo están acariciando. Está leyendo.

Le llega: la familia del pescado, los seis, el mismo olor en distintas intensidades. Le llega una mujer que estuvo llorando y ya paró. Le llega un niño con una lagartija en el bolsillo, cosa que anota y archiva y sobre la que no hace nada. Le llega alguien que le tiene miedo, y a ese lo pasa de largo con educación y no lo mira, porque a él una mano grande le dio miedo una vez y no le ha hecho sentir eso a ninguna otra criatura ni una sola vez. Le llega un hombre viejo al que las piernas le huelen a medicina y cuyas manos, cuando bajan, son tan suaves que Torbe se para y se queda ahí un minuto entero y lo deja.

Para cuando la luz se pone dorada tiene la plaza entera en la cabeza, y se va y se echa a la sombra debajo de la tarima plegable y espera, con la barbilla en las patas, respirándolo y ordenándolo, como repasarías tú una bolsa de clavos que te acaban de dar.

No está descansando. Está trabajando.

Está decidiendo quién va a ser.

Este es el número, por dentro, y esta es la cosa que en nueve años no ha sabido ni una sola persona de La Tropa.

Creen que es el azar. Creen que coge una carta y elige a una persona como una moneda elige una cara, y han montado una pieza de teatro entera y queridísima encima de un perro tomando una decisión arbitraria delante de doscientas personas, y todos y cada uno de ellos ⁓ la alta incluida, que lo quiere y lo levanta bien y ha hecho este número con él cuatrocientas veces ⁓ creen que lo maravilloso del asunto es que no quiere decir nada.

Quiere decir algo.

Va al que huele mal.

Mal no de asqueroso. Mal como está mal un cuarto que tiene una ventana abierta: ese olor a sal y a metal que le sube a una persona que está asustada, o enferma, o de duelo, o sosteniendo algo que no ha soltado. Para él está tan claro como un grito. Lo tiene claro desde que era un cachorro en un suelo frío, en una casa donde una persona olía así todo el rato y la otra no.

Así que recorre el abanico de cartas con la gravedad de una inspección de aduanas, que es el chiste que hace la alta con él y que además es completamente exacto, porque se está tomando su tiempo a propósito. Y coge una entre los dientes. Y después se baja del escenario y va por delante de aquella multitud, de largo ante todas las manos tendidas, de largo ante los niños que lo llaman, de largo ante la familia del pescado y el niño de la lagartija, y se para delante de la persona que eligió hace tres horas debajo de la tarima, y le pone la carta a los pies.

Esta noche es el hombre viejo de las piernas de medicina y las manos suaves.

La multitud hace el ruido. Al hombre viejo no le van firmes las manos. Consigue levantar la carta y le da la vuelta y la lee en alto, porque esa es la ley en esta isla y la sabe todo el mundo: El Sol.

Doscientas personas hacen un sonido de ola.

Torbe ya va de vuelta rampa arriba, porque el trabajo está hecho y hay una segunda parte, y a su espalda a un hombre de ochenta años lo están palmeando en la espalda sus vecinos y está haciendo algo complicado con la cara.

A aquel hombre viejo no le va a decir nunca nadie que lo eligieron. En aquella plaza no sabe nadie que lo eligieron. El perro no es capaz de explicarlo y no lo explicaría aunque pudiera, y la alta dirá, después, a alguien que pregunte, que los elige al azar y que ahí está lo bonito.

Lleva nueve años encontrando a la persona que hay que encontrar, en todos los pueblos de esta isla, dos veces por semana.

No se ha dado cuenta nadie nunca.

Hubo una noche en el otoño ⁓ él no tiene otoño, él tiene la estación en que el viento cambia y la comida cambia ⁓ en que olió la villa encima de un hombre, en un aparcamiento.

No un recuerdo de ella. El olor de verdad, andando por ahí encima de una persona: el planchado, la piedra fría, el café aquel, el jabón. Le cruzó una cubierta de hormigón llena de luz de fuego y de gente y le entró para dentro como un clavo.

Se levantó. Tiene diecisiete años y se levantó rápido.

Cruzó aquella cubierta y se plantó delante del hombre alto y lo miró directamente desde abajo, cosa que él no hace, y dijo una cosa. Era corta y le bajaba al final, y era, aunque nadie de los que estaban allí podría haberlo sabido y él desde luego no lo sabía, de la misma forma que una palabra que había oído en un suelo de piedra hacía mucho tiempo.

Después se dio la vuelta y se fue andando y no miró atrás.

El hombre miró al perro azul y no lo conoció.

Torbe se fue y se echó debajo de la silla de la alta y le puso la barbilla en la bota, y ella bajó la mano sin mirar y se la puso en la cabeza, y eso fue todo, y desde entonces no ha pensado en ello, porque un perro no piensa después en una cosa así. Sencillamente llegó, en aquel momento, con todo lo que tenía, y después se acabó, y había un fuego, y estaba calentito.

La segunda parte se alarga. Siempre se alargan.

Hace su otro número, el lanzamiento, que es eso de salir de la mochila por encima del hombro de la alta en mitad del fuego y caer corriendo, y la multitud pierde la cabeza todas las veces.

Después está muy cansado. Está cansado de una manera que se le mete en las patas de atrás, y hay una escalera para bajar del escenario que ahora hace con cuidado, un escalón cada vez, y abajo del todo está la alta, de pie sin dar la impresión de estar ahí de pie.

No lo coge en brazos delante de la multitud. No lo ha hecho ni una sola vez. Espera a que el fuego esté apagado y la plaza se esté vaciando y las cajas estén subiendo a la camioneta, y entonces viene y se pone en cuclillas y le quita la casaca, y la gorguera le sale por encima de la cabeza y la melena le vuelve a la forma que tiene que tener un cuello, y le mete las dos manos por debajo, pecho y por detrás, y lo levanta y lo mete en la mochila con la parte de arriba abierta.

"Bueno," dice. "Ya está."

El fuego de esa noche es chiquito, detrás de la camioneta, con las cajas por asientos.

Está la fila entera. La alta, y la chiquita escandalosa que está dormida contra ella, y el grande con las manos alrededor de una taza, y los dos que huelen casi igual, y la persona nueva, que está empezando, muy despacio, a oler como los demás, cosa que él ha notado y que aprueba.

Les da una vuelta a todos. Recibe una mano de cada uno sin pedirla, que es el arreglo correcto y que ha costado nueve años establecer. Después se echa en el borde donde se acaba el calor, porque es viejo y ahora el calor le sobra de una manera en que no le sobró nunca, y pone la barbilla en las patas.

La pluma está en algún sitio de la mochila. Él sabe exactamente dónde.

Por encima de la plaza el cielo está haciendo lo que hace, que es no mucho, y el viento viene del agua oliendo al afuera entero, enorme y frío, y en algún sitio allá abajo, muy lejos, hay pájaros montados en ese viento que él no va a ver nunca y a los que tampoco habría podido ayudar.

Hace el recuento. Están todos.

Se duerme.

Han estado escuchando Nivaria. Soy Caitlyn Meeks. Gracias por hacerme compañía. Cuídense unos a otros. Y cuídense a ustedes también. Y nos vemos en el monteverde.

Unas palabras para los curiosos